ME ACUERDO de los primeros besos que vi en Medellín, en el cine del barrio San Benito, administrado por religiosos. Había un cura que se paraba debajo del proyector y lo tapaba con una escoba cuando en la pantalla los actores se besaban. Alcanzábamos a ver la mitad, a través de la despelucada escoba.

ME ACUERDO  de cuando vivía en Maracaibo, y una señora me denunció por nudista. La disculpa era el calor, pero la señora se tenía que encaramar en un cajón para verme, por encima de la tapia. En la cárcel, un colombiano me dijo: "Tenga cuidado que aquí en la noche se lo tiran a uno, y ni siquiera le pagan". Afortunadamente Manuel Mejía Vallejo, que era periodista, me rescató antes de llegar la noche.

ME ACUERDO  de cuando pasaba por Guayaquil (antiguo barrio de putas de Medellín) y vi en una cantina a mi madre, sin zapatos, sentada a una mesa tomándose una Freskola. Entré y le dije: "Miña, a las cantinas no pueden entrar mujeres". Mi madre, impasible, sorbiendo su gaseosa y aireando sus pies, me dijo: "Ay, mijo. Yo venía tan cansada, y vi este lugar como tan decente, atendido por señoritas, que decidí entrar a enfriarme los pies y tomarme un fresquito".

ME ACUERDO  de cuando mi hermana mayor, Ligia, consiguió novio. Era maestra en Anorí y todas las tardes, al salir de clases, se sentaba frente a la alcaldía con mi tío Arturo —que era el alcalde— a ver pasar la misma gente. Un día el panorama cambió: empezó a atravesar la plaza lentamente en su mula un personaje nuevo: alto, buen mozo, con cara de extranjero. Mi tío lo miró y le dijo a mi hermana: "Usted se tiene que casar con ese tipo". "¿Tú lo conoces?", le preguntó Ligia. "Es la primera vez que lo veo". "Y entonces ¿por qué me tengo que casar con él?". Y mi tío, que era gallero, jugador de dados y sabio, le dijo: "Porque más vale calavera de míster que antioqueño entero". El final feliz fue cuando el recién llegado resultó ser un médico italiano, conoció a mi hermana, se ennoviaron, se casaron, vivieron felices y comieron perdices durante más de medio siglo.

ME ACUERDO  de la primera vez que fui a París. No tenía idea de francés. En el restaurante leí boudin y lo pedí sin entender. Cuando me lo trajeron le dije a una amiga: "¿Venir hasta París para comer morcilla?".

ME ACUERDO de cuando mi hermana Morelia y yo estábamos comiendo queso y tomándonos un vino tinto. Ella, al llevarse el camembert a la boca y aspirar el fragante olor, se detuvo, me miró y me dijo en paisa: "Eh ave María, Guiller; siempre es que hemos progresado mucho, ¿no? Nacidos en Anorí y comiendo este queso tan hediondo".

ME ACUERDO de cuando mi hijo mayor tenía doce años y el menor seis. Por lo tanto el mayor era el que debía saberlo todo, como si fuera el sabio de la familia. (Hoy las cosas se han invertido) Entonces el menor le pregunta al mayor: "Hermano ¿por qué el piano trae teclas blancas y negras?". El mayor comprendió que se jugaba su prestigio en la respuesta y le contestó sin vacilar: "Las teclas negras solo se tocan en los entierros".

ME ACUERDO  de cuando Gabriel García Márquez me escribió: "Cuando llegues a Roma, si yo no estoy, ve a Piazza Italia número 2. Tocas el timbre y va a salir una señora gorda, con una toalla en la cabeza, cantando ópera. Pregúntale por Fernando Birri, que él sabrá dónde estoy". Cuando salió la señora, tal como Gabo me la había descrito, cantando La donna è mobile, me tuve que reír. Y ella se molestó mucho. Le pregunté por Birri y respondió, furiosa: "Lástima que se haya ido a América, porque ese sí era un latino bien educado". Insistí, dejando pasar la alusión, preguntándole: "¿Y Gabriel García Márquez?". Y ella me respondió con un fuerte acento romano: A quello lì: chi lo conosce? (A ese, ¿quién lo conoce)

ME ACUERDO  de Gabo preguntándome: "¿Conoces a los Beatles?". "No me interesan —le dije—, apenas si los he oído de paso, como quien oye llover". Y él me dio un consejo que parecía orden: "A los Beatles hay que sentarse a oírlos con toda seriedad, como si fueran Mozart".

ME ACUERDO  de cuando leí en el diario Avui la pregunta que a don Guillermo Díaz Plaja, de la Real Academia Española, le hacía un periodista: "¿Es cierto que en Colombia se habla el mejor castellano de América?". Y él contestó: "Pues mire usted. Yo he pasado por El Dorado y me han preguntado: ‘¿Le provoca tinto o perico‘ Y yo he respondido: Lo único que he comprendido es ‘le‘ ".

ME ACUERDO  de mi paseo ecológico, invitado por las Far (la culebra estaba viva), en el que me cuidaba un guerrillero que tenía un fusil con mira telescópica. Él me prestaba la mira con todo y fusil para que yo comprobara si lo que había en la copa de un árbol era un quiche o una orquídea.

ME ACUERDO de cuando vi una película de Fellini titulada Amarcord y me dijeron que, en el dialecto de Emilia-Romagna, la palabra significaba Me acuerdo de.

ME ACUERDO de mi firme decisión: si llegara a escribir mis memorias las titularía Memorias del Alzheimer, y las dedicaría así: "A don Alois, sin cuya abnegada ayuda estas memorias hubieran quedado plagadas de recuerdos de verdad".

PROHÍBESE EL EXPENDIO DE BEBIDAS EMBRIAGANTES A MENORES DE EDAD, EL EXCESO DE ALCOHOL ES PERJUDICIAL PARA LA SALUD.

¿Tienes algo que decir? Comenta

Para comentar este artículo usted debe ser un usuario registrado.