Ese soy yo, pensó.
Ese soy yo, repitió el eco.


Había un charco de sangre. De una sangre roja como nunca había visto, como no creía que pudiera ser la sangre, porque no la imaginaba tan roja. Había visto la sangre: claro que la había visto. ¿Quién no ha visto la sangre? Pero tenía la idea de que era más oscura, más densa. Y ajena. Pensaba que la sangre era ajena. Pero esta sangre era suya y era roja, casi tan roja como el colorete que usaba su madre: lo recuerda (el colorete) y la recuerda (a su madre), a pesar de que la perdió cuando apenas tenía siete años. Siete. Pero ahora no pensaba en ella, aunque estuvo a punto de encontrarla en ese más allá hacia el cual alcanzó a dar unos pasos. Quizá fue ella misma la que lo detuvo, la que le dijo que aún no era la hora, la que le ordenó que diera media vuelta y regresara. Y al volver, Carlos Enrique Serna Vallejo encontró a un hombre que era él mismo tendido en el suelo. Tirado sobre el asfalto de la avenida Caracas con la calle 19. Era otro, porque él lo veía desde arriba. Pero era él mismo. No entendía el fenómeno, pero lo aceptaba como un hecho irrefutable. Era él mismo… no había duda. Lo temió: primero lo temió. Luego lo supo. Y no lograba salir de su asombro.
Ese soy yo, pensó.
Ese soy yo, repitió un eco molesto.
¿Qué hago ahí?
¿Qué hago ahí?
Estaba quieto. Asustadoramente quieto. Tendido sobre un charco de sangre roja en el asfalto. Lo acababa de atropellar un carro. ¿Qué carro? No lo sabe. ¿Qué pasó? No lo recuerda. Caminaba por ahí, por ese cruce siempre lleno de gente, siempre lleno de carros, siempre lleno de humo, siempre lleno de peligros que a él no lo asustaban porque se los conocía todos, porque era parte del peligro. De repente un carro chocó con él —chocó con él, más que atropellarlo— y cree haber oído una voz que salió por la ventanilla y le dijo a manera de insulto que se fijara por dónde andaba. Y le habría gustado responderle a ese hombre —cree que era un hombre—, increparlo, gritarle, pero no tuvo fuerzas: ni siquiera debió tenerlas para oír lo que cree haber oído. Porque el golpe fue violento: le quebró algunos huesos de la cabeza, lo tiró al suelo con violencia y lo dejó prácticamente muerto.
Está vivo.
¡Qué va a estar vivo!
Está vivo.
Mírelo: ¡qué va a estar vivo!
Movió los ojos.
Estará agonizando.
Está vivo.
Pasó mes y medio en el hospital. O tal vez fueron dos meses. Alguien lo llevó a La Samaritana. Algún buen samaritano. Alguien pagó una cuenta que pasó de 40 millones. No sabe cuánto tiempo había pasado cuando de repente vio a su mamá. Él tenía los ojos cerrados, pero ella estaba allí, en sus recuerdos, en sus anhelos. Estaba en esa cabeza a la que ahora le faltaba un pedazo. La vio, la sintió, y por ella se armó de valor, sacó fuerzas de donde no las tenía y empezó a moverse. Alguien dio la señal de alerta, alguien anunció el milagro, y fueron llegando uno tras otro todos los que usaban bata blanca, todos los médicos, y no lo podían creer. Unos días más tarde le preguntaron por su familia, y él contó que tenía 14 tías y tres hermanas que vivían en Medellín. Y le entregaron 40.000 pesos para que fuera a buscarlas. Nada más podían hacer por él en aquel hospital.
Esas doctoras me cuidaron como nadie me había cuidado.
Esas doctoras me cambiaban.
Esas doctoras me conocieron la cola.
Los médicos no podían creerlo. Nadie podía creerlo. Pero lo cierto es que se salvó. Y de vuelta a la vida, quisieron devolverlo a Medellín, donde estaban sus hermanas y sus tías. Pero si algo tenía claro Carlos Enrique era que no podía llegar peor de lo que había salido. El día que se fue —el día que cogió camino y llegó a Bogotá—, le dijo a su hermana que iba a buscar una vida mejor, que iba a ver qué conseguía, y salió como si fuera a conquistar un mundo que le ha sido esquivo. Por eso, aunque hubiera quedado tan impedido, tan limitado, no estaba dispuesto a regresar a Medellín para contar que no había logrado su cometido. Caminó, caminó y caminó hasta que, en el cruce de la calle 92 con carrera 11, se sentó a descansar y de repente le empezó a llover plata. La gente, al ver esa cabeza a la que le faltaba un buen pedazo, se conmovía. Nada tuvo que hacer, a nadie tuvo que pedirle, y en unas pocas horas reunió 70.000 pesos. Pensó, entonces, que las cosas pasan por algo. Pensó que seguramente con su cabeza hundida iba a pasar menos trabajos de los que pasaba antes de que lo atropellara aquel carro, en esos días en los que andaba de un lado para el otro contándole a la gente que él había estudiado Secretariado Comercial en Medellín, en la muy reconocida Escuela Remington del Comercio. Pero nadie le dio trabajo, nadie le dio la oportunidad de demostrar que sabía mover los dedos sobre la máquina, que podía escribir una carta, redactar un memorando, copiar un decreto o una fórmula médica. Nadie.
Usted sabe que yo siempre le doy, dice un hombre mientras baja la ventanilla de su Audi y estira la mano.
¡Gloria a Dios!
Otro día le doy, dice una mujer entrada en años y en bótox mientras sube la ventanilla de su Mazda y esconde la mano.
¡Gloria a Dios!
Sabe que muchos le dan porque se apiadan de él, porque entienden que una persona con semejante lesión en realidad no tiene la opción de arreglárselas solo. Pero también sabe que hay muchos que le temen, que se asustan al verlo —porque impresiona su cabeza hundida y deforme—, que prefieren mirar para otro lado, que lo esquivan, que se pasan el semáforo en amarillo o incluso en rojo con tal de no tenerlo al lado, implorando ayuda, esperando una moneda. Sabe que unos le dan y que otros no le dan. Pero las matemáticas son exactas: si llega antes de las siete de la mañana, a eso de las once tiene cerca de 40.000 pesos. Suficiente para sobrevivir dos días, con esas cuentas que tiene claras: 10.000 para pagar la pieza y 10.000 para comer y para los buses, si es que alguno decide recogerlo, pues aunque se para en la carrera 11 con el billete a la vista para que vean que tiene con qué y que su intención no es pedirles plata a los pasajeros, para encontrar uno que se detenga y le abra sus puertas debe soportar la indiferencia de 50 choferes que siguen de largo. A veces no le queda más remedio que caminar durante un par de horas para llegar a su casa. Una casa que no es suya, pero que en todo caso es su reino. Allí vive hace tres años, en la habitación número nueve. Aunque la palabra habitación resulta muy grande para los cuatro metros cuadrados de ese inquilinato del centro de Bogotá que le dan a Carlos Enrique Serna Vallejo la seguridad de que él sí tiene en dónde caerse muerto. Hay días en los que doña Emilse y su esposo —los dueños del caserón— caen en la cuenta de que el viejo no ha asomado en toda la mañana, y le tocan a la puerta con la disculpa de preguntarle si amaneció bien, si algo le duele, si algo necesita, aunque en realidad lo hacen para descartar que ese viejo —viejo a los 48 años— en realidad haya caído muerto, incapaz de seguir viviendo con apenas tres cuartos de cabeza.
Feliz cuando salga de estos harapos.
Feliz si pudiera volver a Medellín y buscar a mis hermanas.
Paga 10.000 por ese cuarto diminuto donde una cama de colchonetas raídas apenas le deja espacio a un parlante que usa como mesa de noche y a un televisor que todos los días amenaza con dejar de funcionar. Allí duerme, muy cerca de Carlos Mattos y de Jaime de Marichalar, que lo acompañan desde las paredes tapizadas con páginas de revistas del jet set por las que trepan esas ratas que devoran los restos de comida y que Carlos Enrique siente corretear en las noches de un lado a otro. Paga 10.000, en lugar de los 8000 que paga la mayoría —vendedores de tinto y rebuscadores de oficio—, por cuenta de ese televisor que le da sentido a las horas de la noche. No se pierde el noticiero, y en los últimos meses ha disfrutado sobremanera la serie sobre Pablo Escobar —el capo, le dice—, de quien tanto oyó hablar cuando aún vivía en Medellín. Suele quedarse dormido antes de que aparezcan en la pantalla los créditos finales, y a veces sueña con que regresa al barrio Castilla, donde se crio al lado de tres hermanas de las que hace varios años no tiene noticia, aunque no pasa un solo día en que no dedique un rato a recordarlas. A ellas y a su madre. De su padre, a quien acusa de ser el responsable de la muerte de su mamá por las palizas brutales que le daba, nunca supo más, nunca quiso saber más. Ni siquiera se interesó en averiguar si era cierto que había llegado a ser gobernador de Antioquia.?¿Para que le doy plata si se la sopla?
La gente juzga.
Eso sí me pone de mal genio: que la gente discrimine.
Rara vez lleva a alguien a su pieza. La última vez que metió de contrabando a una noviecita se le desaparecieron los 15.000 pesos que tenía ahorrados. Por eso, cuando lo acosa el deseo, prefiere pagar los 10.000 o 20.000 que le cobran en el Bronx —él habla de la L, la zona L— por un rato de caricias. Y trata de estar lo más presentable posible, aunque le toque bañarse con agua fría, como debe hacerlo cada vez que visita al médico, cuando el Ponstan 500 deja de hacerle efecto. Se baña, se amarra bien ese pantalón de pana en el que cabrían tres como él y cubre con una gorra su deformidad. Aunque no le gusta mirarse en el espejo, está convencido de que así, recién bañado, podría hacer algo mejor que mendigar: vender tinto, por ejemplo. O pararse frente a una multitud y dar testimonio de lo que fue. ¿Y qué fue? No fue, exactamente, como él mismo lo dice, el hijo de la Virgen del Carmen. Fue necio: metió marihuana, metió bazuco. Pero hace cara de niño bueno cuando asegura que eso fue el pasado. Que ahora nada de nada. Aunque en el desorden contenido de su cuarto se vean algunos papelillos que quizá le dieron forma a alguna necedad olvidada. El pasado. Ese pasado negro que a veces visita en el Bronx, donde tiene tantos amigos. Pero no acaba de pronunciar la palabra cuando empieza a corregir: yo ando solo, tu mejor amigo te miente.
¿Peligroso yo? ¡Qué va!
Si yo no mato ni una mosca.
Este palo es para tenerme, porque a veces me dan mareos.
40.000 pesos. Eso es lo que espera de una jornada en el cruce de la carrera 11 con calle 92. Y se puede dar el lujo de descansar al día siguiente, y de dejar descansar a sus clientes. Para no aburrirlos, piensa Carlos. Si está de buenas, 50.000. Y si es un día extraordinario, algo más. Una vez le dieron 300.000 pesos, poco antes de Navidad: llevaba mucho tiempo sin saber lo que era una muda de ropa nueva. Casi todo lo que tiene, casi todo lo que usa, es de segunda, como los pantalones de pana varias tallas más grandes que se pone cuando va a bailar al Bronx. O como esa chaqueta Ralph Lauren que alguna vez fue verde y que el tiempo, el sol y el humo han ido oscureciendo. Otra vez le dieron dos millones de pesos. Pregúntenles a los colegas del semáforo para que vean que es cierto. Dos millones que casi le cuestan la vida. En la L se enteraron, lo rodearon y le quitaron millón y medio. En todo caso, con el medio millón que le quedó hizo maravillas. Cuando tiene unos pesos de más procura comprarle un mercadito a la mamá de su hija, a esa mujer con la que convivió un tiempo, hasta que el accidente lo sacó de circulación. Su hija se llama Olga Lucía y, aunque a Carlos Enrique le da pena que lo vea así, de vez en cuando se arregla y va a buscarla a Suba, donde vive, y le entrega a la mamá una platica para que le compre algo. Si está de buenas, de pronto lo dejan pasar esa noche allá, le lavan la ropa y le dan un poco de ese cariño que la vida tanto le ha negado. Si está de buenas. Por eso, para atraer la bondad y alejar los problemas, lo primero que hace cada mañana es leer alguno de los salmos que aparecen en su libro de oraciones. Su favorito es el 140: Líbrame, Señor, de la gente malvada. Protégeme de los hombres violentos, de los que solo piensan en hacer el mal… escucha, Señor, el clamor de mi súplica… Yo sé que el Señor hace justicia a los humildes y defiende los derechos de los pobres. Amén.

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