Alguna vez García Márquez dijo para la posteridad que uno en esta vida tiene los polvos contados. Yo sé bien, por ejemplo, que hasta hoy he tenido 7627 orgasmos (y le ruego a Afrodita que antes de que el gallo cante consiga sumar dos más) y sé también que la vida me tiene reservados 13.493 polvos en total. Estos datos están escritos en mi mapa genético, y aunque sé la cifra exacta, no cuento los que me quedan, para no angustiarme, y por suerte estas restas de cinco dígitos no son fáciles de hacer en la cabeza. Si mañana me aplasta un bus o un camión, en todo caso, no tendré miles de orgasmos en el instante de la muerte y mis potenciales 13.493 polvos quedarán reducidos a los definitivos 7629 orgasmos que habré completado mañana en mi vida terrenal.

Sea como sea no debo hablar aquí de cantidad, sino de calidad. No debo escribir tampoco del misterioso orgasmo femenino (que no se vierte hacia afuera sino que aferra hacia adentro, según me dicen). Es más, ni siquiera estoy escribiendo sobre el orgasmo masculino —porque no quiero ser vocero de nadie— sino sobre lo que, en este espinoso y delicioso aspecto, siento yo. Pura y dura escritura testimonial.

Philiph Roth (en El lamento de Portnoy) y Guillermo Cabrera Infante (en La Habana para un infante difunto) escribieron minuciosamente sobre el sexo solitario. Otros han escrito en detalle sobre el sexo en pareja o en grupo. Pocos más se han referido a las poluciones nocturnas. Yo no pienso detenerme mucho en las diferencias entre sexo solitario, sexo onírico y sexo compartido; entre masturbación, ensoñación y coito. Todos sabemos, en todo caso, que no es lo mismo masajearse la espalda que recibir un masaje en la espalda. Con el sexo es parecido. Aunque no quepa duda de que el "yo con yo" es placentero, el "yo contigo" no tiene comparación.

En el principio hay una cosa flácida y sin gracia que sirve para orinar. Según un chiste muy viejo, este es el órgano más liviano del cuerpo pues se levanta con un mal pensamiento y se baja con una paja. El cambio de tamaño y consistencia del pene (multiplicarse por dos, por cuatro, por seis), su altivo desafío a la ley de la gravedad, esa manera tan indiscreta y visible que tiene de declarar sus intenciones, es la primera manifestación palpable y evidente de la sinceridad masculina frente a la reticente discreción femenina (que se manifiesta con turgencias y humedades secretas y poco reconocibles a simple vista). La erección es ya una alegría, una sensación agradable, festiva. La puede producir una palabra, la vista de unos labios (no digamos un pubis o un pezón), la puede producir una mano, una mirada, una lectura, un tono de voz, una idea, un sueño, una ilusión. Tan fácil como se la tiene, se la puede también perder: el timbre del celular, un mal aliento, un grito, un comentario, un recuerdo.

Si vamos para un orgasmo, si la dureza no se queda en deseo postergado, a la erección la sigue el movimiento. El beso, el roce, los meneos, las caricias, los mordiscos, el uso de todos los sentidos (mirar, probar, oír, oler, tocar) hacen que la dureza progrese en urgencia y en intensidad. La pelvis empieza a moverse sola, con un deseo de empuje, aunque también de succión. La curiosa forma del glande es un buen diseño natural. Al entrar en el espacio mejor diseñado para él, la húmeda tibieza de una vagina (ni suelta ni estrecha), hay un efecto de ventosa. El movimiento hacia adentro, explora y aprieta y crece, en un anuncio de lo que vendrá; el movimiento hacia afuera, expulsa lo que haya adentro y permite un descanso instantáneo para el empuje sucesivo.

En el deporte, la juventud es el reino de los velocistas; con la madurez es posible ganar una maratón. Así como hay cuarentones capaces de ganar una carrera larga, jamás nadie mayor de 27 ha ganado una prueba de velocidad. Con el orgasmo es lo mismo. Recuerdo que algunas veces, antes de mis 25, me vine sin tener tiempo siquiera de quitarme los pantalones. La eyaculación precoz es reino (o mejor dicho infierno) de juventud. Una de las pocas cosas buenas de envejecer es que uno se demora más en llegar. En todo caso el orgasmo puede ser un relámpago que viene sin aviso o un lentísimo atardecer que se enrojece, vibra y se apaga muy despacio. La rapidez no es mala en sí, pero nos priva del placer de ver y de sentir que también somos capaces de producir placer.

La calidad del orgasmo varía mucho. No todos los orgasmos son iguales. No es que el orgasmo cuando estamos enamorados sea mejor que el orgasmo cuando estamos solamente encoñados. Lo que produce el amor es un postcoito mejor. No hay tristeza ni hay asco ni arrepentimiento, si hay amor. No hay repulsa sino ganas de perpetuar el contacto. Hay ganas de dormir juntos, no ganas de que al fin se vaya a dormir a su casa. Pero el orgasmo en sí no es básicamente distinto.

Una mujer inexperta me dijo que eyacular debía de ser como orinar. No se parecen en nada. Orinar es una corriente tibia y continua que sale, quizá con descanso, pero sin placer. Venirse es irse del mundo, y su manifestación corporal son varios golpes, con contracciones profundas, con explosiones de gusto que van de tres, a cinco, a seis. Las mejores son las intermedias, cuando el semen pasa por el cuerpo del pene como un algodón y brota como un engrudo limpio y luminoso, que huele también a límpido. Esta es otra diferencia fundamental con las mujeres, de nuestro exhibicionismo frente a su discreción: en nosotros el orgasmo tiene una prueba palpable, visible, espesa y blanca. La mujer se lo guarda o lo deja ver en una humedad mayor que no es siempre tan nítida. La mujer puede fingir el orgasmo o puede incluso fingir que no lo tiene. El hombre no. Algunos orientales hablan de orgasmo sin eyaculación. Existe, yo he tenido en mi vida cinco o diez, pero es una cosa rara y en todo caso inferior en intensidad.

Uno sabe cuando el orgasmo se acerca. En ese punto, todavía, si nos lo piden, lo podemos postergar. Pero hay un instante de no-retorno. Unos segundos más y hay que volar, entregarse, gritar. Un corrientazo sube por la espina dorsal; el corazón bombea con fuerza y el pene palpita; la vista se nubla, se vela la película, el cuerpo entero se estremece, hay una especie de convulsión general, y en este cataclismo la prueba de que todo es verdad explota, salta, brinca, se ve. Si es dentro de la vagina, se siente también, con el último, largo empuje hacia adentro, profundo, la espesa sopa que apunta al blanco y los chorros que brotan y van a dar al sitio donde desean inundar todo el espacio. Resumiendo: antes es una delicia, mientras el pene crece y se mueve; el ajetreo es un goce, el clímax es una corriente eléctrica, un vacío mental, un olvido del mundo, una pequeña muerte, una ceguera seguida por un sopor. Viene un instante delicado, de quietud y todavía de placer. El punto más alto es tan intenso que no puede durar mucho; no es posible para el hombre, a diferencia de la mujer, repetir de inmediato. El descanso es obligatorio, pero ese momento de quietud y sosiego es muy agradable, si no hay tristeza ni asco ni saturación. El cuerpo se estremece todavía con el recuerdo. El pene palpita todavía al mismo ritmo del corazón. Es un momento de risa, de sonrisa o de total y seria intimidad. El abrazo de los cuerpos ya sin deseo, pero todavía con amor, es una experiencia cumbre, que produce el lazo estrecho entre dos.

Pasa un rato. Los cinco sentidos vuelven a la vida y vuelven a sentir. El sexto se despierta. La erección aparece de nuevo. Si tenemos suerte es posible volver a empezar, volver a terminar. Tenemos los polvos contados; no los podemos desaprovechar, pero tampoco desperdiciar.

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