El primer día de kínder fue el único día realmente feliz para mí en un colegio. De ahí en adelante, todos los días que pasé entre aulas sentí que estaba en jaulas: prisionero de las matemáticas, prisionero de la jornada continua, prisionero de "saquen una hojita", prisionero de la ruta, prisionero de los bazares o prisionero de los deportes que siempre me resistí a practicar. Ese día fui feliz a pesar de que el uniforme incluía unos poco sensuales hot pants azules, saco gris tres botones y camisa blanca con cuello de payaso soviético. Me peiné solito (tradicional partido de medio lado), me metí en un bolsillo la identificación con nombre de los papás y dirección del hogar, y me paré en la puerta de la casa a esperar el bus que me llevaría al Nuevo Mundo.

Tenía cinco años, entraba a kínder y estaba así de crecido porque en esa época los pedagogos insistían en que los niños estaban mejor con los padres hasta esa edad y no, como ahora, cuando muy tiernos nos arrancan a los hijos para meterlos a preescolar, prejardín, prekínder, preacadémico o prepucio. Entraba al San Ignacio, en Medellín, donde me matricularon porque mis papás confiaban en los jesuitas (un defecto que toda la familia, incluido yo, aún exhibe con cierto orgullo). Dice mamá que no lloré, que no hice berrinche, que no llegué con la ropa rota, que no me reventó la jeta nadie, que no traía raspón en el codo y que no me pareció tan grave el colegio. Pasé dichoso, ¡y cómo no!, si ese día no hubo cuadernos ni cartillas ni clases ni lecciones: las profesoras nos dieron un paseo por el colegio y nos  sentaron a comer ponqué y a tomar jugo de mora en leche. Muy pronto descubriría yo que todo era una trampa, y que ese día había entrado a una cueva oscura donde una y otra vez estaría a merced de la teoría de conjuntos, del máximo común divisor, de la misa de siete, de las empanadas grasosas en cafetería, de las tardes de educación física, de las izadas de bandera, de las puestas en común, de las carteleras, de las pasadas al tablero y de otros demonios que demostrarían ser invencibles.

Pasé bien el primer día de colegio porque, entre otras, estaba seguro de que ese sería también el único, y de que esa tarde volvería a casa para pasarme la vida entera acariciando la barba azul de papá y oyendo a mamá cantarme historias ambientadas con la música de la serie Bat Masterson. Qué equivocado estaba: quienes más me querían me habían entregado, espiritualmente esposado y amordazado, al estudio. Tardaría casi veinte años en recuperar la libertad solo para, entonces, verme en la séptima con cuarentipucho, parado frente a la Javeriana en mi primer día de universidad. Único consuelo de esa jornada como primíparo: ese día los jesuitas me permitieron usar pantalones largos.

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