Cuando viajó por primera vez a París, Amancio Ortega, el futuro dueño de Zara, no fue a visitar la Torre Eiffel. Se comió un sánduche en un puesto callejero y paseó durante horas para ver caminar a los parisinos. Desde los ojos de un veinteañero pueblerino que nunca había salido de España, le parecían tan elegantes y sofisticados que convertían la calle en un desfile al que él asistía absorto. Abrigos de corte recto, botas altas, vestidos de formas geométricas, overoles inspirados en los viajes espaciales, las primeras minifaldas. (El playboy más famoso de la historia)

Amancio Ortega acababa de fundar una empresa familiar para vestir a las amas de casa de los tiempos del dictador Francisco Franco: mujeres que salían de compras en batas de dormir con un corte y confección parecidos a los de un saco de cemento. Había tomado un tren hasta la capital de Francia para asistir durante cuatro días a una convención de lencería, pero 48 horas después regresó a La Coruña, una ciudad costera de 250.000 habitantes en el noroeste de España, porque extrañaba su fábrica. Javier Cañás Caramelo, el empresario que lo acompañó en ese viaje, recuerda a su amigo metido en un taller de unos 100 metros cuadrados y no más máquinas de coser que las que se pueden contar con los dedos de una mano.

Desde los años sesenta, Amancio Ortega apostó por la necesidad de vestirnos con estilo sin gastar mucho dinero. Viajar por primera vez a París fue confirmar su idea. En los noventa, ya convertido en un cincuentón millonario, Ortega regresó a esa ciudad. Había inaugurado su primera tienda en la capital mundial de la moda, cerca de la Plaza de la Ópera, y cuando intentó entrar en su establecimiento, un gran número de clientes que hacían cola le impidió cruzar la puerta. Querían comprar la ropa que les vendía un español, más bien bajito y calvo, que vestía una camisa simple sobre una barriga generosa.

El dueño de Zara ha dicho que cuando vio a toda esa gente de París buscando su ropa, hecha en La Coruña, se puso a llorar. Al entrar en una de las tiendas de Zara, con su lujo fingido a precios asequibles, se difumina la distancia entre las fantasías de los diseñadores y nosotros. “Lo nuestro es el público real, no los sueños”, ha dicho Ortega, quien casi nunca viste su propia marca: la ropa que vende en todo el mundo no le sienta bien al cuerpo de alguien que acaba de cumplir 80 años. Pero incluso si uno es un hombre sin gusto o indiferente a la moda, saldría de la tienda con buena apariencia. La democratización de la elegancia supone que todos nos sintamos más elegantes sin que seamos expertos en moda. “Antes comprabas en Zara porque no tenías dinero para comprar otras marcas —dice un viejo amigo de la familia Ortega—.

Ahora compras en Zara porque de otro modo parecerías un derrochador”. Zara ha ido más allá de sacar a la clase media de los hipermercados para que compren su ropa en boutiques de precios a su alcance: nos quiere convencer de que la elegancia no debería ser un lujo.

La explicación más frecuente sobre el origen del nombre “Zara” es que Amancio Ortega fue a un cine de La Coruña y se quedó prendado del personaje de Anthony Quinn en la película Zorba, el griego. Aquel campesino que mantenía una actitud vital en medio de la miseria y la crueldad en su isla le pareció un espejo de sí mismo. Como Zorba ya estaba registrado, empezó a jugar con sus letras. Sin poder usar su nombre, pero con la misma de-terminación que el personaje de Anthony Quinn, Ortega creó una empresa desde un pequeño rincón del mundo hasta colonizar el mercado internacional. “No soy un gran cliente de Zara —dice Carlos Primo, coautor del libro Prodigiosos mirmidones: antología y apología del dandismo—, pero es difícil decir que no te gusta. Lo tiene todo”. La estrategia de Inditex, el grupo empresarial de Ortega que aglutina a Zara y a otras siete cadenas de ropa y accesorios, es olvidar al individuo para seducir a una masa distinguida y ávida de una elegancia sin derroches.

Diseña un mismo modelo para cerca de 100 países. Aunque sus prendas no estén he-chas a la medida, cada mañana, cuando uno decide cómo va a vestirse, Zara apunta a crearnos la ilusión de que con ellas nos vemos bien. “Voy a fabricar lo que van a querer los clientes”, ha dicho Ortega. No ha descubierto cómo nos queremos ver en el espejo de un probador, sino cómo nos podemos gustar con lo que vemos. (Tras los pasos de Milan Kundera en París)

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Hace unos años, Amancio Ortega caminaba por el almacén central de Zara, en Arteixo, un pueblo de Galicia a media hora de La Coruña, cuando regañó a un trabajador que descansaba junto a unos camiones que transportan la ropa. “Si tiene algún problema, hable con mi jefe”, le respondió el empleado. Cinco minutos después se presentó el jefe. Y el jefe del jefe. Y el jefe del jefe del jefe.

El empleado se puso pálido: no se había dado cuenta de que el señor al que había desairado era el patrón de Zara. Hoy, según la revista Forbes, Amancio Ortega es el segundo hombre más rico del mundo, solo por detrás de Bill Gates, con una fortuna que supera los 70.000 millones de dólares. Una consecuencia posible después de ese desaire del trabajador de Zara sería un despido fulminante, al estilo de la leyenda de que cuando Steve Jobs estaba de mal humor podía echar a la calle a un empleado si se lo cruzaba en un ascensor. El empleado de Zara conservó su trabajo. Esta escena se cuenta entre los nuevos empleados de Zara desde hace años como una historia de iniciación para perfilar a un hombre de apariencia invisible que controla cada detalle de su trabajo.

Una mañana de agosto, el mes en que todos los españoles se mudan a la playa, un auditor de KPMG, la empresa que durante años revisó las cuentas de Zara, visitó el almacén de Arteixo y vio a Amancio Ortega do-blando camisas. Hacía años que, de tanto en tanto, el millonario cargaba camiones y se sentaba en un pupitre para asistir a los cursos de formación de sus empleados. En otra ocasión, un trabajador del departamento de auditoría interna lo recuerda midiendo en pasos la longitud de un cuarto, caminando con las manos cruzadas detrás de la espalda, como si fuera un viejo carpintero preparándose para construir un mueble.

Era habitual ver a Amancio Ortega paseando por todo el almacén con una libreta en la mano en la que anotaba las necesidades de cada departamento de su tienda. Aunque oficialmente ya no es el presidente de Inditex, es un hombre mayor que regresa a trabajar todos los días a su cuartel general. El señor que cada año lanza al mercado unos 1000 millones de prendas para vestir a hombres y mujeres de cuatro continentes llegó casi a la edad de jubilarse sin que se hubiera publicado más de una foto de él. Es una imagen de joven, tamaño carné, que tampoco sirvió para acabar con su anonimato. El trabajador que confundió a su jefe con un don nadie no tuvo cómo saberlo: a fines de los noventa, Amancio Ortega era una figura tan misteriosa que el periódico portugués Diário de Notícias publicó un artículo en el que dudaba de su existencia. (La vida y el fútbol según Pablo Repetto (el técnico de Independiente del Valle))

 Otro rumor era que su fortuna procedía del tráfico de drogas, una explicación fácil para justificar que alguien se hubiera hecho rico en Galicia, la punta noroeste de España. En una región siempre pobre, de agricultores y pescadores, a finales de los ochenta y principios de los noventa, se solía atribuir la bonanza al mar: o conservas de pescado y marisco o fardos de cocaína de los carteles colombianos. Incluso su lugar de nacimiento era un enigma: se decía que había nacido en La Coruña, donde vivió desde niño, o en un municipio de Valladolid, de donde era su madre. Amancio Ortega nació en Busdongo, un pueblo de pocos habitantes conocido únicamente por su estación de tren. Allí habían trasladado a su padre, un empleado ferroviario, el mismo año en que estalló la Guerra Civil española. Una de las costumbres de Amancio Ortega era pasear por la plaza del ayuntamiento de La Coruña o por su paseo marítimo, los dos puntos neurálgicos de esta ciudad, sin guardaespaldas, sin miradas indiscretas, sin paparazzis ansiosos de poner cara al señor que ordenaba coser los hilos de sus pantalones desde la sombra.

Una anécdota que circula entre los coruñeses es que un día un hombre presumía en una cafetería la gran amistad que le unía al fundador de Zara sin saber que se lo estaba contando a Amancio Ortega. Su primer retrato posando se difundió en el informe anual de 1999 de la empresa Inditex. La compañía estaba preparando su salida a la bolsa de valores, una decisión con la que en principio Amancio Ortega estuvo en desacuerdo. Los futuros inversionistas necesitaban un rostro visible en quien confiar. Un exejecutivo de JP Morgan de la época en la que esta firma trataba de convencerlo para que Inditex saliera a bolsa recuerda que no aceptó acompañar a los negociadores a ver las carreras de Fórmula 1, pero accedió a ir con ellos de cacería a países de Europa del Este. Las cacerías hacían posible estar tiempo con él y, a diferencia del escenario de las carreras, desaparecer los testimonios gráficos. Inditex salió a la bolsa en 2001. Amancio Ortega tampoco fue a la ceremonia.

El anonimato se acabó casi al mismo tiempo en que saltó de ser un millonario más a uno de esos archimillonarios que equiparan sus fortunas con el PIB de algunos países. Hoy, los 15 españoles que le siguen en la lista de los más pudientes deberían juntar sus posesiones para alcanzar su poderío económico. (Jeff Bezos, el genio detrás de Amazon)

A sus dividendos como Patrón de la Moda, Ortega ha suma-do negocios inmobiliarios con propiedades en las calles más exclusivas de Londres, París, Barcelona o Nueva York. Vio cómo su fortuna ascendía a medida que su compañía —de la que posee actualmente el 59 %— se convertía en un concepto mundial de elegancia para la clase media. Solo una quinta parte de las ventas de Inditex proviene de España. El resto de Europa, Asia y América, en ese orden, son su mercado global. En algún lugar del mundo, siempre hay alguien comprando en una tienda de Amancio Ortega. El dueño de Zara pasa la mayor par-te del tiempo en Galicia. Vive muy cerca del ayuntamiento de La Coruña, en un edificio remodelado.

Tiene una fachada inferior de piedra en cuya parte superior hay una galería de gran-des ventanales con vistas a la dársena del puerto. Por las mañanas se dirige a La Fábrica, como llama su familia al almacén central de la empresa, en el asiento del copiloto de un Mercedes, siempre acompañado de varios guardaespaldas.

El sobrenombre familiar de La Fábrica recuerda la creación modesta de la empresa. Amancio Ortega se ha casado dos veces. La primera, con Rosa-lía Mera, a la que conoció cuando era una adolescente que trabajaba como dependienta en una tienda de ropa de La Coruña, y con quien tuvo dos hijos: Sandra, que se dedica a la Fundación Paideia para colectivos desfavorecidos, que creó su madre; y Marcos, quien nació con una parálisis cerebral severa. Cuando ya era millonario, se casó por segunda vez con Flora Pérez, “Flori”, que trabajaba en la primera tienda de Zara que abrió en Vigo, una ciudad en el sur de Galicia. Marta Ortega es hija de ese segundo matrimonio.

Si Amancio Ortega es un obseso con su intimidad, todavía lo es más con la de los suyos. En agosto de 2013, su sobrina favorita, María Dolores Ortega, “Loli”, estaba en un yate con su marido y unos amigos cuando Amancio Ortega la llamó desde el extranjero para avisarle que Rosalía Mera, su exesposa, había sufrido un derrame cerebral en Menorca. Uno de los presentes en el yate recuerda que el mensaje fue inequívoco: “Las vacaciones se acabaron para todo el mundo”. Rosalía Mera, la mujer más rica de España, fue trasladada a un hospital privado y murió al día siguiente. Desde su divorcio, Amancio Ortega no tenía relación con su exmujer, pero actuó como el jefe de la familia para mantener su privacidad. En el entierro, cuando era inevitable la exposición pública, Amancio Ortega volvió a colocarse en la segunda fila.

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Ahora, Amancio Ortega ya no se ocupa en persona de los detalles nimios como en los primeros tiempos de Zara, cuando acudía en las Navidades a felicitar a sus empleados y les regalaba un vale para que gas-taran en la tienda. Aunque, según una de las empleadas más veteranas de la empresa, él todavía tiene la última palabra. Los más antiguos trabajadores de Amancio Ortega tienen una idea familiar de él, pero también, con el tiempo, de lejanía.

“Hay gente que lo ve como una especie de padre”, dice una miembro de UGT, uno de los dos principales sindicatos de España, que lleva 23 años en las tiendas. La devoción crece entre las empleadas que iniciaron su carrera en la primera tienda de Zara, en 1975, a las que Ortega llama “churriñas”, una expresión cariñosa típica entre gallegos. Dos de ellas recuerdan a un joven Ortega barriendo las tiendas después del cierre. Aunque trabajaban doce horas diarias, le agradecen que, siendo unas chicas sin estudios, les diera trabajo remunera-do para toda la vida. Pero no es tan simple repetir años de la misma rutina.

Una de las trabajadoras se acaba de operar el codo por una dolencia producto de cargar ropa desde que era una adolescente. Su compa-ñera sufre de molestias en la espalda que a veces la obligan a dejar de trabajar. “Al final del camino —dice una de ellas—, nos hemos convertido en números”. Amancio Ortega emplea a 140.000 trabajadores en todo el mundo y a unos 3500 solo en el almacén central de la empresa en La Coruña, con unos sueldos sin competencia en una provincia donde han cerrado sus principales industrias. Para muchos coruñeses trabajar en Inditex, más que una salida laboral, se ha convertido en una aspiración social. Zara se debate entre conservar los buenos modales de la empresa familiar de sus orígenes y la multinacional en la que se ha convertido, con todos los tics de las gran-des empresas, entre ellos la dudosa estela moral que su meteórico ascenso ha dejado: en varios países del mundo, a Zara se le acusa de tener empleados trabajando en condiciones miserables.

 

Amancio Ortega vive caminando sobre una cuerda floja: en un extremo descansa su reputación de discreto; en el otro, las acusaciones de ser un esclavizador de quienes trabajan en sus talleres de confección. Las denuncias sobre trabajo esclavo contra su firma se multiplican a medida que crece su fortuna. Una auditora del Ministerio de Trabajo de Brasil, donde se acusa a Zara de tener unos 33 talleres clandestinos, dijo: “Si nosotros podemos rastrear la cadena de producción, Inditex también puede hacerlo.

Y si Inditex controla la calidad de sus productos, ¿por qué no hace lo mismo con la mano de obra?”. Lo mismo denunciaba un informe de dos ONG españolas para una campaña llamada Ropa Limpia: por 200 dólares mensuales, las trabajado-ras de Inditex de Tánger, Marruecos, estaban detrás de máquinas de coser hasta 75 horas a la semana. Inditex tiene un código de responsabilidad social, que en teoría garantiza los derechos de cualquier trabajador de la empresa en cualquier país, pero su respuesta oficial ha sido culpar a sus proveedores, que son quienes contratan los talleres clandestinos. Una empresa donde se controla al milímetro la importancia de un cajón se excusa de no tener la capacidad de controlar la dignidad de decenas de personas. En Buenos Aires, Argentina, dos trabajadores bolivianos llegaron un día a denunciar sus condiciones inhumanas al escritorio de La Alameda, una organización contra el trabajo esclavo. La ONG Alameda demandó a Zara, pero la denuncia no prosperó. (El ladrón de millas)

“Nosotros ponemos un abogado y ellos, 15”, dijo un colaborador de la organización. Una de las explicaciones es que el negocio de Zara ha crecido más que la capacidad de sus proveedores para producir ropa, y que estos se ven obligados a subcontratar talleres ilegales. Hay quien dice que el hombre que lo controlaba todo ya no tiene capacidad para hacerlo y que la nueva generación, encabezada por Pablo Isla —el abogado que Amancio Ortega eligió para presidir Inditex—, no tiene el toque humano de Ortega. La falta de humanidad, de todos modos, no resiente el negocio. Delante del espejo nos preguntamos si una prenda nos sienta bien y si podemos pagarla, no cuál es su historia. La estética nos importa más que la ética. El Patrón de la Moda, mientras tanto, practica el mismo método en sus triunfos y en sus miserias: la invisibilidad.

Acusar a Zara de falta de creatividad ha sido una constante en su ascenso a la cima. Falta de creatividad es a veces un eufemismo para copia, plagio, imitación, usurpación, robo. La empresa nunca ha perdido en los tribunales, pero las denuncias por plagio se han sucedido.

El caso más comentado en los últimos años fue el de la apropiación de imágenes de Louise Ebel, Betty Autier y Michèle Krüsi, blogueras de moda que se autorretratan con looks que después marcan tendencias. Stradivarius, una de las cadenas de Inditex para el público más joven, puso a la venta unas camisetas con dibujos calcados de algunas de esas fotografías. La copia era innegable y, después de las quejas públicas de las diseñadoras, Inditex retiró las prendas del mercado. La calle e internet se han con-vertido en una enorme pasarela para robar ideas. En esa búsqueda, Zara es el explorador más veloz.

Una prenda de Zara tarda un promedio de tres semanas en pasar del dibujo al escaparate. Cada dos semanas se introducen novedades en las tiendas, y en 2013 se incorporaron chips a la ropa para saber qué tallas y modelos hay que reponer de inmediato. Un coolhunter o cazador de tendencias de Zara puede captar un vestuario en una boutique de la exclusiva avenida Montaigne de París o en las galerías Vittorio Emanuele de Milán, y en menos de un mes podríamos estar en la caja pagando un modelo similar. Quienes comandan el ejército de Zara poseen un gran instinto comercial. En septiembre de 2001, durante los días posteriores a que Al Qaeda estrellara dos aviones contra las torres del World Trade Center, se derribaron también las ideas primaverales de los diseñadores de Nueva York.

Las marcas de ropa continuaban mostrando alegría en una ciudad devastada, excepto Zara, que ya vendía prendas oscuras para guardar el debido luto. Mientras el mundo miraba aterrorizado las imágenes televisadas de las dos torres derrumbándose, en solo unas horas, desde la central de Arteixo, se decidió que la ropa estampa-da se guardaría en el almacén y otra colección más sobria sería la que luciría en los escaparates. El mundo se tambaleaba, y Amancio Ortega seguía facturando.

 

El diseño es una de las grandes pasiones de Ortega, pero su gran obsesión siguen siendo sus tiendas. En el cuartel general de Inditex se montan prototipos de las boutiques que siempre cuentan con su autorización. Si Ortega piensa que un cajón debe medir 20 centímetros en vez de 10, ordena de inmediato que se cambie.

El Patrón de la Moda se ha colado en nuestros armarios no porque sea un artista, sino por ser un excelente tendero. Su primer trabajo fue de chico de los recados en Gala, una camisería de La Coruña. Tenía 12 años cuando dejó los estudios de secundaria. Ortega recuerda que un día fue con su madre a comprar comida y que escuchó al tendero decirle que no podía fiarle más dinero. “Aquello me dejó destrozado”, le dijo a Covadonga O’Shea en el libro Así es Amancio Ortega, la única publicación sobre su vida que ha autorizado. Sin estudios y sin experiencia, por su obsesión al trabajo, el chico que repartía camisas en bicicleta se ganó el favor de sus jefes. Pronto se cambió a otra tienda y ascendió hasta convertirse en encargado del local. Su hermano y él pidieron un crédito, y junto a su cuñada, Primitiva Renedo, y la que se convertiría en su primera mujer, Rosalía Mera, crearon la empresa GOA: las iniciales invertidas de Amancio y Antonio Ortega Gaona. Zara lo esperaba a la vuelta de la esquina.

El reino de Ortega se gestó en el bar Sarrión de La Coruña. Allí, los pioneros de la moda gallega se re-unían para beber vino y hablar. En esas conversaciones apareció GOA y su primer éxito: una bata de dormir. “Es como si a un bistec le pones dos hojas solo para decorar. Las hojas te han costado 10 céntimos, pero el bistec ya es otra cosa”, dijo Javier Cañás Caramelo, hijo de los dueños de ese bar, gerente comercial de la primera época de GOA y amigo del dueño de Zara. La bata de dormir era más cara que esos “sacos de patatas” que evoca Caramelo, pero más barata que las de las exclusivas tiendas de moda de la ciudad. En resumen: precios asequibles, velocidad de producción, escaso margen de ganancia por unidad pero abundantes ven-tas. Las virtudes que marcarían el existo de Zara aparecieron temprano en la modesta empresa familiar. (Los ángeles de Lupe Pintor)

Hoy, las universidades más prestigiosas del mundo estudian el modelo de negocio que ideó aquel hombre sin estudios. Los dos términos que siempre aparecen entre los expertos son: integración vertical (la empresa controla todo el proceso, desde la producción hasta la venta) y fast fashion: estructuras ligeras y ágiles, pocas existencias en la tienda y velocidad de reacción para que una prenda esté lista lo antes posible. Inditex comparte este modelo con sus competidores, pero, mientras estos externalizan alguna fase de producción, en Zara todo acaba en el cuartel general de Arteixo.

En tiempos en que nadie puede responder con claridad a la pregunta sobre qué está de moda, Ortega parece saber cómo nos vestiremos y nos desvestiremos. Ha declarado que cuando ha visto en la calle una prenda que le gustaba ha llamado por teléfono y en dos semanas ha tenido un modelo similar en sus cerca de 7000 tiendas de todo el mundo. Lo importante no es marcar tendencias sino reproducirlas lo antes posible.

Una noche en La Coruña, Cañás Caramelo se encontró con Ortega en un semáforo cerca del almacén central de Inditex. El Patrón de la Moda le había pro-metido que comenzaría a irse temprano del trabajo y, como un exadicto al tabaco al que sorprenden fumándose un cigarrillo, sonrió. Le dijo que esa noche era una excepción. Caramelo cree que Amancio sigue siendo el mismo hombre con el que viajó a París. El mismo que allí se asombró con el glamour de sus habitantes para después llorar al verlos comprar la discreta elegancia que les vendía.

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