Marzo de 2009

Este es el equipo más odiado de Colombia. Para muchos, también, el reflejo de los montañeros, los marihuaneros y los narcos, aunque lo es en realidad de la idiosincrasia de lo que fue nuestro mejor fútbol, el de la década del noventa. En su momento, fue igualmente espectáculo, el de la herencia Maturana, el de “Bolillo” Gómez, Higuita, Aristizábal y muchos otros que pueden producir ahora más aberración que reconocimiento.

Nacional es como el América de México, al que repulsan, según un estudio del año pasado de la empresa Consulta Mitofsky, cuatro de cada diez aficionados. Se sabe del menosprecio que despierta y, ahora, cuando cuenta con su peor inicio de campaña en 50 años, con cinco derrotas consecutivas, un único gol a favor y el magro precedente de 2008, permite toda clase burlas, penas a sus hinchas y agravios de sus antagonistas. Bien merecido lo tiene. El equipo de la actualidad no despierta orgullo, sino rechazo.

Antes se escuchaban los insultos desde otros flancos y era natural, pues Nacional fue bicampeón en 2007 y eso predisponía a los malintencionados. Como única salida, se repetía la historia de los viejos improperios y se recurría a cualquier cosa para ofender. Como le escuché relatar, por ejemplo, a un cuentero en Villa de Leyva, “Los hinchas de Nacional se fuman su cacho y ahí sí empiezan a cantar: vamos, vamoooos mi veeerdeeee”. Era el tipo obvio de maltrato, porque en lo deportivo no se llegaba a la aberración de este campeonato.

Hace unos cuantos meses, le pregunté a un hincha amigo de Millonarios que definiera a Nacional. Y no me sorprendió que saliera con lo peor: “Partida de paisas levantados que en los 80´s gracias a las traqueteadas de Pablito (Escobar) ganaron la Libertadores”, dijo con algo de rencilla. Ese fue un comentario inocuo, que vale de cualquier manera como advertencia de la rivalidad que se origina cuando el tema está en discusión. De Nacional se dice lo que sea y, como alguna vez sentenció Gabriel García Márquez, “Lo único peor que la mala salud es la mala fama”.

Así lo pareciera inicialmente, esta no es una diatriba contra el equipo que alzó por primera vez la Copa Libertadores en Colombia, contra el que sembró nada menos que el fruto de la Selección para llegar a los mundiales del ´90, ´94 y ´98, ni contra el que tiene una de las hinchadas más numerosas y fieles del país. Tampoco se trata de una apología, desde luego.

Nacional ha merecido la mayoría de sus conquistas; algunas se han celebrado en medio de la incredulidad. Pero ya lo encegueció la luz y se ha convertido desde hace más de un año en una sospecha lúgubre de lo que puede llegar a ser. No parece contar en absoluto con el linaje de jugadores como Andrés Escobar, Lorenzo Carrabs, Oswaldo Palavecino, Alexis García, Faustino Asprilla, Hugo Horacio Lóndero, César Cueto y muchos otros que marcaron su historia. Tampoco simula reflejar, aunque sea, el trabajo impreso por técnicos como Luis Cubilla, Francisco Maturana u Oswaldo Zubeldía, quien fue grande en Estudiantes de La Plata y campeón con el conjunto antioqueño en el ´76 y ´81 (importante, además, porque fue capaz, según dijo en una entrevista a El Gráfico en 1981, de acabar en el fútbol colombiano “con la siesta, los desayunos fuertes y los almuerzos prolongados”).

Zubeldía tenía como consigna “trabajar”, esa era su orden, su mandato. Empero, hoy ya no se trata sólo de eso para revertir la situación. El equipo tiene tumores cancerígenos (llámelos como quiera) que deben extirpase cuanto antes, para darle un rumbo distinto a una campaña mediocre que empezó llena de expectativas. Aun sabiendo que unas cuantas victorias consecutivas pueden cambiar el presente, hay algunas cosas que no están bien, como por ejemplo que Nacional esté mal.

Ya no se puede vivir del recuerdo -sólo lo hacen quienes dejaron de triunfar- y en el fútbol moderno se debe cumplir con los retos de esa exigencia. La versión Nacional-2008 fue intrascendente y el comienzo de la de 2009 hasta ahora no huele más que a formol. Todo hace parte de la incertidumbre que nace de la mediocridad.

El Inri de Nacional es que debe sufrir eternamente el maltrato de sus opositores. Gane o pierda, dará igual. Por estos días se presenta la derrota, pero no siempre será así. “Que hablen de uno es espantoso. Pero hay algo peor: que no hablen”, manifestaba con razón el escritor irlandés Oscar Wilde. Y Nacional, indudablemente, merece por eso no sólo estas palabras sino muchas otras páginas. Es el estigma que se debe llevar a cuestas cuando se es querido, pero también odiado.

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