Yo era un joven de 25 años, concejal de Zipaquirá por voto popular y militante legal del M-19, en tregua y en conversaciones de paz con el entonces presidente Belisario Betancur. La tregua se había roto y la militancia del M-19 pasaba de nuevo a la clandestinidad. Estaba en un verdadero problema. Ya había dejado mi vida familiar y vivía desde hacía un año en el mismo barrio que había construido a través de un proceso de lucha popular: el barrio Bolívar 83, de gente muy pobre, que me quería por haberla dirigido en su esfuerzo de tener una vivienda desde mis 21 años de edad. Decidí seguir viviendo allí. Dormía en diferentes casas, compraba comida que dejaba en varios hogares, de noche siempre cambiaba de lugar de habitación, es decir, algún piso húmedo, algunas tablas donde dormir. Había pasado a la clandestinidad.

El hostigamiento del ejército, que buscaba al delgado concejal de Zipaquirá, aumentó. De día entraba con tanques y camiones al barrio, por lo que decidí construir algunos huecos subterráneos donde esconderme y salir solo de noche, cuando el ejército abandonaba el barrio cansado de buscarme. La gente me protegía. Un día de octubre de 1985, en un allanamiento masivo de los militares, amenazaron a unos menores de edad que terminaron por indicar el sitio donde me refugiaba. Escarbaron y me encontraron.

Uno de los soldados tenía la misión de tirar una granada al hueco con nosotros allí adentro. El soldado me vio y decidió tirarme del pelo hacia fuera, para que todo el mundo pudiera verme. La gente, parada en todas las terrazas del barrio, gritaba a mi favor. El soldado, premeditadamente, me había salvado. Tiempo después supe que a él lo habían echado ese día del ejército por no tirar la granada, por no matar.

Me encapucharon con telas negras. Con lazos de fique me amarraron todo el cuerpo y me arrastraron por las pendientes escarpadas del barrio que había fundado. A la gente, alrededor, la golpeaban con los fusiles y capturaban a los jóvenes. Yo sangraba de un culatazo que había recibido encima de la ceja y la tela de la capucha se manchaba. En el piso del camión en el que me sacaron hacia Bogotá no sentía el dolor. Allí tirado, con las piernas de los soldados y sus botas puestas encima de mí, pensaba en mi mamá y en la noticia que me había dado mi novia la noche anterior: estaba embarazada, ¡iba a tener un hijo! También pensaba en la gente pobre con la que había convivido tres años que llegaban a su final. Adiós a mi Bolívar 83. De pronto, quitada la capucha, vi la Escuela de Caballería, las canteras de Usaquén.

Me encerraron en los compartimentos donde duermen los caballos, esposado. Pasaron cinco días con sus noches. Sin comer, casi sin agua, al extremo debilitado, me golpeaban cada dos horas y me hacían las mismas preguntas. Una vez me pusieron corriente eléctrica en el pecho, me colgaron, me sentaron debajo de una gota de agua que me caía siempre en el mismo lugar de la cabeza, de nuevo las preguntas, de nuevo los golpes. Alguna noche, encerrado en un compartimento y encapuchado, empecé a oír el ruido de puertas lejanas que se cerraban violentamente.

El ruido se fue acercando hasta que llegó a mi puerta, como un gigante que buscara en el pasillo a alguien. De pronto sentí que me quitaban la capucha y, frente a mí, vi deslumbrado cerca de 10 oficiales de alta graduación, todos con capucha negra y galardones en el pecho, me volvían a hacer las mismas preguntas sobre el M-19. Uno de ellos me dijo que yo había tenido una meteórica carrera política y que la podía continuar si colaboraba con ellos. Me dio risa y me golpeó. Parecía una nocturna y siniestra reunión del Ku Klux Klan.

En otra ocasión apareció alguien al que todos rendían honores, era flaco y de bigote. Tiempo después pensé que era el coronel Plazas, y esa idea fija la tuve porque en el mismo sitio donde me torturaron, torturaron unos días después a los que sacaron del Palacio de Justicia. Plazas, en realidad, no estaba allí, y eso lo descubrí después gracias a Julio Sánchez Cristo. Nunca sentí el dolor. Solo sentía una soledad enorme, como si fuera un enano triste y flaco atrapado por un monstruo invencible. Mi silencio los exasperaba. Me mandaron a un tribunal militar y a que me viera un médico de la Procuraduría. Iba ensangrentado, amoratado, pero el médico escribió que me habían tratado bien. De pronto, me metieron de nuevo a un camión y terminé en la Cárcel Modelo de Bogotá: allí me esperaban para curar mis heridas otros jóvenes del M-19 que habían sido capturados. Mi juventud había llegado a su final, mi vida de hombre comenzaba.

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