Nosotros podemos equivocarnos y hacernos visibles, solo Dios es perfecto, pero mientras menos nos notemos, mientras menos hablen de nosotros después del pitazo final, mejor. (Las árbitros más lindas del mundo)

Eso pasó hasta el minuto 42 del segundo tiempo del partido por el que siempre seré recordado. Fue hace dos años, en 2012, durante un encuentro de la categoría juvenil de la Unión de Fútbol del Interior (UFI) paraguaya. Jugaban el local, Teniente Fariña, contra Libertad. Ese domingo, como era de esperarse, todo había transcurrido con tranquilidad, sin problemas, ni siquiera recuerdo haber sacado tarjetas antes del incidente.

Faltaba muy poco para el final cuando pité una falta a favor de Libertad en la cabecera del área contraria. El marcador era 1 a 1, ¿o 2 a 1? No recuerdo bien, no es lo más importante. Estaba midiendo la distancia de la barrera cuando el primer asistente, el juez de línea número 1, me llamó para informarme que el número 13 visitante había respondido a un escupitajo del número 2 local con un golpe en el pecho. Tuve entonces que expulsarlos a los dos. No recuerdo bien sus caras, pero no he olvidado los números en sus espaldas, los veo mientras relato la historia.

Aunque parecían tranquilos mientras salían del campo, se fueron insultando sin que yo los pudiera oír. Creo que incluso se escupieron de nuevo. No sé qué se habrán dicho, pero cuando pasaron por los bancos de suplentes, mientras yo seguía organizando la barrera, se armó una gresca generalizada. Solo pude ver a los suplentes de los dos equipos salir corriendo en simultánea unos hacia otros, como en una guerra de película. Al principio, algunos se lanzaron hacia sus rivales en patadas voladoras. Luego vinieron unos 10 o 15 minutos de puños, de empujones, de gritos, de más patadas. (¿Qué tan triste es la vida de un árbitro colombiano?)

Me metí a la boca del túnel de salida con los jueces de línea y un policía que estaba encargado de la seguridad del juego. Todos, hasta el policía, teníamos que cuidar nuestra integridad física, porque la violencia dentro era incontrolable. Estuvimos atentos en todo momento a lo que pasaba, porque debíamos expulsar y reportar ante la UFI a todos los involucrados. Ahora, si alguno se quedaba a un lado y no participaba, también teníamos que estar atentos para no sacarle la roja y cometer una injusticia. No fue el caso. Los once titulares y los siete suplentes tanto de Libertad como de Teniente Fariña se metieron en la pelea. Los habíamos visto a todos, así que solo había una cosa por hacer: expulsar a los 36. Sí, a los 36. Y no por mi culpa, yo siempre pito lo que veo. Nunca he oído de un partido igual en el mundo.

Los dirigentes por fin lograron separar a los equipos y los jugadores visitantes abandonaron el estadio. Nosotros fuimos al vestuario y, estando allá, el delegado visitante me buscó para pedirme que solo reportara a tres jugadores. Le respondí que soy un hombre honesto, recto. Después me llamaron a declarar y yo me sostuve en mi posición, mientras él decía en la televisión que yo había corrido cuando había visto la pelea. Así justificó su actitud.

De alguna manera, la noticia llegó a internet y a la televisión extranjera, y mi hermana, que vive en Buenos Aires, me llamó el martes siguiente y gritó: ¡Estás en la tele! El único problema es que se habían equivocado con el nombre y habían puesto Néstor Guillén en lugar de Héctor.

Han pasado ya dos años. Hoy vivo en la ciudad de San Lorenzo y tengo 40 años. Soy carpintero independiente de lunes a viernes y sigo como árbitro los fines de semana. Tengo una vida tranquila. No me importa el error de mi nombre en la tele. Tampoco me importa la fama. Y no es por modestia, es porque soy árbitro, y como árbitro estoy acostumbrado a evitar el protagonismo. (El árbitro que celebró los goles del Tottenham)

PROHÍBESE EL EXPENDIO DE BEBIDAS EMBRIAGANTES A MENORES DE EDAD, EL EXCESO DE ALCOHOL ES PERJUDICIAL PARA LA SALUD.