He memorizado la posición de cada carta en seis mazos con los ojos vendados; media guía nacional de teléfonos y miles de signos, figuras y nombres de personas. También he aprendido de manera autodidacta 15 idiomas, entre ellos japonés, ruso, sueco y alemán; este último lo estudié e interioricé en un vuelo de dos horas. En total he batido alrededor de 100 récords mundiales de memoria. ¿Cómo llegué a eso? Ya se enterarán…

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A los 6 años comencé a darme cuenta de que tenía ciertas facilidades relacionadas con la imaginación y la rapidez mental. Mi infancia fue completamente normal y, aunque siempre estaba maquinando alguna cosa en la cabeza, me gustaba mucho jugar. En las clases del colegio lograba resolver los problemas de matemáticas más rápido que los demás, pero no me gustaba destacarme mucho entre mis compañeros, entonces siempre me demoraba un poco entregando las respuestas de los ejercicios. Lo curioso es que cuando le pasaba los resultados al profesor, generalmente me decía extrañado: “¿Tan pronto?”.

Entré a estudiar Física y Matemáticas, pero abandoné ambas carreras porque sentía que no aprendía nada espectacular. Antes de convertirme en un ‘memorizador’ profesional, fui guardia civil, policía y bombero. Luego empecé a estudiar Hipnoterapia en Francia y a los 20 años participé por primera vez en el Campeonato Mundial de Memoria Rápida (Alemania 2003), en el que batí 15 récords. He sido ocho veces campeón absoluto de esta competencia.

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El primero del centenar de récords de memorización que batí fue el de repetir 23.200 palabras durante 72 horas después de oírlas una sola vez. Y lo más difícil: debía recordar la posición exacta de cada una. Luego siguieron otros retos, como aprenderme las 84 fichas de tres juegos de dominó en 8 minutos, sin perder el orden de los dígitos. También tuve que grabarme 96 números binarios en 4 segundos.

Algunas personas me preguntan si mi don es hereditario. No lo sé. Otras se me acercan con la duda de si recordarlo todo me ha traído problemas. La verdad, no. Si acaso, me han prohibido participar en los juegos de algunos casinos.

Ahora tengo 50 años y me dedico a dar cursos sobre técnicas de estudio y charlas sobre el desarrollo y el entretenimiento de la mente. El método para, por ejemplo, aprender alemán en dos horas consiste en memorizar cada palabra mediante asociaciones o imágenes para que no se le olviden fácilmente. ¿Quiere darse una idea de cómo funciona? Es más o menos de la siguiente forma: natación = Michael Phelps. Punto. Así, mi cabeza me muestra una imagen en vez de una palabra desconocida. Incluso los números los relaciono con algún término.

Todo el mundo tiene la capacidad para memorizar una gran cantidad de información, la diferencia es que unos la trabajamos y otros no. Para tener una memoria rápida se necesitan técnica y entrenamiento, no se puede tener puntos débiles en concentración y se debe ser experto en lectura rápida. Además, se necesita una velocidad de procesamiento mental alta, una buena memorización retentiva y confiar inmensamente en uno mismo.

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Mi IQ o coeficiente intelectual es de 194. El promedio es de 100, y se calcula que Einstein lo tenía entre 160 y 190, aunque nunca hizo el examen oficial. Lo sé porque me realizaron unos tests en Mensa, una asociación internacional inglesa para personas superdotadas. Algunos científicos me practicaron, además, otras pruebas cerebrales. El español Manuel M. Loeches, por ejemplo, descubrió que mi cerebro es ultraveloz, pues soy capaz de leer alrededor de 2500 palabras por minuto; eso equivale a unas cinco páginas de Word, en letra Times New Roman de 12 puntos e interlineado sencillo.

Entreno mentalmente una hora diaria, cuatro o cinco veces por semana. Lo hago con simuladores como Speed Memory, el software que yo mismo inventé y que usted puede descargar gratis en su computador.

El poder de la mente es infinito. Pero hay que aprender a utilizarla, y no emplearla a fondo en recordar citas de trabajo y otras preocupaciones; para eso están las agendas. La mente es tan fuerte que mediante la hipnosis —que no es más que una manipulación mental— se pueden alterar los sentidos de otra persona, sus emociones, y hasta ayudarle a superar fobias y limitaciones. Por eso, si tuviera un hijo, lo primero que haría sería enseñarle a usar su mente.

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