A las 4:00 en punto de la mañana suena mi celular. Un minuto después, el de mi esposa. Los teléfonos celulares comunican a la gente y también la despiertan. Y la informan, porque lo primero que hago es revisar la página de Caracol Radio y mirar el correo. Hace unos años subía al estudio, encendía el computador y hacía una navegación rápida. No puedo ir a la ducha sin tener una somera idea de lo que ha pasado en las últimas cinco horas. Vivo de saber. Con eso pago los colegios de los niños, la luz y el agua. Y al agua. Afeitada rápida y ducha.

Mi mujer duerme, mis hijos duermen, muchos oyentes de Caracol Radio aún duermen. Mis compañeros de 6AM andan en las mismas: tratar de ser personas y de que les funcione la cabeza a una hora imposible. Me pongo la ropa en la oscuridad. Por lo general quiero medias negras, pero a eso de las 7:00 de la mañana descubriré que son azules. Le doy cuerda al reloj y le cuadro la hora. Mi Omega Speedmaster suele pararse porque olvidé darle cuerda; lo prefiero así, a la antigua, como el de los astronautas.

Me tomo la pastilla para la hipertensión que, supongo, toman casi todos los periodistas del mundo. Le doy un par de besos a la Fiera, que entre sueños me despide diciéndome “feliz cumpleaños” o “buenas tardes”. A las 4:28, mientras reparten los periódicos en el barrio, llega Alvarito, mi taxista favorito. Me recoge siempre. Es un tipo de apariencia ruda, pero de enorme y tibio corazón. Es caracolero de toda la vida. A su hijo le puso Yamid y en el vidrio de atrás cuelga de una chupa un rombo amarillo que reza “Yamid a bordo”. El papá de Yamid lleva a Gómez al programa de Arizmendi: cálida combinación. Él, que viene escuchando radio, me actualiza, y diez minutos después me deposita en el parqueadero del edifico de la cadena, donde me acompañan en el ascensor Nelson o Víctor, encargados de seguridad y dueños de unos modales que envidiaría un canciller.

El ascensor se abre justo frente a la máquina del tinto, subsidiada por la empresa, donde me sirvo el primer café del día por solo 100 pesos. Antes de las seis me habré tomado cuatro, uno de ellos, religiosamente, me lo invita Pulgarcito, que es como le decimos a Luis Alberto, uno de los “duros” de la seguridad de esta empresa en donde aún no olvidamos el bombazo de agosto de 2010. Justo ese día estaba incapacitado por una gripa implacable y una llamada me hizo saltar de la cama. Salí corriendo para la 67 con séptima, desesperado, pensando que iba a recoger los cadáveres de mis compañeros. No fue así, gracias a la Providencia y, asumo, a un mal cálculo de la guerrilla.

Vuelvo a la rutina: tinto en mano voy camino a la cabina, que es como llamamos en radio, y aviación, al sitio donde se toman las determinaciones de todo lo que está “al aire”. Allí están Narda Guarín y Jorge Herrera presentando la información con los periodistas madrugadores en todas las ciudades. Veo en la sala de redacción a Érika Fontalvo trabajando, junto con Édison Molina y Jairo Velasco, productores de 6AM. Revolotean los operadores, los colegas de La W y la gente del turno de la noche.

Antes de entrar a la cabina, me cruzo con Ricardo Bedoya, que se ocupa de la consola durante la madrugada. Siempre nos dedicamos las mismas palabras: “Hola, Vampiro”, digo yo; “hola, Tavito”, dice él. Saludo a Narda y a Jorge, me pongo frente al computador y reviso las páginas de Caracol Radio, El Espectador, El Tiempo y Semana, y luego una mirada a la prensa regional y a las agencias internacionales de noticias.

Oigo que Jorge presenta el boletín de noticias de las 5:00 de la mañana. En unos minutos aparecerá por el corredor Darío y arrancará mi mañana con su saludo marca registrada: “Feliz amanecer”. ¿Sentiría usted que el amanecer es feliz si a las 4:00 de la mañana tuviera que levantarse a trabajar? Cada quien tiene su propia y respetable respuesta. ¿La mía? Un sí, en AM y FM.

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