Durante cinco horas, el deportista olímpico más condecorado de la historia se sentó en silencio en una esquina a escuchar los testimonios de 19 personas que se acababan de conocer y que solo tenían algo en común: habían iniciado tratamiento en el centro de rehabilitación Meadows en medio del desierto de Arizona, en Estados Unidos. Fue el sábado 4 de octubre de 2014. Las casi últimas 72 horas previas, Michael Phelps no había salido de su casa, comió poco y durmió menos: estaba avergonzado de sus actos, incierto de su futuro y con ganas de quitarse la vida.

A la 1:30 de la madrugada del martes, el ganador de 22 medallas olímpicas – 18 de ellas de oro – y  poseedor de 6 records mundiales, salió del Horseshoe Casino de Baltimore en su camioneta blanca Range Rover modelo 2014. Diez minutos después fue detenido por la policía local por exceso de velocidad: Phelps estaba zigzagueando a 135 kilómetros por hora en una zona de 72, no pasó dos pruebas de sobriedad y una prueba de alcoholemia marcó su nivel de alcohol en la sangre en 0.14, 0.06 puntos más que el límite permitido.

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Después se encerró. Tuvo una breve conversación con su novia Nicole Johnson y envío un durísimo mensaje de texto a su agente Peter Carlisle: “Ya no quiero estar vivo”. Quería la soledad y la calma que sentía al nadar, algo difícil de conciliar con las decenas de camionetas de prensa parqueadas al frente de su casa. Fue su tercer incidente en menos de una década y sin dudas el más grave.

A sus 29 años y con cuatro juegos olímpicos encima, Michael Phelps estaba perdido. En un frío comunicado pidió perdón por sus actos y sólo recibió la visita de sus seres más queridos: su mamá Debbie, sus hermanas Hilary y Whitney, unos amigos cercanos de su infancia. Bob Bowman, su entrenador de toda la vida, y su novia Nicole hablaron con él por teléfono. Su padre, Fred Phelps no asistió: nunca se la han llevado bien.

El objetivo de la reunión estaba claro: sacar a Michael del abismo. La necesidad de ingresarlo en una instalación de tratamiento fue cada vez más latente. Él se resistió pero el voto fue unánime. Era la hora de salir de esa burbuja. El sábado en la mañana Phelps partió hacia Meadows.

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Michael Fred Phelps II nació el 30 de junio de 1985 en Baltimore, la ciudad más grande del estado de Maryland, en la costa noroeste de los Estados Unidos. Michael es el menor de tres hijos y el único hombre producto del matrimonio entre Deborah Davisson, rectora de un colegio local, y Michael Fred Phelps, un retirado policía de carreteras y exitoso jugador de fútbol americano colegial. Sus padres se divorciaron en 1994, cuando él tenía nueve años.

Phelps se enamoró de la natación a los siete años y empezó a nadar frecuentemente por la insistencia de sus hermanas y la necesidad de quemar energía. En sexto grado fue diagnosticado con un trastorno por déficit de atención con hiperactividad (TDAH), una conducta común en los niños que a grandes rasgos y para entender de manera sencilla, no se pueden quedar quietos, se distraen fácil y suelen tener tendencias impulsivas.

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La natación fue la mejor respuesta para Phelps que empezó a asistir al centro acuático del norte de Baltimore donde a los 10 años conoció y se empezó a entrenar bajo las órdenes de Bob Bowman, entrenador en jefe del lugar y hasta el día de hoy el único entrenador que el campeón olímpico ha tenido. Michael no se podía quedar quieto en su hogar. La piscina era su hábitat. Y Bowman, la figura paterna que siempre le faltó.

En el mundo del deporte existe un reconocido cuestionamiento que rige el éxito o el fracaso de un deportista de alto nivel: “Los campeones nacen o se hacen”. Phelps tiene un poco de ambas. Tenía de nacimiento las características ideales para desde temprana edad convertirse en un atleta de alto nivel, solo le faltaba la brújula que lo guiara. Bowman lo fue y con 12 años ya ostentaba tres records nacionales en categorías juveniles.

Su rápido crecimiento lo llevó a clasificarse para los Juegos de Sydney 2000 cuando apenas tenía 15 años, convirtiéndose así en el nadador estadounidense masculino más joven en asistir a una cita olímpica. A pesar de no conseguir ninguna medalla, el mundo entero presenció las capacidades que este niño prodigo tenía. Un año después, en el campeonato mundial celebrado en Fukuoka, Japón, ganó el oro en los 220 metros mariposa –su prueba preferida– rompió el record mundial y se convirtió en el atleta más joven de la historia en ostentar esa marca.

Entre 2001 y 2004, previo a los juegos de Atenas, Phelps consiguió once medallas entre los juegos pacíficos y campeonatos mundiales, además de sumar cuatro nuevos records mundiales y ser nombrado esos tres años el mejor nadador de su país. Todo bajo el cuidadoso estudio de Bowman, que pese al éxito, aún no estaba contento: Phelps no había tocado el techo.

En Sydney fue el prodigo pero en Atenas fue una realidad: el norteamericano consiguió ocho medallas, seis de ellas de oro e impuso dos records mundiales y tres olímpicos. Aun siendo un adolescente, compitió ante su ídolo el australiano Ian Thorpe en los 200 metros libres y consiguió el bronce. Thorpe se llevó el oro y Phelps quedó a una medalla de igualar el record de siete oros en unos mismos Juegos Olímpicos impuesto por el también norteamericano Mark Spitz en Munich 1972.

El mismo Thorpe dijo que nadie jamás podría ganar ocho oros en unas mismas olimpiadas. Cuatro años después, en Beijing 2008, Phelps lograría exactamente eso. Un impecable entrenamiento y un esquema de trabajo sobresaliente ingeniado por Bowman fueron la clave para conseguirlo. ‘La bala de Baltimore’, como empezó a ser llamado, participó en 17 carreras durante nueve días para llevarse a casa ocho medallas doradas, siete de ellas con récord mundial y la restante con récord olímpico. “Nunca en mi vida he sido tan feliz de haberme equivocado” dijo Thorpe cuando Phelps consiguió el octavo oro.

En Londres 2012, Phelps ya una leyenda viviente, no estableció ningún nuevo record mundial pero sí consiguió cuatro medallas más de oro y dos de plata, las suficientes para recibir el galardón del deportista olímpico más condecorado de la historia. Pero algo andaba mal: la piscina ya no era su casa y, como él mismo dijo, estaba acabado y listo para dar el siguiente paso: retirarse.                                                    

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Es primavera de 2013. Phelps junto con algunos de sus amigos está de vacaciones en el Cabo San Lucas. Alguno le propone al medallista, que tiene 11 kilos de sobrepeso, una carrera en la piscina del hotel. No pasó, pero el estadunidense igual nadó. La adrenalina es la misma, ¿quizás se precipitó en decir adiós? Una llamada a Bowman lo confirma: quiere volver. “De ninguna manera”, sentenció el entrenador.

La relación entre ambos no era la mejor. Igual, Phelps estaba decidido a seguir entrenando, pero si su cuerpo estaba en la piscina, su mente estaba en otro lado. Las apuestas, el póker, las carreras de caballo y el alcohol. Esas eran las principales motivaciones del nadador por aquellos momentos. Había además peleado con su novia y el futuro de la relación era incierto. Solo volvieron a reconciliarse en el verano de 2014.

El lunes 14 de abril de 2014, Phelps anunció oficialmente su regreso. Se estaba entrenando duro y quería legar al nivel competitivo pero el fantasma de la noche lo acechaba. En septiembre llegó su tercer arresto. El más peligroso, aquel que delataba problemas graves, consecuencias delicadas y que derivó en una suspensión de seis meses y su ausencia del mundial 2015 de natación. Una década antes aceptó ser culpable por manejar ebrio y en 2009 estuvo fue protagonista de un escándalo cuando News Of The World, el desaparecido diario sensacionalista inglés, publicó una foto suya fumando marihuana en una fiesta universitaria.

¿Cómo le puede suceder esto a un deportista de élite que ya tocó el cielo con las manos? El psicólogo deportivo  argentino, Marcelo Roffé, expsicólogo de la Selección Colombia de fútbol en el pasado Mundial de Brasil 2014, responde: “En el deporte de alto nivel existe algo que llamamos el veneno del éxito y es cuando un deportista no tiene cómo ni con qué sostener el éxito. Como le pasó a Phelps, llegan a tener la gloria, pero no la pueden sostener. Él además no quería crecer y aspectos como el exceso de presión lo pueden llevar a la depresión”.

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El centro de rehabilitación Meadows es un oasis en el desierto. Cuenta con uno de los mejores tratamientos en todo Estados Unidos y pocos se dan el lujo de pagarlo. A los pacientes se les prohíbe el uso de celulares e internet. Todos reciben sesiones obligatorias de introspección, donde deben compartir algo totalmente desconocido para Phelps: “No solo sentí uno de los mayores miedos de mi vida, simplemente no le quería hablar a nadie”.

Con los días eso cambió. Y radicalmente: el nadador terminó aceptando su situación y conviviendo con extraños que compartían problemas similares y que pasaron a ser su familia ahí adentro. La pared de sentimientos que Phelps había construido durante años, se empezó a derrumbar y sin encontrar alguna explicación exacta, empezó a sentirse feliz.

El obstáculo más complicado que derrumbó fue la ausencia que siempre tuvo de su padre: “Me sentí abandonado”. Y aunque creció como cualquier otro niño y consiguió todo el éxito posible, nunca realmente cerró esa herida. Hasta la cuarta semana de tratamiento: los pacientes podían invitar a sus familias para que observaran el progreso de sus seres queridos y Phelps, que no se hablaba en lo absoluto con su padre, lo invitó. Para sorpresa de muchos, el padre asistió. Ambos se abrazaron por casi 5 minutos. En una de las pocas entrevistas que ha dado desde su tratamiento, el nadador confirmó que aunque lejos de estar del todo curados, su relación con su padre se encuentra estable y mejorando.

Antes de finalizar su tratamiento, Phelps recibió por parte de su grupo de compañeros el bastón saguaro, un símbolo de poder que cambia de dueño cada semana y que se les entrega a personas con cualidades de liderazgo y ejemplo. “Me dio más orgullo recibirlo que cuando me dieron cualquier medalla”. La rehabilitación lo hizo abrirse y Río 2016 se asomaba en el horizonte.

Phelps se mudó a Arizona, un lugar con mejores condiciones para entrenar y en Octubre del año pasado, Bowman fue nombrado entrenador en jefe de natación de la Universidad de Arizona. Coincidencia o no, el dúo estaba de vuelta y en diciembre, en los nacionales de invierno, la bala de Baltimore consiguió tres títulos alcanzando los 62 a nivel nacional.

Muchos se alegraron, otros – desconociendo el calvario que sufrió el nadador – lo criticaron. Él sabía que tarde o temprano iba a pasar. Roffé, autor del libro ‘El partido mental’, sentencia: “Cuando uno es el número uno, está el costo de ser el mejor y cuando más se brilla, hay muchos envidiosos que lo quieren bajar y hacerle pagar el costo de ser el mejor”.

Phelps, alejado de las cámaras y enfocado en ser una mejor persona y no un mejor atleta, se fortalece y sabe que su esfuerzo, el mental y el deportivo, es más fuerte que nunca. El psicólogo deportivo añade: “Lo más fácil era desaparecer pero Phelps se desafió a sí mismo para poder estar en Río y despedirse a lo grande. Es lo que llamamos resiliencia: así no gane ni una sola medalla y varios lo tilden de fracasado, para él, estar, reinventarse y renacer es un triunfo en sí mismo. Es lo que hacen los verdaderos ganadores”.

Sonriente, comprometido con su novia (se casarán después de los Olímpicos) y con Boomer Phelps, su hijo que nació en mayo, en sus brazos, Michael Phelps no duda un instante en asegurar que en Río 2016 verán un deportista totalmente distinto al que todos estaban acostumbrados. Y todos sus fanáticos tienen ganas de conocerlo.

 

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