El matrimonio es un invento de la cultura, como la sinfonía, el soneto, el jardín, la democracia o la universidad. En la naturaleza animal —y nosotros somos mamíferos— lo que rige es la rapiña: el león joven mata o exilia al león viejo, asfixia a sus crías y se queda a la fuerza con la hembra, que tiene otra camada. Y no con una sola hembra, sino con todas las que puede controlar y dominar. Igual es el gorila; el macho alfa es el que más fecunda. En la sociedad primitiva, lo que impera es el harén: un macho califa se reserva cientos o miles de mujeres que son cuidadas y mantenidas a raya por un puñado de eunucos. En las márgenes del poder, célibes y ganosos, otros machos más jóvenes, incluyendo a los hijos del rey, no ven la hora de matar al cacique para poder suplantarlo como el fecundador de la manada. Y las mujeres pugnan por estar con quien quieren, no con el que se impone. El matrimonio remedia ese injusto orden “natural” según el cual el macho más fuerte, más rico, más poderoso se puede quedar con todas las hembras que le dé la gana. Y si no se queda con ellas, tiene al menos el derecho de pernada, y el señor feudal desvirga antes a la doncella que concede a uno de sus súbditos.

El matrimonio es una institución creada para conseguir cierta paz social, mayor igualdad entre los géneros, y para disminuir el abuso del mafioso que se quiere apoderar de todas las mujeres más bonitas del barrio, sin compartir ninguna. El matrimonio fue la solución que los hombres y las mujeres corrientes encontraron para que en el sexo y la reproducción no rigiera la ley del más fuerte, sino un orden más parecido al de la propiedad privada. De hecho, el adulterio, después del matrimonio, es una especie de hurto. El matrimonio regula lo que en el mundo anárquico nos devolvería, en ámbito sexual, a la ley de la selva.

Pero hay más argumentos para defender esta vetusta y maltrecha institución. Hay que decir, ante todo, que el matrimonio es una cosa seria. La seriedad no es una virtud muy alabada en estos tiempos, pero ser serios es una cualidad indispensable en todos los negocios, y el matrimonio es —entre otras cosas más poéticas— también un negocio, un contrato. Por supuesto que es una unión romántica que refrenda el amor, un juramento de que dos cuerpos y dos mentes se atraen y se gustan, y harán todo cuanto esté de su parte para preservar el enlace, por el bien de los hijos que vendrán y por el bien de esa empresa familiar que con el matrimonio se funda. Pero lo primero que un matrimonio proclama es: estos dos han conformado una unidad económica y sentimental duradera y harán lo posible por preservarla y por hacer que prospere.

Los matrimonios, en general, no se hacen en secreto sino ante muchos testigos: las dos familias de los novios, los padrinos, los amigos de lado y lado, el oficiante del rito (no importa si civil o religioso). Este compromiso público es importante pues los contrayentes están empeñando su palabra, y por lo tanto su prestigio, al jurar que van a cumplir con ciertos deberes y sacrificios a los que el matrimonio obliga. El ser humano es ritual, y así hoy en día no nos gusten tanto los ritos, estos nos marcan: dejan una huella indeleble en la memoria, un sello, una garantía. Traicionar un juramento público es por lo menos molesto. No someterse al rito es desconocer la magia irracional, pero real, que está a la base de muchos asuntos humanos. Intercambiar anillos y decir al unísono unas palabras que se repiten desde hace siglos le dan a la ceremonia ese toque especial y necesario que obliga a los contrayentes a luchar por su relación sin rendirse.

Los que no se casan, o quienes creen que casarse es sencillamente compartir las cuatro paredes de una casa, carecen de seriedad: o no confían en los compromisos para-toda-la-vida o, en todo caso, no están dispuestos a cumplirlos. Parecen más frescos, más alegres, pero en realidad lo que son es poco serios: frívolos, indolentes, poco confiables. O bien, si son fuertes, hermosos y ricos, lo que quieren es quedarse con muchas mujeres, y no con una sola. Los que no se casan, en cierto sentido, no quieren salir de la adolescencia, esa edad en que las relaciones son de prueba y en que la lucha con sus congéneres es física. El matrimonio es una señal de madurez: yo seguiré siendo tuyo y tú seguirás siendo mía a pesar de los vaivenes de la vida. No te dejaré por el hecho de que engordes o enfermes o envejezcas; el compromiso que firmo no depende de la pasión que sienta por tu cuerpo. Sé que toda unión está sometida al desgaste del tiempo, pero nosotros pasaremos por encima de eso, porque esta unión es mucho más importante que el sexo exultante de los primeros meses o años.

Aquel que no se casa suele ser un egoísta: no está dispuesto a compartir sus bienes o sus beneficios, a permitir que todo aquello que se produzca se disfrute en común, sin hacer cálculos mezquinos. Aquel que no se casa abandona a su pareja a su suerte en una separación, y nada quiere darle de lo que haya que dividir pues se produjo en compañía. El que no se casa, también, suele ser machista, pues en general la parte más débil de una relación es la mujer, y es ella la que padece las peores consecuencias en caso de una separación sin que haya matrimonio que la defienda: lo pierde todo sin poder exigir casi nada. Para que el casamiento sea completo, hay que apostarlo todo, poner el case total: todo lo mío será tuyo, todo lo tuyo será mío. Sin ese case, el casamiento se queda a medias.

Las parejas poco serias —las arrejuntadas, las seminternas, las ocasionales— en general se rompen por la parte más frágil, que se conoce bien, por experiencia milenaria: o por el sexo (acostumbramiento, infidelidad, pérdida de atracción de uno o de ambos), o por la plata (reclamos, desigualdad de ingresos, herencias, quiebras, éxitos o fracasos). En las relaciones no matrimoniales basta que haya una dificultad o una infracción leve que toque estos aspectos delicados de la vida de pareja para que todo se derrumbe. El matrimonio, en cambio, ayuda a superar esas fricciones: el matrimonio pasa por encima de todo aquello que no es sustancial, pues en el matrimonio lo único sustancial es, precisamente, el matrimonio mismo.

Nuestra época de niños mimados, superficiales, demasiado preocupados por la felicidad inmediata, por el amor-pasión estilo telenovela, tolera muy mal los contratiempos y en vez de enfrentarlos y superarlos con la hondura de la seriedad, los destruye con la irresponsable incuria de la frivolidad. Si hoy en día los matrimonios se rompen incluso con más facilidad que con la que antes se rompía un noviazgo, es porque nuestra época ha perdido el sentido de la solemnidad y de la seriedad del verdadero matrimonio. Sin la seriedad de ese vínculo, las perspectivas más perniciosas se ciernen sobre la prole: serán los hijos quienes tendrán que padecer la inmadurez de sus padres, que serán incapaces de criarlos como se debe, con el compromiso y el apoyo de una pareja amorosa y unida, no con la frivolidad y la dejadez de una pareja rota, camorrera y lejana, que no les enseña que el amor es una cosa seria y no un superficial y fugaz coqueteo de juventud.

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