“Usted parece que hubiera nacido en un país de ciegos y de sordos”, me dijo Harrison Quintero, directo, en una de nuestras últimas conversaciones. Y tenía razón.
Eran las 9:00 a.m. de un jueves y estábamos parados al lado del semáforo de la 92 con 11 en Bogotá, el lugar donde Harrison vende bolsas de basura desde hace cuatro años. Él estaba con una camiseta blanca y unos jeans más negros que el color de su piel. No traía aretes ni cachucha, por lo que resaltaban sus cejas delineadas y la nariz ancha, pero respingada. El sol matutino hacía notorias las pequeñas cicatrices de sus cachetes que, según él, tienen dos causas: las mujeres —“usted sabe que por cualquier cosita lo arañan a uno”— y el trabajo que tuvo a los 14 años como raspachín en cultivos de coca —“como mantenía por esos montes, esas hojas son como cuchillas”.
Después de más de un mes de hacerle visita en el semáforo, de conocer su casa, la de su novia, a su hija, a dos de sus hermanos y a algunos de sus amigos, me atreví a preguntarle por qué aparecía con una pistola nueve milímetros en una de sus fotos de Facebook.
—Yo iba a quitar esa foto, hombe, sabía que usted la iba a ver y no quiero que piense mal. Mire, eso no es mío, es de un amigo, ¿ya?, pero es normal, la gente anda armada… hasta mi mamá vio esa foto y no me dijo nada.
—¿Y armada para que?, yo no conozco a nadie que ande armado…
—Usted… usted se ve que no tuvo problemas al crecer, que no ha visto lo mismo que yo. En Buenaventura, la gente anda armada para protegerse y como uno crece viendo eso, a uno le parece normal, ¿ya? Yo he oído muchas balaceras, he visto gente muerta… ¿no que usted tiene 27 años? Yo tengo 19 y, mire, sé más… ve, usted parece que hubiera nacido en un país de ciegos y de sordos.
Y sí. Después de Sudán, Colombia es el país con más desplazados internos en el mundo, pero eso no lo vemos. Solo de Buenaventura, la ciudad natal de Harrison, más de 22.000 personas han huido de la guerra, pero eso no lo vemos. A la Unidad de Atención a la Población Desplazada de la localidad donde vive Harrison llegan diariamente entre 200 y 300 individuos de todo el país, pero eso tampoco lo vemos. Lo que vemos, si es que volteamos la cabeza, es a un joven incomodándonos al lado de la ventana del carro con unas bolsas de basura. Y como el vidrio está cerrado, no oímos lo que dice. Si eso es vivir en un país de ciegos y de sordos, él tiene razón. 

***

Cuando me acerqué por primera vez al semáforo para decirle que quería escribir su historia, Harrison se negó. Dijo que no le interesaba que se supiera de su vida, que no le gustaban las fotos —“ni siquiera tengo Facebook”—, que solo iba al semáforo sábados y domingos, porque entre semana trabajaba en una carpintería, y que si quería contar una historia de miseria, ese no era su caso, pues él vivía bien en el barrio El Tunal. Lo mismo dijeron otros tres jóvenes que, como Harrison, vienen de Buenaventura y venden bolsas de basura en ese semáforo.
Bajo la luz roja de esa señal trabajan a diario al menos seis personas. La nómina, como en casi todas las intersecciones de Bogotá, es bastante variada: el dueño del semáforo, como lo llaman algunos, es Carlos, un mendigo que tiene una deformidad en la cabeza y vive de la compasión que eso genera; Luis, el más antiguo, es un señor canoso que lleva unos 40 años en la misma esquina y vende leña, flores y periódico; su tocayo, un tanto más joven, tiene un puesto ambulante de galguerías; Harrison, Herney, Raffy y Norman venden bolsas, y a veces va una viejita que está perdiendo la memoria y que hace poco se llevó una chaqueta nueva de Harrison. Él se compadece de ella, por eso no le dijo nada.
Aunque ninguno de los jóvenes quiso contarme su historia, les dejé mi tarjeta, por si acaso. Nadie llamó, pero después de varios días de insistencia, Herney Perea, el más joven, me dijo que podía ir a verlo jugar fútbol a su barrio. Quedamos en encontrarnos el domingo en una estación de TransMilenio en el norte y, en todo caso, me dio indicaciones: “Usted toma la ruta H-13 hasta la estación 40 sur, se sube a un alimentador y después ve una cancha y una iglesia. Barrio San Jorge, no es sino que pregunte”.
Eran las 3:30 p.m. del domingo. Después de esperar a Herney media hora, se hizo evidente que no llegaría. Pero, con sus indicaciones, decidí irme a buscarlo. Lo que no me esperaba era que, en vez de conseguirlo a él, iba a encontrarme con Harrison Quintero.
El barrio San Jorge está ubicado en la localidad Rafael Uribe Uribe, en el suroriente de Bogotá. Es una de las localidades con mayor densidad de población, pues viven 302 personas por hectárea, aunque el promedio de la ciudad es de 211, según la Secretaría Distrital de Planeación.
Los barrios que hacen parte del Rafael Uribe Uribe reciben a diario personas que huyen de la violencia del campo para refugiarse en la ciudad, por lo que es probable que buena parte de los 360.468 desplazados que hay en Bogotá residan en esta localidad.
Cuando uno abandona la autopista sur para adentrarse en el barrio San Jorge, las calles se vuelven estrechas. Se ven casas de ladrillo, de máximo cuatro pisos, apeñuscadas las unas contra las otras. Algunas tienen negocios en el primer piso y de ahí para arriba son viviendas. Huele a pollo asado, hay gente tomando cerveza en las tiendas y niños jugando en las calles. Pregunté aquí y allá, y llegué al campo de fútbol, que era más bien un polideportivo de asfalto con canchas de micro, básquet y unas graderías.
Después de darle dos vueltas al lugar sin encontrar a Herney, sentí que me miraban con sospecha: una blanca, de pelo y ojos claros seguramente no es el pan de cada día en una plaza llena de hombres negros y acuerpados. Consciente de eso, decidí meterme en un CAI, donde encontré a nueve policías ojerosos: “Ahí donde nos ve llevamos 36 horas sin dormir. Anoche hubo un asesinato y hasta ahora estamos terminando de legalizar la captura… ¿usted lleva una cámara ahí? Ni se le ocurra sacarla, la matan por robársela”.
Según ellos, en este barrio viven muchos reinsertados. Dicen que no hay pandillas pero que los jóvenes fuman marihuana y arman peleas. Aunque los nueve cargan pistola, casi nunca la sacan porque se las roban. “En una pelea de esas me la meto debajo de la chaqueta y me defiendo con el bastón de mando, con el casco, con lo que encuentre… termina uno tirando piedra igual que los gamines”.
Mientras conversábamos, a uno de ellos le sonó el radioteléfono y todos salieron corriendo. Hora de irse también. Cuando estaba en el carro, a punto de abandonar la cuadra, vi a Harrison en una esquina. Tenía una camisa de cuadros morada con blanco, pantalones y zapatos del mismo color, aretes brillantes, anillo y un reloj de correa gruesa. Estaba recostado en la pared con una pierna doblada contra el muro. Al verme, chifló como una señal para llamar a sus amigos.
De las graderías de la cancha se pararon unos cinco afrodescendientes más, todos vestidos como Harrison, que se nos acercaron y rodearon el carro. Reconocí a algunos de los que trabajan en el semáforo y ellos me saludaron por mi nombre (claro, les había dado mi tarjeta). Me preguntaron qué hacía ahí y recalcaron que no querían contarme sobre su vida ni salir en un “libro”, así que, consciente de que no estaba jugando de local y con el sol ya ocultándose, me fui.

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Aunque mi intento por convencerlo había fracasado, quedé intrigada con Harrison. Quería entender por qué su doble vida: parecía desplazado en la 92 y después pandillero de barrio, me había dicho que vivía en El Tunal y lo encontré en el San Jorge. Así que, como un intento desesperado por saber más, y aunque me había advertido que no tenía Facebook, puse su nombre en el buscador.
Lo que apareció me dio escalofrío: una foto de él, acostado boca arriba con los ojos cerrados y una pistola sobre su pecho; 1191 amigos y 454 fotos de las cuales la mitad son de Lil Wayne, un cantante de rap gringo. En contraste, aparecen fotos de su bebé recién nacida, quien heredó la nariz ancha y respingada de su papá, y que unas semanas después tendría entre mis brazos.

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A la semana siguiente de mi visita al barrio San Jorge, volví al semáforo. Aunque no le dije a Harrison lo que había encontrado en internet, hablamos por horas bajo la sombra del árbol donde suele sentarse a descansar. Finalmente, al cabo de unos días, recibí una llamada a mi celular. Era él: “Está bien, la llevo a mi casa”.
Al otro día estaba allá. Me explicó que se había ido de El Tunal porque estaba cansado de vivir con su suegra, un cuñado con el que no se la lleva y un primo de su novia. Además, porque la carpintería le quedaba lejos y porque Esteban, uno de sus diez hermanos, llegó hace poco a Bogotá y aprovecharon para alquilar una pieza.
Esteban Quintero tiene 20 años y salió de Buenaventura huyendo de los enfrentamientos entre Los Urabeños y La Empresa, dos bandas criminales que se disputan los corredores de droga y el negocio de la extorsión en el Pacífico. Tal es el problema que, de acuerdo con la Defensoría del Pueblo, solo en octubre hubo un desplazamiento masivo de unas 2000 personas.
“Los Urabeños querían que yo me metiera en ese cuento, que me pagaban un millón. Pero la verdad, yo no estoy para matar a nadie”, dice mientras con una mano se acomoda lo suyo entre la pantaloneta militar y con la otra recibe un café que le ofrece su hermano.
La pieza queda en el primer piso de una casa de cuatro, en una calle empinada, cerrada por reparaciones. La habitación, de unos 13 metros cuadrados, les cuesta 175.000 pesos mensuales y está ocupada, en buena parte, por una cama doble en la que duermen los dos. El baño y la cocina deben compartirlos con el resto de los inquilinos. Tienen un televisor y un buen equipo de sonido, con parlantes suficientes para que toda la casa retumbe al ritmo de su salsa.
En sus ratos libres, que son muchos, compran ropa, rumbean en la Primero de Mayo si hay plata o se quedan en la cancha.
—¿Y qué hacen allá, Harrison?
—Jugar, pero se está dañando porque fuman mucho.
—¿Y usted fuma?
—¿Fumo qué?
—No sé, ¿marihuana?
—No, mi amor, respéteme, ahí sí me ofendió. Yo fumé cigarrillo pero ya no, a mí no me gusta, en mi familia ninguno mete vicio, ¿si me entiende? Acá es que yo vine a tener amigos que fumaban, pero ni en Buenaventura, ni en Cali… Póngale cuidado que hay gente que trabaja con su mercancía, y ni ellos mismos se traban con eso.
Entonces me cuenta que cuando tenía 14 años y la pesca estaba escasa, trabajaba raspando hoja de coca; que le pagaban 6000 pesos por arroba y que en un día sacaba unas 40; que los “patrones” también le daban buenas recompensas por llevarle una plata a tal persona o un paquete a tal otra; que después se fue a vivir a Cali a la casa de un hombre con mucho billete: carros, casas y una mujer operada de pies a cabeza que después lo mandó matar; que si no lo hubieran matado, él no estaría acá y que, en todo caso, no se devuelve para el Pacífico porque, aunque sabe que allá puede conseguir plata fácil, es muy riesgoso y él tiene una hija que quiere ver crecer.

***

Hanna Luciana Quintero nació el 26 de septiembre de 2012, huele a colonia de bebé y casi no llora, ni siquiera cuando le pusieron aretes. Aunque apenas tiene 2 meses, ya no toma leche materna, pues su mamá trabaja fuera hasta las 8:00 p.m.
Heidy, 18 años, novia de Harrison y mamá de Hanna, vive en El Tunal, en un edificio que hace parte de un complejo donde residen unas 100 familias.
Era miércoles y Harrison no había ido a trabajar por quedarse cuidando a su hija. Apenas entré al apartamento, sacó a la pequeña de una silla en la que, a pesar del rap que sonaba, dormía plácida. Le dio un beso en la frente y me la entregó: “Yo siempre había querido tener hijos pronto, para que cuando tenga 30, estén grandes”.
Cuando Harrison tenga 30 años, Hanna tendrá 11. A esa edad, su papá ya se valía por sí solo, ya había visto muertos y asesinos y estaba pronto a salir de su casa. Y llegó a la mayoría de edad conociendo tantas cosas que sus amigos lo bautizaron ‘el Viejo’.

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El dueño de la carpintería le dijo a Harrison que ya no lo necesitaba, por eso ahora se la pasa en el semáforo. Si se levanta con ganas de trabajar, lleva 30 paquetes de bolsas que vende a 1000 pesos cada uno, pero si la pereza es su desayuno, entonces solo lleva 16. A veces le va bien, pero hay días, como hoy, en que no vende nada.
Aunque considera que Bogotá es difícil, le gusta porque puede moverse libremente, cosa que no puede hacer en Buenaventura.
—Ahorita pusieron una ley allá —refiriéndose a las bandas criminales— que la gente no puede andar con tenis blancos ni camisa negra, ni camisa blanca, ni en mochos (pantaloneta).
—¿Entonces cómo pretenden que se vista la gente?
—Pues no sé cómo quieren los hijueputas que uno ande. Tengo ganas de ir a pasar el 31, pero con tanta ropa blanca que tengo.
—¿Y cómo anuncian esas “leyes”?
—Mami, yo no sé, eso tiran unos volantes o ponen unas carteleras en cualquier lado, ¿ya?
El semáforo cambia a rojo y Harrison se para a trabajar. Extiende frente a los carros su cartel, algo desactualizado, que dice “Somos una familia economicamente en crisis i no tenemos los inplementos necesarios i pues igual tengo 16 años i no tengo cedula muxas gracias yo mui bien ce q ustedes no tienen la culpa que tengan una feliz tarde” (sic).
La gente sube la ventana y se hace la que no lo ve. Y Harrison, resignado, tampoco hace el intento por decirles algo, pues bien sabe que, además de ciegos, están sordos.

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