A mí no me correspondía actuar en el comercial de Avena Quaker, pero al cliente no le gustó Leonardo, el protagonista original, porque tenía el pelo largo y cuando le dijeron que se lo cortara para repetir la grabación, no lo quiso hacer por rebelde. Como yo supuestamente me parecía al niño que se tomaba la colada y, además, tenía pelo corto, me llamaron. En ese entonces yo tenía 21 años, estudiaba teatro y estaba en El Peñón con una herida abierta en la nariz debido a una insolada. Me vine para Bogotá al estudio de grabación e inmediatamente, con todos los recursos vanguardistas del maquillaje colombiano, me rasparon la costra y detuvieron la hemorragia, para luego untarme una mezcla que hasta alumbre debió tener. Hasta el día de hoy no sé qué me hicieron, el comercial es prácticamente un primer plano y no se nota nada.

Grabarlo fue algo muy sencillo si se tiene en cuenta que Diego Villegas, el director, nos preparó unos cocteles que eran básicamente puro ron y que los bautizó como Villegas Special para, según él, soltarnos en el estudio. A mí solo me tocaba reír y decir "gracias mamá" y hacer cara de que me acordaba cuando era pequeño. Todo eso, a punta de trago, era muy fácil y la exigencia histriónica, nula. Sobrará mencionar que nos demoramos dos horas en grabarlo, con corte de almuerzo incluido en la mitad. Aunque no me acuerdo exactamente cuánto me pagaron, sí recuerdo que fue muy poco, y eso que el comercial fue todo un éxito; ganó muchos premios y fue presentado en varios países del continente, todo esto por el mismo precio. Un año después me volvieron a llamar para grabar la segunda parte y traté de cobrarles un poco más, pero me dijeron que no abusara. De ahí en adelante hice muy pocos comerciales, dos por año, pero fueron suficientes para ayudarme a pagar los semestres de mi carrera, porque estudiar teatro no costaba tanto. Por eso soy un agradecido de ellos y obviamente los volvería a hacer sin problema, pues hoy los pagan mejor que antes, y yo los cobro mejor.
 
 

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