No voy a decir su nombre. Yo le decía Una y así mismo la quiero nombrar en este escrito: Una, mi querida exmujer y, de algún modo, mi mujer para siempre.
No me gustan las flacas; no me gustan las mujeres que hablan duro; no me gustan las personas enfáticas que tienen opiniones muy definidas sobre cualquier asunto; no me gusta que me manden; no me gusta que me vigilen. Y sin embargo estuve casado once años con Una, una mujer flaca (la “huesudita”, le decía mi hijo), mandona y vigilante, que hablaba duro y opinaba enfáticamente sobre todo lo divino y lo humano. Estuve casado, pues, con una mujer que no era de mi tipo. Si no era de mi tipo, entonces ¿por qué me casé con Una, por qué tanto tiempo y por qué –ahora que no somos pareja– todavía la quiero y la invoco con devoción, como hacen los creyentes con sus santas patronas?
Hay unos versos requetetrillados de Pablo Neruda que tal vez expliquen el sentimiento que me domina cuando pienso en Una: “Ya no la quiero, es cierto, pero cuánto la quise”. No voy a decir la bobada seudopoética de que haber querido sea lo mismo que querer para siempre. Buena parte de las personas que quisimos caen en la indiferencia, en el afecto lejano, en la gratitud o el resentimiento, incluso en el odio y el desprecio. Pero en unas cuantas ese viejo querer no se desvanece. No es amor, ya no es el loco amor que alguna vez sentimos. No volveríamos a vivir con ella; no tenemos la tentación de llamarla para acostarnos otra vez con ella, al escondido, y sin embargo si Una me necesitara, correría para estar a su lado; si se enfermara me volvería enfermero de la noche a la mañana; si Una me pidiera plata, ayuda, consejo, compañía, cobijo, se lo ofrecería sin ninguna duda ahora mismo. Para que se entienda mejor: yo sería capaz de hacer por mi exmujer lo mismo que sería capaz de hacer por mi mujer de hoy: casi todo. Querer es esto: suprimir el egoísmo.
Tenía que ser una mujer muy fascinante, Una, sí, con todas esas cualidades que para mí eran defectos, ha sido de todas maneras la mujer que más me ha influido en esta vida, la que más he querido, la que más me hizo sufrir, la que más me hizo confiar en mí como hombre y crecer como ser humano. Si pienso en lo que yo era antes de conocerla, el primer sentimiento que se me viene a la cabeza es este: vergüenza. A todos sus defectos unía unas cualidades impresionantes: una inteligencia rápida y devastadora; un buen humor matutino que podía ser insoportable; una sinceridad despiadada y benéfica; un sentido práctico de la vida que me enseñó a no despreciar el dinero, a motilarme cada mes y a cuidar mi cuerpo por ser la máquina imperfecta de la que depende la mente. Estar con Una desinfló mi vanidad (no lo suficiente, claro, nunca es suficiente), pero paradójicamente aumentó mi seguridad; gracias a ella gané en disciplina y en capacidad de trabajo; por su látigo verbal terminé libros que mi voluntad no habría terminado; esos mismos libros mejoraron gracias a sus observaciones, pues nunca tuve una lectora más atenta; por Una afiancé mi capacidad de observar y de entender a los otros; su inteligencia y su cultura iluminaron mis dotes oscurecidas por mi costumbre de vivir en la inconsciencia; gracias a Una limé las puntas más ásperas de mi egoísmo.
Pero elogiar a mi exmujer por-el-bien-que-me-hizo no es elogiarla a ella, sino hacer alarde de los supuestos efectos benéficos que obró en mí su compañía. Prefiero explicar bien qué es lo que pasa en una pareja buena, si ambos son capaces de no encerrarse en sí mismos al vivir juntos. Cuando una pareja se casa (y casarse significa vivir en la misma casa), dos egoísmos entran en conflicto. Si uno de los dos se impone aparece el matrimonio típico del padre patrón y padrón al lado de la abnegada esposa parturienta, o bien de la virago marimacha al lado del varón sumiso y doblegado. Cuando los dos egoísmos chocan y se mellan, sin que ninguno consiga imponerse, cada uno lima sus puntas más salientes, sus aristas filudas, y la convivencia les conviene a los dos porque ambos maduran. No hay un astro sol con sus satélites, sino un sistema de atracciones y distancias más armónico e igualitario. Con Una me enfrenté a una mujer completa y franca, llena de personalidad y capaz de afirmar y defender sus derechos, sin caer por eso en la tentación feminista de pisotearme.
Tuvimos una separación tan traumática como casi todas las separaciones. Sin fórmula de juicio, una mañana, Una cogió mi computador –fuera de sí, furiosa– y lo tiró al vacío desde un octavo piso: mis manuscritos, mis libros inéditos y, sobre todo, mis supuestas cartas de amor a otras… porque yo era un perro, un perro (eso era lo que ella gritaba manoteando), un perro como lo son todos los hombres. Después se calmó; después me dijo que todos los matrimonios son como el yogur: vienen con fecha de caducidad, y a nuestro matrimonio le había llegado el vencimiento.
Pasó el tiempo. Hubo un paréntesis de silencio. Después hicimos las paces de una vez y para siempre. Al cabo de los años, su prestigio moral e intelectual sigue intacto en mi cabeza, y por este motivo sigue siendo mi mejor amiga. Ya no nos amamos, ya la atracción o la convivencia es impensable entre nosotros, ya cada uno tiene una nueva pareja extraordinaria con la que la convivencia es más serena, más satisfactoria, afortunadamente menos intensa, pero de todos modos seguimos siendo amigos. Creo que con esto ya casi todo está dicho. Sí, confié tanto en mi exmujer, y tanto la quise, tanta confianza me inspira y tanto prestigio tiene en mi cabeza todavía, que quisiera que para siempre siguiera siendo lo que es: mi mejor amiga.

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