Toda la vida, todos los días, y desde que llegamos al mundo, las mujeres hemos crecido viendo por doquier la imagen de un cuerpo masculino desnudo. Nada parecido les ha pasado a los hombres. A nosotras, en cambio, esa imagen de ese hombre desnudo nos ha perseguido por la mañana, por la tarde, al irnos a acostar, desde antes de que supiéramos pronunciar la palabra mamá; en los salones de clase del colegio, en nuestros propios cuartos, encima de la cama, en estampitas, en escapularios, en libros. Ante esa imagen de un hombre desnudo abrimos la boca a los diez años para recibir nuestra Primera Comunión. Ante ella nos enseñaron a rezar el Padre Nuestro, a pedir perdón, a suplicar, a agradecer y a darnos puños en el corazón para proclamar nuestra grandísima culpa: ante la imagen del cuerpo fibroso y desvestido, apenas arropado el pubis por un breve trapo, de Cristo en la cruz.

Extraña mezcla de adoración e imposibilidad del deseo, absurda combinación de erotismo y sufrimiento. ¿Las consecuencias? Pocas se vienen a la cabeza, que no sean el éxtasis místico de Sor Juana (algo así como un orgasmo espiritual), con la monja cubierta de paño negro hasta el cogote y rezando de rodillas a lágrima viva, bañada en un halo de luz celestial.

Pero es que solo dos imágenes icónicas de hombres desnudos nos legó la historia del arte de Occidente: Un Sebastián sembrado de flechas y un Jesús clavado en dos palos de olivo. Dos cuerpos desnudos agonizantes, torturados, enjuagados en sangre, pálidos de dolor.

No me vayan a decir que no empezamos mal.

La verdad es que veníamos mal desde mucho antes. La historia de Adonis, aquel joven cuya pasmosa belleza encandiló desde niño a Afrodita, que suscitó celos encendidos, cóleras pasionales y venganzas canallas, es muy distinta a la de Afrodita, la encarnación de la belleza femenina. A ella la dividieron en decenas de diosas, desde la Venus Genetrix (la madre) hasta la Venus Ericina (la diosa de las hieródulas, las prostitutas), permitiendo que las imágenes de su desnudez a lo largo de la historia adquirieran muy distintos significados. En cambio, con aquel hombre bello, desnudo, las cosas no pasaron así. Miren qué raro: para empezar, el vocablo "Adonis" viene muy seguramente de Adonai, que quería decir señor o amo y que era como llamaban los hebreos a Dios. Adonis murió joven, mordido por un jabalí, y en cuanto se enteró, Afrodita salió corriendo hacia el bosque, bañada en llanto, a inclinarse ante el amado moribundo. ¿No les recuerda la historia de María Magdalena, llorando ante la cruz en la que agonizaba su amor? Adonis, uno solo, que se muere, y Venus, escindida en dos, la Genetrix, María, y la Ericina, Magdalena. Las cosas se ponen aún más raras. Una versión del mito, que se ha borrado de muchas historias de la mitología griega, asegura que Adonis resucitó tres días después. Así, las imágenes de los cuerpos hermosos de los hombres, desnudos y lustrosos, tensos de fibra y juventud, acaban para las mujeres en tragedia, en sublimación infinita del deseo, en la obligación espantosa de tener que echarse a llorar. Tan cierto es esto que el culto de Adonis, extendido por todo el Mediterráneo, consistía en la reunión anual de mujeres para llorar toda la noche, mientras cargaban en hombros una efigie amortajada del hermoso Adonis muerto, y que terminaba arrojada al cauce de algún río o del mar. La belleza de ese cuerpo masculino terminaba entre lágrimas en un duelo, en la muerte del deseo que lo convertía en un intocable Dios. Y por eso Cristo, tan bello él con su flacura apretada, sus rizos de miel y sus ojos azules, tiene que morir: para que nosotras, las mujeres, no lo podamos desear. Ni nos damos cuenta de que está desnudo, ni se nos ocurre pensar en que su rostro y su cuerpo (tal y como han sido representados en la historia del arte) son los de un hombre que quizas haya sido de una belleza masculina casi perfecta.

Mal. Francamente, las mujeres empezamos muy mal.

Y mientras las mujeres lloraban, los hombres cincelaban aquella belleza desnuda. Porque fueron hombres quienes esculpieron las primeras imágenes de desnudos masculinos. Mirón, Policleto y Praxíteles fijaban en el mármol la victoriosa belleza del cuerpo de sus jóvenes amantes, de los efebos atléticos de Atenas, mientras las mujeres dirigían su mirada hacia otra parte. Hombres esbeltos, adolescentes apenas, de delicados dedos y pechos angostos, muchachos imberbes que a muy pocas mujeres —pero a muchos hombres— incitarían al amor.

La conclusión es, sinceramente, un poco trágica: me temo que la representación del desnudo masculino comenzó gracias a los homosexuales.

No crean que las cosas mejoraron después.

Porque luego vino el Renacimiento y el desnudo femenino, que hasta entonces no había sido un objeto demasiado interesante, estalló en todo el esplendor de Tizianos, Giorgones y Boticellis. Salíamos del mar desnudas, éramos alegorías de las Tres Gracias desnudas, nos raptaban desnudas los bárbaros…

Mientras tanto, los hombres desnudos quedaron reducidos, en la pintura, a un Adán vergonzante, lechoso y blando, nada orgulloso de su cuerpo, de actitud pusilánime, expulsado del Paraíso. En todo caso y a diferencia de Eva, un desnudo insípido y penitente. Algunos bellos guerreros lograron colarse por ahí, gracias a las invasiones germánicas de siglos anteriores, que condimentaron el ideal afeminado de belleza griego con algo de sudor; así, algún hombre rudo, de tórax poderoso y muslos vigorosos, de pelo largo y desordenado, hizo su aparición en la pintura. Pero era una desnudez heroica y no una sensual, la que se dejaba ver en el cuerpo desnudo del hombre. De resto, lo que existe son sesudas lecciones de anatomía. El cuerpo masculino troceado, convertido en fragmentos, en músculos, antebrazos, pies, torsos, omoplatos. La intención era el puro ejercicio, la maestría de la técnica y no la fijación de la belleza de un cuerpo masculino que invita al deseo. En cambio, lo cierto es que los desnudos femeninos, desde los delicados y angélicos de Boticelli, los más carnales de Giorgione o los decididamente voluptuosos de Rubens, hasta la perversa sexualidad burdelesca de la Olympia de Manet o la altiva lujuria de la Maja de Goya algunos siglos después, se tomaron la escena.

Y nosotras, sin nada que ver.

No vayan ustedes a creer que el siglo XIX, con la invención de la fotografía, cambió el curso de los acontecimientos. Qué va. Empeoró.

Desde esos albores de la fotografía, en esas placas inventadas por Daguerre en 1837, el cuerpo del hombre desnudo apenas existe. Cero. Es evidente que a los franceses sí les gustaban las mujeres. Y bastante más sin ropa, porque no habían pasado ni siete años desde la invención del daguerrotipo cuando ya circulaban en secreto y a precios exorbitantes las imágenes eróticas de mujeres desnudas. O más bien, decididamente pornográficas. Vulvas abiertas, cuerpos desgonzados, nalgas felices al aire, contorsiones, escenas lésbicas. Los hombres, cuando aparecen, están muy vestidos —¡con levita y sombrero de copa!— dando palmadas a culos soberanos o rodeados de nínfulas adoradoras. ¿Quiénes posaban? No los hermosos atletas de la Grecia antigua con prepucio, pucio y pospucio, no los decididos guerreros de Roma con bíceps y tríceps y cuádriceps, sino jovencitas paupérrimas, muertas de hambre, prostitutas, bailarinas, limpiadoras, niñas expulsadas del campo por las hambrunas que llegaban a París a rebuscarse el pan.

Ya ven, nada ha cambiado. Seguimos con hambre.

Porque el asunto, ya entonces y al igual que ahora, era de oferta y demanda. Como quienes compraban las fotografías eran hombres, hombres ricos, el negocio de tomar fotografías a hombres bellos desnudos nunca prosperó (recuerden que en aquella época las mujeres no podían acceder a una cuenta bancaria; ni siquiera las hijas de millonarios, ya que su herencia pasaba a ser administrada, según la ley, por sus maridos). Si acaso, quedan algunas muy escasas imágenes de jovencitos desnudos, que satisfacían la lascivia amordazada de los homosexuales, y una que otra muy rara de un cuerpo masculino desnudo, de pie frente a la cámara. Pero las poquísimas fotografías de hombres desnudos omiten el rostro del modelo y así la cosa casi no tiene gracia. Porque la verdad sea dicha, la intención de la imagen del cuerpo desnudo (hablo del masculino, pero…) se vuelve poderosa por lo que dice su rostro, por sus gestos, por su mirada, mucho más que por la posición de un cuerpo dadivoso. Es la cara la que descifra el cuerpo. En ella está el alfabeto que nos permite leer el deseo del cuerpo. Casi diría, incluso, leer la belleza de su carne.

El hecho es que la fotografía se apoderó del mundo. En los años treinta del siglo XX, según cálculos de coleccionistas e investigadores, se realizaron más de quinientos millones de desnudos, casi todos, por supuesto, de mujeres. Hubo que esperar la salida masiva de los homosexuales del clóset, hacia comienzos de los ochenta (¡hace menos de treinta años!), para que un hombre de talento, Robert Mapplethorpe, fotografiara hombres desnudos. Pero, ah, qué desgracia, también él era homosexual. Hizo unas fotografías de cuerpos abrumadoramente hermosos. Con penes erectos, perfectos, impresionantes. Y unos cuerpos tan bellos, que a uno se le corta la respiración. Pero la intención parece ser más de homenaje a la perfección de la musculatura. Y las caras, de nuevo, siguen casi siempre sin verse.

Ya ven. Siguen mirando los hombres. Nosotras parecemos ciegas.

Sobre todo porque ya hacía bastantes décadas que teníamos acceso a trabajos más dignos que el de prostituta o limpiadora, pero todavía consumíamos sin rechistar las imágenes de mancebos ensoñadores semidesnudos que protagonizaban las campañas publicitarias de los años setenta. Jean Paul Gautier, Moschino o Ives Saint Laurent nos mostraban los mismos Adonis delicados de los escultores griegos. Hombres imaginados por el lobby homosexual que mandaba en los círculos de la alta costura y cosmética masculina durante todo el siglo XX.

Pero llegó el siglo XXI y las cosas comenzaron a cambiar. Y todo gracias a que las marcas que en otro tiempo fueron sinónimo de glamour fueron perdiendo su lustre. Eso le pasó a Lacoste, una marca que necesitaba desesperadamente renovarse. Y le pasó a YSL. ¿Y cómo lograron rejuvenecer la imagen conservadora de sus marcas en el mundo agresivo de la publicidad? Pues mostrando por fin el cuerpo totalmente desnudo de un hombre masculino, viril, despampanante, con sus nalgas perfectas al aire y su pene bamboleando ahí. Un hombre natural, que responde, sin lugar a dudas, a una solicitud femenina. Porque la buena noticia es que se llevaron a cabo estudios, encuestas, sondeos, entre cientos de miles de mujeres. Y estos cuerpos desnudos fueron elegidos para ser considerados objetos sexuales por y para las mujeres. Esa es la gran revolución en la historia del desnudo masculino: la mirada que inmortaliza el cuerpo desnudo del hombre es, por fin, la mirada de una mujer. De no ser así, seguiríamos en las mismas: comprensiblemente, sin muchas ganas de mirar.

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