La heroína fue el último puerto en mi frustrada travesía podrida hacia los sueños del cerebro arcaico más próximo a los dioses. La encontré después de probar el oro del corazón en la innumerable farmacopea de los alteradores de conciencia. Jugos de flores, hervidos de hojas, vinos de hongos, escamas de los santos laboratorios, gomas aromáticas de antiguos sacerdotes arios y la calcinante cocaína, estimulante falaz que remeda el entusiasmo, droga de estos años ofuscados en la acción y el deslumbramiento del show business.


Fue una noche de lluvia en el páramo después de una reunión de amigos, viejos bohemios que, como yo, habían terminado casados, y apenas se permitían ya de vez en cuando un par de bombazos de hachís apoyados en un brandy bondadoso y trozos de queso caliente. Y la amante del intelectual de la izquierda exquisita de la clase media rural del vecindario apareció de repente en el lugar. Hada neurótica. Cuando yo estaba a punto de irme bajo las estrellas combustibles. 

Precisemos. Yo me despedí. El anfitrión, barba, chaqueta de ante, bufanda escocesa, prometió llamarme. Su mujer, pintora, pulseras, me llevó a la puerta, me dio un casto beso de cortesía. Y el joven novelista su sobrino me dijo que yo parecía un personaje de novela, por el paraguas, mientras yo cerré la puerta del auto, y el motor de arranque obedeció al golpe de la llave. Pero cuando comenzó a rodar, oí detrás de mí ese suspiro que suelen soltar las llantas violadas por un clavo del pantano (y a nosotros se nos desinfla el alma). Mi casa tan lejos, mi cama, el largo y culebrero después de las tormentas. 

El anfitrión y la anfitriona y el novelista su sobrino no tenían alientos para ayudarme y así lo reconocieron agravando las caras de soñolientos. Y me invitaron a quedarme en su casa pajiza y me prometieron que el mayordomo cambiaría la rueda al otro día con una cruceta con las copas en mejor estado que las mías. ¿Se burlaban? Y entonces apareció la novia del intelectual de izquierda vestida de blanco dando saltos de dicha con el último tóxico descubrimiento de la temporada en la cartera revuelta de secretos: la heroína que se inhala. Cantó sacando un frasco blanco. Creo que cualquier persona razonable, en mi caso, puesta a elegir entre quedarse en la casa de unos amigos y probar la heroína, o cambiar una llanta a la una de la mañana, hubiera elegido como yo. 
¿La herida en el corazón que me detectó la medicina prepagada, si no es la trampa usuraria de las preexistencias, debe asociarse con esa noche cuando hui de los hielos celestes de enero que entraban por la ventana al calor de una chimenea languideciendo porque el frío me mataba? Qué frío. Y en la mesa junto a la chimenea había un plato usado, frío, y un tenedor frío, haciéndole compañía, marchito con cosas frías pegadas en los dientes. La cocaína es basta. Es un lujo ramplón de purgatorio. La heroína es el infierno puro. Y un plato. Este plato con cenefas de flores azules. Sucio. Que expresa el universo brutalmente, la ausencia de alma de las cosas hechas de materia pura, solo explicables como dimensiones físicas. Todo es carne, grasa nerviosa cayendo sobre paja podrida, las piedras, el prójimo desespiritualizados moliendo palabras vacías con la boca como si echara huesos y percibido por mi cuerpo inservible añadido a un sofá viejo, en angustia, incapaz de vencer el arrastre de la fuerza de mi cuerpo, sumido en el pesar de pesar, anclado, pero empujado al interior, a punto de caer pero incapaz de entregarse a la caída. Sin pensamientos. Cosificado. Por un siglo fui una cosa córnea que suda puesta ante de sí misma: la experiencia del cuerpo como enajenación. Dicen que la heroína es el diablo. Pero cada uno tiene la suya. A Miles Davis, que el Señor tenga a salvo, un tiempo le sirvió de inspiración. Y cuando percibió su amenaza la abandonó sin ayuda de los enfermeros. Todo un hombre. Yo más cobarde decidí que jamás volvería a acercarme al monstruo. Ya que tampoco fui el gran trompetista que mi abuelo habría querido que fuera, pero jamás me lo dijo con claridad.

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