Como si estuviese dispuesto a reforzar, por todos los medios a su alcance, su estampa de “hombre pacífico” —ese rótulo que lo antecedía en el video que lo catapultó a la fama—, Santiago ‘el Tano’ Pasman vive en una calle tranquila, de árboles frondosos y jardines amplios.

El Tano se acerca a abrirnos el portón y yo no puedo evitar reparar en que lleva un atuendo parecido al que lucía el día del partido de la promoción de River contra Belgrano de Córdoba: pantalón vaquero, zapatos mocasines, camisa sport y pullovercito de bremer. ¿Será su uniforme para mirar los partidos o es el estilo que le gusta en general? No se lo pregunto y se me pasa. Una de las muchas cosas que, en las tres horas de charla que estamos a punto de compartir, se me quedarán en el tintero.

Mientras avanzamos hacia la casa, el Tano me cuenta que él es de ahí, de Bella Vista, de ese barrio y esa casa. No vivió en ella siempre, pero sí casi siempre. Y por si hicieran falta más señas de identidad, alza el brazo y me dice que ahí nomás, dos lotes más allá, tenían la canchita en la que jugaban de pibes.

Mientras nos hace pasar le echo un vistazo de reojo a mi hijo Francisco, que se empeñó en acompañarme. Sé de antemano la cara que debe estar poniendo: una cara de absoluta incredulidad, con esto de tener frente a sí al tipo que, desde hace dos meses, lo hace reír a él, a sus amigos y a millones de personas alrededor del mundo gracias al video que lo retrata en pleno sufrimiento por su querido River.

En el living arde un lindo fuego en la chimenea, los sillones son cómodos y el jardín que se adivina en la penumbra, más allá de los ventanales, luce lindísimo. Y lo primero que me cuenta —o lo segundo, porque cuando le elogio la vista del jardín se apresura a contarme, orgulloso, que Cristina, su esposa, es paisajista— es que le encanta jugar al fútbol. Juega los sábados en cancha de 9 y los domingos en cancha de 11. Y en la semana va al gimnasio. Mientras lo escucho, pienso que no me sorprende. Recuerdo que la primera vez que vi el video, recién subido a YouTube, concluí de inmediato que ese señor que se iba exaltando a medida que el futuro de River se oscurecía, era un tipo que sabía de fútbol. De los que saben no porque lo miran, sino porque lo juegan. Y ahora lo compruebo. Pido algunas precisiones: es zurdo y juega de número diez. Hace un alto para explicarme que se refiere al número diez “de los de antes”. Yo asiento: sus 52 primaveras, las 43 mías, nos ponen a salvo de tener que traducir su posición en la cancha a la terminología futbolera de estos tiempos. No necesitamos hablar de enganches, carrileros o media-puntas. Para nosotros, está muy claro lo que es un número diez.

Pues a este número diez se lo ve entero, delgado, firme, aunque se queje de cierta contractura en la parte externa del gemelo, que últimamente lo tiene a mal traer. Me cuenta que le encanta el deporte y se le nota. Que jugó al rugby entre los 8 y los 17 en Regatas, pero que a esa edad largó porque lo pudo más el fútbol. Busca los Parisiennes en la repisa mientras comenta que el cigarrillo es su único vicio. “Bah, este y el fútbol”, aclara mientras se vuelve a sentar, con una mueca de resignación que alude más a este último que al tabaco.

Como he ido más dispuesto a oírlo que a importunarlo con preguntas, lo escucho mientras me cuenta de los campeonatos en los que juega y en los que ha jugado. Me asalta una duda: ¿qué pasa si sus partidos como jugador coinciden con un partido de River? La respuesta es contundente: si River pelea por algo, se queda a verlo por televisión. Ahora bien, si se trata de una campaña como la de Gorosito, cuando iban décimos, que no cuenten con él para tenerles la vela en semejante mediocridad. A jugar y listo. ¿E ir al Monumental a ver a River? Poco y nada, reconoce, y el motivo es más que legítimo: buena parte del fin de semana se le va en los partidos del sábado y el domingo. Si encima le agrega el viaje a la cancha se queda sin tiempo para la familia. 

Tal vez porque sale el tema de las campañas mediocres, o porque se acerca la hora del partido entre River y Desamparados de San Juan, me atrevo a preguntarle cuándo empezó a sospechar que River podía terminar hundido en la pesadilla del descenso. Lo piensa un poco: cuando Jota Jota López —el director técnico— empezó a hablar del promedio antes que del campeonato. Cuando le ganaron a Racing. Ocho puntos, agrega, después de esa victoria. Ocho puntos en diez partidos. 

Yo le comento que, hasta último momento, no me lo creía. Que estaba convencido —estábamos, porque mi hijo se incluye en la afirmación— de que iban a zafar. Y el Tano coincide. Recordamos el partido revancha de la promoción: el gol tempranero de Pavone, el dominio de River en todo el primer tiempo, el penal que no le dan a Caruso. Se queda callado un segundo y me dice que lloró al final del partido. Como veinte minutos, recuerda haber llorado. Apoyado en una silla. Desconsolado por el tamaño de su dolor, y avergonzado por haber llorado el descenso como si fuera la muerte de un ser querido.

Ya han pasado las siete de la tarde y está por empezar el partido. Llega el Gordo, un chico joven, amigo de sus hijos, otro fan de River que suele ver los partidos con él. Se viene a verlo con el Tano porque su propio padre, aunque es de River, lo es apenitas, tibiamente, un poco porque sí. A veces el Tano lo envidia. Al padre del Gordo y su tibieza. Poder dormir la siesta durante un clásico con Boca: quién tuviera sobre sí semejante bendición.

Cuando sean siete y cuarto pasaremos al santuario: el estudio en cuyo rincón está el televisor, el sillón verde de respaldo alto, la biblioteca llena de discos compactos. Le pregunto si esa es la cábala de siempre: esa habitación, ese sillón, esa tele. Para mi sorpresa me dice que no. Que ve los partidos en su casa desde que los dan por Fútbol para todos. Cuando los partidos se daban codificados, se iban a verlos a un bar. El Gordo recuerda y abre mucho los ojos: al parecer, los exabruptos del Tano constituían una verdadera atracción turística. 

Ahora es un espectáculo mucho más íntimo. Claro, es más íntimo siempre y cuando tus hijos no quieran atesorar esa obra magna de desesperación que fue el partido contra Belgrano de Córdoba. Siempre y cuando un amigo tuyo, de esos que se reúnen a tomar café con el Tano, todas las mañanas, en una estación de servicio de su Bella Vista, no lo suba a internet. Siempre y cuando ese video subido a internet no lo vean, en dos meses, ocho millones de personas. 

De nuevo le echo una mirada a mi hijo. Estamos en la habitación más famosa de la Argentina, y Francisco ya se regodea pensando en cuando se lo cuente a sus amigos.

Eso, contar, es lo que hace el Tano mientras miramos el principio del partido. Los primeros días, después de la explosión del video en la web, fueron todo menos placenteros: de repente la vida cambia. Uno entra al gimnasio como todos los días, para una rutina de una hora, y cuando sale tiene 70 llamadas perdidas en el celular. Uno se busca en la web y, al momento de hallarse, ve que cientos de miles de personas ya lo han descubierto antes que uno.


En ese momento, el Tano cavila y pide ayuda a uno de sus muchos amigos: un abogado que lo tranquiliza y lo disuade del temor de que alguien (alguna de sus “víctimas” discursivas) pueda venirle con algún quilombo. Otro amigo, que sabe de medios de comunicación, le sintetiza sus alternativas: o levanta a su numerosa familia (su mujer y sus cinco hijos), desconecta el celular y desaparece por dos semanas, o se presta a que los medios lo conozcan y lo traten. Opta por lo segundo porque teme que su silencio se preste a confusiones, a que cualquiera especule con cualquier cosa. Eso sí: se deja la piel en una locura de entrevistas y apariciones públicas.

¿Lo mejor de estar metido en semejante torbellino? El cariño de la gente. Los que son de River, y los que no lo son, lo saludan con afecto. Lo entienden. Yo, aunque no se lo digo en ese momento, estoy completamente de acuerdo con esa gente.

El Tano hilvana una historia con otra, mientras el partido entre River y Desamparados de San Juan exhibe un trámite anodino. De vez en cuando, algún grito aislado, al calor de las escasas aproximaciones de River al área rival. O la contraria: un súbito silencio cuando Chichizola, el arquerito de la banda roja, tiene que volar para sacar al córner un cabezazo esquinado. 

El Tano es un buen contador de anécdotas. Se le iluminan los ojos mientras cuenta. Va subiendo los escalones del suspenso, y los remates juntan sus carcajadas con las mías. En medio del fárrago de entrevistas, y mientras atiende a unos periodistas españoles en un hotel paquetísimo en plena Buenos Aires, un tipo le pide sacarse una foto con él. El Tano accede. El tipo aclara que es para enviársela a un amigo que tiene en Portugal, que no le cree que esté, en ese momento, delante del célebre Pasman, su ídolo. Y el Tano pregunta cómo puede ser que alguien en Portugal lo considere su ídolo. Quién es esa persona. “Javier Saviola”, informa el tipo. Y el Tano es feliz, con la constatación. Y sigue siéndolo un rato después, mientras vuelve su casa con su hija, sentado a duras penas en un vagón del ferrocarril San Martín que se cae a pedazos. Del hotel glamoroso y el admirador célebre al traqueteo infame del San Martín que amenaza siempre con detenerse a morir en plena vía. Cenicienta en pleno baile y entre los ratones y las calabazas. El contraste lo asombra y lo divierte. 

Van 35 minutos y River, que no está jugando bien, mete un ataque profundo, centro atrás y cabezazo de Ocampos para el uno a cero. El Tano salta del sillón, puños cerrados y alarido. Se sienta y comenta que está un poco mareado. Se comprende: gritó con todo el aire que tenía, y toda la sangre se le fue a la cara. Tal vez el mejor modo de recuperar el aliento no sea encender otro Parisiennes, pero no me atrevo a señalárselo. River se suelta un poco. A los 45 otro centro y otro cabezazo. Sánchez. Dos a cero. El grito del Tano se parece mucho al primero. Nada de relax, ni de sobrar la cosa. Otro cigarrillo. 

En el entretiempo hay calma como para más anécdotas, recientes y de antaño. Hace unos días, al Tano lo juntaron con el Beto Alonso, uno de sus ídolos. Y visitó, junto a su hijo, el museo futbolero que el Beto tiene en su propia casa. Y se atrevió a comentarle, en chiste, que qué raras son las cosas, que al Beto le llevó quince años y un montón de sacrificios convertirse en ídolo de River, y a él, al Tano, le alcanzó con cuatro puteadas. Nos reímos. No hay soberbia en lo que el Tano dice. Apenas sorpresa. Pura maravilla. “Pongamos que hubiera ido a ver a una bruja, hace unos meses —inicia una hipótesis el Tano—. Y la bruja me dice que voy a terminar en la tapa del Olé, y en la revista Gente, y en la tele, y con millones de espectadores en internet —el Tano hace una pausa—… ¡Devolveme la guita, vieja loca!”, hubiera sido la culminación de la consulta. Y el Tano de nuevo se ríe porque es como él dice: los primeros días fueron duros pero después no. Después se puso lindo. ¿Quién le iba a decir a él que se iba a tomar un café con el Beto Alonso? ¿Quién, eh? ¿Cuándo?

Empieza el segundo tiempo y River juega mejor. Estrella un pelotazo en el travesaño. Alguna puteada corta, concisa, casi diríamos necesaria. Y no según los códigos del Tano, sino según los códigos del fútbol. Que para el caso es lo mismo.

Sale el tema de su papá. De que lo llevaba siempre a la cancha, cuando era chico. En un Renault 4. Aunque hace más de cuarenta años, el Tano se acuerda de la vez que su viejo se pegó la vuelta a su casa, ya de camino a la cancha, porque había empezado a llover. Y el Tano lloró toda la tarde.

A los quince del segundo los sanjuaninos demuestran no estar tan desamparados: Rosso clava el 1-2 y al Tano —y al Gordo, que sufre más allá— se les transforma la cara. Yo mismo me preocupo. No quiero pasar a la historia como “la visita mufa”, traducido a “vino a mi casa Sacheri y nos empataron un partido imposible”. 

El partido sigue, pero con más nervios. Cavenaghi se come un gol debajo del arco. El Tano salta de su sillón. El Gordo salta del suyo. Francisco y yo nos quedamos sentados. La ventaja de ser hinchas de Independiente es que no sea nuestra piel la que está en juego. 

Por suerte, a los 26 Domínguez hace el tercero y los ánimos se calman. Se calman después del nuevo alarido, de la ceniza del Parisiennes al piso, de alguna puteada de esas que uno necesita para aflojarse los nervios como si fueran la corbata.

Otro recuerdo del Tano: cuartos de final de un Torneo Nacional, contra Newells. River va perdiendo de local. El Tano y sus amigos, en su desesperación, prometen hacerse los trescientos kilómetros que los separan de Rosario, para ver la revancha, si los millonarios ganan el partido. Y el milagro sucede, con dos goles de un tal Gordon. Y como promesas son promesas ahí se van, días después, hasta Rosario. Pero allá pierden seis a dos. Una cosa es que existan los milagros y otra es que se repitan.

Y termina el partido. “Por lo menos se ganó, aunque se haya jugado más o menos”, es la conclusión del Tano. Le pregunto qué ha sido lo peor de todo este fenómeno. Piensa un poco. Que algún boludo se haya creído que lo armé a propósito, concluye. Que lo fingí.

Antes de irme hacemos un alto en el living. Ahí están sus hijos, un sobrino, su mujer. Conversan y se ríen. Se nota a la legua que se llevan bien. Se han pasado todo el partido entrando de a ratos en la habitación en la que nosotros veíamos el partido. Un poco para ver cómo iba River. Y otro poco para ver cómo iba el Tano y su presión arterial. Ahora se ríen. Los espera la noche del sábado. Y por las caras que tienen se les nota que la van a pasar bien juntos.

El Tano nos acompaña a la puerta. Le pregunto si quiere que el torbellino siga o que se corte. Se encoge de hombros. Hace un gesto hacia su casa, hacia el living en el que lo espera su familia. Dice algo acerca de que su vida son ellos. Yo sonrío porque entiendo que es así.

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