La invitación de SoHo me sorprende como siempre, pero peor que siempre. Me preguntan si quiero hacerme un tatuaje y escribir sobre la experiencia en mi desestilado estilo, me dicen. Y quedo helado. Y dividido.

Por un lado algo (alguno) sintió en mí, dentro de mí, de improviso, que no me vendría mal envolverme en una pitón multicolor, por ejemplo, desde los tobillos hasta el cogote, como he visto que hacen algunos bárbaros alemanes y ciertos marginados de los suburbios de las ciudades suecas. Que incluso me daría el aire juvenil que tanto añoro y el toque de irresponsabilidad que me faltó siempre para ser el que quiero, menos cuadrado, menos square, como me dicen ciertos insidiosos. Pero, al mismo tiempo experimenté una incierta repugnancia de aceptar la propuesta, como si fuera a traicionarme a mí mismo. Jamás entendí ni bien ni mal, ni mucho ni poco, esa afición de corsarios por los tatuajes, sobre todo desde que me enteré de los arrepentimientos de dos amigos míos muy queridos que sucumbieron a la tentación de pintarse el pellejo para eterna memoria. Los dos están bien muertos como todos los muertos, esperando en perfecta compostura que se borren las marcas de las agujas mientras se ausentan de la carne. Pacientes, en silencio, bocarriba.

Recuerdo. Uno se llamaba Tor Musika, así como suena. Hijo de padre noruego venido a las minas de Tumaco en tiempos de Upa a manejar una draga, Tor llevaba en el antebrazo un zorrillo y una palabra inglesa circundándolo: Stinky, que quiere decir apestoso. Y así, Stinky, lo llamábamos con cariño. Aunque él detestaba el sobrenombre. Y prefería su nombre de dios vikingo.

Stinky, o Tor, era un hombre muy tierno y muy solo, un vagabundo rescatado de la heroína neoyorquina por el ejército yanqui que lo envió a Vietnam a modo de terapia. Y sobrevivió a la carnicería. Pero no al tatuaje. Era obvio que lo avergonzaba.

El otro se llamaba Samuel. Samuel Ceballos. Un vendedor de pasajes de avión que después se decidió por el oficio de pintor. Era de la provincia paisa pero acabó viviendo en la isla de San Andrés junto a su pelirroja mujer, Fanny, pintando horizontes azules y peces al acrílico. Samuel era una persona decente como un ángel bueno, como ya no quedan, y llevó casi toda su vida desde que cambió la corbata por los overoles de artista una barba profética muy larga y muy blanca y aromatizada con marihuana de Jamaica y con sándalo barato del baratillo jipi con un toque de benjuí del baratillo jipi. Samuel fue para mí como un hermano. A pesar del tufo de benjuí, me encantaba su compañía. Y conocí todos sus secretos porque un amigo, como dijo un filósofo amado por los dos, es aquel con quien tenemos secretos y no negocios.

Samuel jamás se quitaba la toalla de los hombros cuando íbamos a la playa a mirar ahogarse los soles o a las azules piscinas de los clubes sanandresanos de ricos adonde íbamos a mirar señoras. Un día le pregunté por qué no se bajaba el trapo nunca. Y con voz quejosa me contó cómo en sus tiempos de marinero una noche de borrachera en San Francisco, California, se había hecho tatuar el antebrazo. Y me mostró. Una mala reproducción de Popeye en verdes mustios, opacos amarillos y azules tristes, fumando la humeante pipa. Al principio me dio mucha risa. Un hombre tan decente y sensible y talentoso como él con ese Popeye multicolor allí no me cuadraba. Pero ahogué la risa cuando advertí cuánto lo ofendía. No te rías, hombre. Me condené a convivir con esto hasta que las disoluciones de la muerte nos separen. Me dijo. Por borracho. Y por pendejo. Es peor que estar mal casado.

Entonces los tatuajes eran asunto de desarraigados, pillos y marineros mercantes o simples piratas de catamaranes sin bandera. La locura contemporánea no les había concedido la categoría de un arte menor, ni los había convertido en un sello de distinción y en un gesto de independencia y libertad.

Ahora algunos adolescentes más o menos atrabiliarios y jóvenes airados y viejos inconformes andan hechos verdaderos jardines de flores, sirven de soporte y sustento a los símbolos taoístas y los signos fascistas. Y algunas niñas mal, lo mismo que algunas niñas bien pero que se manejan mal, llevan en sus divinas nalgas una rosa roja, un mariposario entre los hombros, una estrella alumbrando un seno, o el nombre de un novio olvidado entre el sombrío ombligo y el terciopelo del pubis como un recuerdo que las hace sufrir como antes las hizo gozar.

A mi edad, con la encarnadura que Dios me dio, el problema de hacerme un tatuaje se presentaba peliagudo por simples razones físicas. Yo necesitaría más bien un tallador de huesos, le dije al encargado de la revista. No hay en mí un lugar donde pueda lucir aunque sea un famélico dragón chino con la hoguera de su boca abierta, una cruz gamada, o una Virgen de los Milagros como las que se hacen tatuar los sicarios de nuestras barriadas para que les ayude en sus desmanes, los socorra de la Policía y los salve del infierno después, muy merecido además.

La dificultad de un tatuaje dependía para mí de la física falta de espacio. Los tatuajes se inventaron para los anchos pechos de ciertos gimnastas, para sus nudosos bíceps llenos de huevos como los nidos de las gallinas, para los omoplatos de los motociclistas de chaquetas de cuero con estoperoles que toman esteroides por odio a la gracilidad y la finura. En mí a lo sumo cabrían un signo de admiración entre mis clavículas de asceta, o un punto aparte entre dos períodos de la musculatura de mecanógrafo que me fajo. Más cerca del pacifista Gandhi que de Charles Atlas. Y de Einstein que del Gordo Benjumea, aunque sin el genio matemático de Einstein.

Entre el sí y el no, me inclinaba a hacerme el tatuaje teniendo en cuenta los honorarios del cronista, de eso vivo. Y también me impulsaba el sadomasoquismo que compagina con mi afición a la poesía. Pero, por otra parte, pensaba que me ponía en ridículo y afrentaba por dinero contra los valores de una personalidad fraguada con esfuerzo a punta de reflexiones y lecturas filosóficas y abundantes. Sin embargo, me decía, fuera de los honorarios el proyecto se ofrecía que ni pintado para ejercitar la humildad, para purificarme y castigar el falso orgullo de los intelectuales que es uno de los peores rasgos de la personalidad de quienes escriben, como el que esto escribe, y creen que piensan, como el que esto piensa, porque confunden con el pensamiento el ruido que todos llevamos dentro.

El problema de la libertad es intrincado. Somos un amasijo de yoes y yoecitos desgarrados entre intereses opuestos, un alboroto de voces que se disputan el escenario de nuestra interioridad. Nada fijo. Unos aspiran a subir mientras otros quieren descender a la abyección. Pero ¿cuál es la diferencia entre la pureza y la abyección? También hay abyección en el deseo de sabiduría.

Es difícil saber por qué quiere el que quiere, y por qué no quiere el que se niega. Distinguir la vanidad de la integridad. La mezquindad del respeto humano y la vanagloria que quiere ponerse a salvo de las demencias del mundo, privilegio abusivo. El que no quiere, quiere sentirse más importante que el que quiere. Y el que quiere desenmascara la mezquindad del que se niega. O así funciono yo por dentro. Como un jesuita.

Pensando estas cosas llegué a Ink Body, en el barrio Palermo de Bogotá. Desgarrado entre el sí y el no, pero ya decidido. Al fin de cuentas qué importaba, me dije, mientras pagaba el taxi, otro error en el rosario de errores de mi vida. Tal vez los errores son el único adorno posible de mi esmirriada persona. Y diciendo y diciéndome cosas mientras bajé del taxi con el fotógrafo, tocamos el timbre y abrieron la puerta del establecimiento.

Era un lugar informal en el tercer piso de un viejo edificio de los años de Rojas Pinilla. Me esperaba un muchacho, el maestro, lleno de tatuajes él mismo, brazos, antebrazos, cuello, pecho y espalda, en un enredo de frondas, entre cilios y flores y hojas asomaban la cabeza místicos ancianos, arañas existentes, nubes de verano. Lo acompañaban un amigo que jugaba en un computador mientras tomaba una taza de té verde y una mujer, su hermana, del mismo modo sobrecargada de dibujos por todas partes, frondas y faunas en los pechos con pecas, en el delgado cuello y las muñecas pesadas de ajorcas gitanas. Dos patos más los acompañaban. Y conformaban a todas luces una pandilla de bohemios que en sus ratos libres tejían camisas con chaquiras y hacían batiks y ensartaban collares delante de un televisor encendido.

No fue fácil elegir el motivo, en la media docena de catálogos de signos místicos y eróticos, de hembras insinuantes como las que se dibujan los conductores de tractomulas, de diseños abstractos como los que llevan los arquitectos, de animales de diversos órdenes y especies como los que se hacen los ecólogos y los vegetarianos. En principio pensé en un símbolo remoto, intemporal, con prestigio, el yin y el yang, por ejemplo. Pero el maestro me dijo que ya lo llevaba Natalia París hace años desde que había leído el Tao Te Ching sin entenderlo porque el Tao Te Ching no es para entender. Y lo deseché.

Me gustaron unos diseños florales. El encargado me informó que pertenecían a una serie de tatuajes que se ponían las muchachas indias para casarse. Y me espanté después de media docena de matrimonios intrincados. Y por qué no te pones el nombre de una mujer. Pero no guardo tanto resentimiento con ninguna para condenarla a seguirme el resto de mi vida pegada a mi calcañar. Al fin me decidí por la constelación de Sagitario. Me encaramé en la silla. Y dejé que el maestro hiciera su trabajo. Crispado. Temo a las agujas como al demonio.

Al final envolvió mi escueto tobillo en papel de cocina. Me hizo algunas recomendaciones de asepsia. Y aquí voy por la vida con mi signo de nacimiento sobre el jarrete derecho esperando que me traiga suerte. Y me salve de los malos pasos.

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