¿Qué hice entre la mañana del 11 y la madrugada del 14 de febrero de este año?

Desaparecer, como eufemismo de suicidarme fallidamente. Quienes me conocen saben que tengo ideas, pero no tendencias suicidas. No me quiero matar… aunque sí he deseado muchas veces que todo cese. Porque eso quise: irme definitivamente.

No fue un envío a la mierda de todos mis problemas. Tampoco, un escape para desconectarme ni un retiro espiritual para meditar. No se trató de un reclamo de atención ni de una evasión de responsabilidades ni de un ataque de hastío marital; mucho menos, de una artimaña para volarme con mi moza o para soplar bazuco, o de un truco para mojar prensa y resucitar mi carrera en decadencia, putos.

Motivo: depresión extrema + deudas millonarias + sensación de impotencia ante el futuro, consecuencia de tres lustros de erosión espiritual en una carrera vertiginosa hacia el estancamiento. Todo ello, aderezado por una familia recién formada y una madre en sus ochentas a las que no me sentía capaz de mantener ni económica ni moralmente. Me quedó grande la vida después de los 46.

Luego de tres noches seguidas sin dormir por todo lo mencionado, la víspera de mi partida la pasé dando vueltas silentes y sudorosas en mi rincón del colecho. Pero llegaron el amanecer y sus malditos pajaritos; y me levanté a las 7:00. El cerebro lo tenía hirviendo y la desazón se me salía por las grietas craneales.

Entonces llegó la gota que rebosó la copa de la angustia existencial: la enfermera que debía atender a mi madre, quien vive a una cuadra de mi casa, me contactó para que le firmara el documento respectivo de su terapia. No sé por qué fue ese el catalizador, era algo rutinario, pero en ese momento sentí la necesidad de mandarlo todo al carajo.

La idea me llegó clara y contundente a las 8:30: “¡Me voy para siempre!”.

El sitio elegido fue un barranco en el Parque Nacional que quedaba justo debajo de mi lugar favorito para practicar meditación. Cada vez que accidentalmente dejaba caer cosas en su fondo, pensaba: “Este sería un buen lugar para morir”.

Justo antes de huir hacia la muerte personal, hice un par de actos de contrición.

1. Dejé servido el desayuno para Sheila y Miguel y consumí una cucharada de cereal, como para no morir en ayunas.

2. Redacté en el computador una nota tipo post-it. Me limité a escribir “Sorry” y un emoticón de carita triste.

Cerré la puerta, con la claridad de que no regresaría ni a mi hogar ni a la vida, dolorosamente consciente de todo el caos que ello iba a generar. Bajé hacia el Park-Way y el magnetismo monetario me condujo a un cajero automático para retirar todo mi saldo, el cual invertiría en nada.

Entonces comenzaron las llamadas y los mensajes de WhatsApp y de Facebook, los cuales nunca obtuvieron respuesta. En mi cabeza solo estaban la canción Sorry, de Justin Bieber, el deseo de morir y la necesidad de no ser identificado por ningún (des)conocido en el camino.

Cuando por fin llegué al lugar que nadie pudo localizar, a pesar de las pistas en Google Maps, vi que era tan agreste como imaginaba. Y descendí sin mente hacia el fondo del pequeño abismo. Luego de dar varias vueltas, a lo perro, hallé el rincón menos incómodo. Y me senté a esperar el fin.

La primera sensación fue de arrepentimiento, pero no por esto me devolví. El pensamiento más claro y reiterativo fue: “¡Que no me encuentren!”.

Lo más difícil fue la primera noche. Claramente estaba cansado de tanta hiperactividad cerebral, de tanto cargo de consciencia y de tanta incomodidad, pero el sueño nada que llegaba.

Para ocupar el cerebro, me puse a reproducir mis primeros recuerdos, desde los 3 años hasta los 12. No fue tan sencillo. Fui un niño con un raro pasado, lleno de lluvia, mugre y lágrimas. La otra labor consistió en cantar en baja voz, incontables veces, todas las canciones que me sé de Pink Floyd y Bohemian Rhapsody, la favorita de Miguel.

A la mañana siguiente, escuché la voz estruendosa de Diego Mateus, que me llamaba a escasos metros de mi escondite, pero no me veía. Me timbré, no solo por el hecho de que me podrían encontrar, sino porque la búsqueda se había puesto seria. Quienes estaban buscándome tenían una intuición acertada de por dónde me había “perdido”, y eso aumentó mi estrés.

Llegada la segunda noche, el frío era trending topic en mis huesos. La vida me dolía. La consciencia de que no iba a volver a ver a mi hijo, de que me iba a perder sus primeros pasos y palabras me entristecía profundamente y me hacía dudar de mi decisión. Pero luego reaparecía la sensación de mi ego destrozado y de mi currículum desdibujado.

El tercer ocaso de mi estadía en el bosque fue condimentado por el elemento que faltaba: la lluvia. Sabía que esta era la prueba definitiva de resistencia. Si me atrevía a pasar la noche sobre los charcos, claramente obtendría la neumonía que me llevaría del todo. No lo hice. Me quedé de pie, tiritando hasta la madrugada.

Elipsis.

A las 3:30 de la mañana, luego de un carrusel de delirios livianos, llegó la señal redentora: el canto de los gallos urbanos, que no habían sonado en las dos madrugadas anteriores, ignoro por qué.

No sé qué mensaje había en su kikirikí, pero lo entendí como un “¡Bienvenido a tu segunda oportunidad! Este abismo que te envuelve es menos terrible de lo que piensas. Vale la pena volver. Aquí tienes tus 10 gramos de coraje para que vuelvas a tomar el toro por los cachos, comediante de la noche”.

Y así lo hice, lúcido-aturdido, guiado por una voz interior nunca antes escuchada. Descendí paulatina y metódicamente, consciente de cada paso de este nuevo tomo existencial que estoy viviendo desde el 14 de febrero de 2016: mi renacimiento, mi apocalipsis. Destino: hogar, dulce ahogar.

El resto de la historia, los medios y los vecinos se han encargado de distorsionarla, como suele suceder. Espero que esta versión, la mía, les haya aclarado o confundido lo suficiente.

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