Así vaya de Queens hacia Armenia, el viaje de esta remesa verdaderamente comienza en un río de la frontera entre México y Estados Unidos. Ahí, donde el paso de ilegales es cosa diaria, está Leonardo Jaramillo. Es 1985, y a sus 14 años este colombiano, cagado del susto, tiene a pesar de todo su meta fija: comenzar una nueva vida en Norteamérica. Leonardo recuerda que después del fin de la relación de sus padres, su papá había decidido volarse hacia el país del norte e incitó a su hijo a que hiciera lo mismo un tiempo después. Según las historias que le contaron de niño, pudo llegar en 1979, en una avioneta que salió de Medellín, pasó por una de las islas de Carlos Lehder para luego aterrizar en La Florida. Fue su padre, cuyo nombre prefiere no mencionar, quien lo puso en contacto con las personas que organizan esos infernales trayectos desde Colombia hasta Texas, para después llegar a lo que parece ser un "felices por siempre". Leonardo lleva una hora sentado a las afueras de Ciudad Juárez, en medio de la nada y chupando arena. A su lado está Antonio Duván, su hermano mayor, oyendo música en un viejo walkman. Andan escondidos detrás de una piedra y esperando señal para correr hacia el siguiente punto de encuentro.

Esta seña, un chiflido usualmente, viene de un mexicano que se dedica a traficar personas en esta frontera, uno de esos que llaman ‘coyotes‘. De cuerpo todavía endeble, para poder cruzar uno de los ríos entre Ciudad Juárez y la frontera con Texas, Leonardo tiene que sentarse en los hombros del coyote, cuyo nombre real nunca conoció pero que les cobró la segunda tajada de los 4.000 dólares que les costó el viaje completo. El proceso que llena a Estados Unidos de inmigrantes ilegales transcurre sin percance alguno para los hermanos Jaramillo. Del miedo que sienten los que entran por el hueco, también llamados ‘mojados‘ entre los hispanoamericanos, le queda a Leonardo una lección: desde ese día se da cuenta de que ayudará a su familia viva donde viva, a la distancia que sea, haga lo que haga. Cree, igual que el resto de mojados, que entrando a este país podrá tener lo que en Armenia no tuvo, y dar lo que en su ciudad natal nunca pudo dar.

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Hoy hace frío en Nueva York. Leonardo tiene 37 años encima. Tiene ciudadanía americana, trabajo estable, camioneta Dodge Dakota 2001 y una bella hija de 15 años, Karina Pollet Jaramillo, que cada 15 días puede visitar pues vive con su ex mujer, una norteamericana de su misma edad, hija de checo y colombiana, que conoció por un amigo que trabajaba para ella en una imprenta de Queens. Sobre su ex, Leo prefiere decir solamente que "quería otras cosas que yo no le podía dar. Quedamos de amigos". Pero este cuyabro no duda en enorgullecerse al contar que las arepas con chorizo y las empanadas que le prepara cada dos semanas son las preferidas de su hija, una estudiante del Ocean Side Highschool, en Long Island.

Leonardo no olvida ni una sola de las promesas que se hizo cuando llegó a Texas ese día en los hombros del coyote mexicano. Trabaja 20 horas diarias en sus obras de construcción, renovando cocinas, instalando paredes, arreglando pisos, construyendo hogares para otros, pero siempre pensando en el suyo. Estas obras son suyas, a nombre personal, porque vienen de contratos que él mismo consigue. Después de haber trabajado como un obrero más, ahora es su propio jefe. Se mueve por todo Nueva York, desde algunos edificios del Upper West Side de Manhattan hasta enormes casonas en la exclusiva zona campestre de los Hamptons. Almuerza en las calles de Queens de vez en cuando, y descansa en la casa que pudo comprar en Bayshore, Long Island, a las afueras de la ciudad. Leonardo consiguió fundar esta empresa de construcción y pañete que bautizó con sus iniciales "LJ Constructions".

Cuando hay buen trabajo gana unos 4.000 dólares al mes, y a las remesas suele dedicarles un 25 o un 30% de estas ganancias, que nunca son constantes. Hay meses en los que no ha tenido un solo trabajo. Leonardo socorre a punta de remesas. Desde sus primeros días en Estados Unidos estudiando en escuelas públicas y ganándose unos pesos reciclando latas vacías, él manda un porcentaje de sus ganancias a su mamá, primos, tíos y hasta desconocidos en toda Armenia. Lo ha hecho por más de 23 años.

Antes enviaba 40 dólares al mes o cada dos semanas, porque eso del reciclaje no dejaba para mucho. Hoy ya puede mandar unos 250 dólares semanales y viajar dos veces al año, sobre todo en época decembrina, como todo un Papá Noel, repleto de regalos.

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Leonardo va al banco y retira su dinero sin problemas. Luego, a la primera casa de remesas que encuentra, no tiene una predilecta, no piensa en cómo es que funciona la cosa. Simplemente va, deja el suelto, pide su recibo y llama a casa. Esta vez entra a una en Queens, en la calle 85 con avenida Roosevelt. Ya ha ido antes, la escoge porque suele almorzar cerca y no hay tanta fila como en otras. El lugar tiene varias cabinas telefónicas para hacer llamadas internacionales, un servicio extra y conveniente. Hay sofás amarillos, techos azules, todo recién pintado. Leonardo hace la fila, no tiene un día exacto a la semana para venir. Hay pocas personas delante de él, suelen ser mujeres cabeza de familia con sus hijos en coches, o inmigrantes de menos recursos que los suyos, con buena parte de su sueldo dispuesto a irse a otros países.

Detrás de los tres vidrios blindados están, claramente protegidas, las dos mujeres que hoy atienden el lugar. Leonardo, con carisma, sonríe mirando a los ojos a una de ellas y solicita el envío de estos dólares a su tía en Armenia. El procedimiento es el siguiente: hay un listado de seis opciones que puede escoger para hacer el envío: dos bancos o cuatro casas de cambio. Cada una de esas opciones tiene dos posibilidades, pagar dos dólares por el envío de la remesa escogiendo una tasa baja de cambio del dólar, o pagar cuatro dólares y obtener más pesos por sus dólares a la hora de hacer el retiro en Colombia. Por ejemplo, según el papel pegado en la ventanilla donde él está parado, si se escoge el envío por Bancolombia, las posibilidades son (hablo de hoy, pues el dólar cambia todos los días): mandar su dinero a 1.766 pesos el dólar o enviarlo a 1.798 pesos. Si escoge la primera debe pagar dos dólares por la transacción, y para la segunda, debe pagar cuatro dólares. Así funcionan esta y el resto de casas de envío de dinero hacia Colombia sobre la Roosevelt. Todas tienen o deben tener en sus aposentos la certificación de funcionamiento que vigila el Departamento de Banca del Estado de Nueva York.

El papel de la ventanilla continúa el listado de posibilidades con Davivienda. Luego las cuatro casas de cambio Pagos Internacionales, Titán, Cambiamos y Macrofinanciera. Cada una de estas tiene sus dos opciones de intercambio de pesos por dólar. Lo mínimo que se puede enviar en las casas de cambio de Jackson Heights son 50.500 pesos por persona, unos 25 dólares. No hay un tope máximo para hacer el envío. Pero las reglas se dificultan cuanto más dinero se quiera enviar.

Hay un afiche a mano izquierda de la fila que dice: "Información para los usuarios", en donde se aclara que si se pretende enviar más de 1.000 dólares en un día, se debe presentar un documento legal: un pasaporte vigente, licencia de conducir expedida por un estado del país, tarjeta de identificación expedida por Estados Unidos, tarjeta de residente extranjero, un permiso de empleo expedido o un certificado de naturalización. Si se quiere enviar más de 3.000 dólares, se necesita uno de los anteriores y además el número de seguro social, o el número de residencia. De no tener estos números, se deben presentar dos formas "aceptables" de identificación extranjeras, que pueden ser una cédula vigente o una matrícula consular.

Esto demuestra que un inmigrante ilegal puede, en efecto, enviar remesas con tal de tener su cédula o una tarjeta consular que le sirvan. No es el caso suyo, ya que es legal en este país desde 1990, después de regresar a Colombia y pasar cinco meses de castigo por haber entrado ilegalmente a territorio norteamericano. En ese entonces, las leyes migratorias eran más benévolas de lo que son hoy, en un mundo post 9/11.

Ayudas como las de Leo son cada vez más escasas. No las remesas que entran a Colombia, pero sí las ayudas económicas que salen desde Estados Unidos para el mundo. Un estudio del Banco Interamericano de Desarrollo revelado en abril dice que solían ser 12,6 millones de hispanos que enviaban remesas a sus países en el 2006 y que ahora son unos 9,4 millones los que pueden hacerlo.

Leonardo envía 250 dólares. El recibo que tiene en su mano por esta transacción es blanco, tiene una clave —también llamada número de pin— de dos letras y nueve números. El recibo incluye la información de esta casa de cambios en específico, la cifra y el cambio al que serán recibidos en Colombia, el nombre de la mujer que lo atendió y, al final, un "aviso importante con respecto a las operaciones de cambio de moneda". Leonardo, que no tiene interés alguno en este tipo de detalles, se limita a llamar a Colombia y dictarle a su tía el número de pin, que es crucial a la hora de recoger la remesa, cuya transacción electrónica se demora un promedio de dos horas en estar lista para ser retirada.

"¡Quiubo, tía, bendición!"

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Esperanza, la tía de Leonardo, de cachetes rojos, sonrisa y mente de niña pícara, cocina en su casa de un barrio humilde en Armenia. Abre la puerta principal de su residencia, donde también vive su hijo, enfermero, de la misma edad de Leonardo. Esperanza, desde el segundo piso, jala una pita que se alarga por las escaleras hasta un improvisado mecanismo de seguridad que ella inventó y que funciona a la perfección, girando el candado para abrir la puerta principal. Por ahí entran vecinos y amigos a su hogar, en cuya sala-comedor ella misma recibe la llamada de su sobrino para confirmarle el número con el que podrá reclamar el dinero en el Centro Comercial IBG, en Cielos Abiertos.

A Esperanza le piden su cédula, su número de pin y el nombre de la persona que envía el dinero. Una mujer, que tiene hasta el mismo color de pelo y los mismos ojos de la que atendió a Leonardo en Nueva York, registra los datos en un computador, situado también detrás de un vidrio blindado. Esperanza firma un papel que dicta el intercambio monetario en ese momento y retira la plata junto a un recibo rosado que da la constancia de una transacción completa. Es un poco menos de 500.000 pesos que ella ya tiene presupuestados y divididos para repartir, según las indicaciones precisas de su sobrino.

De acuerdo con estudios de la Organización Internacional para las Migraciones y de las Naciones Unidas, un 70,7% de todos los receptores de remesas en Colombia son mujeres. A ella le gusta hablar de las cualidades de Leonardo. Habla sobre el nacimiento de sus dos nietos, ambos con labio leporino. Leonardo colaboró, a punta de remesas, con todas las operaciones que les cambiaron la vida a los bebés, Mateo y Pablo, que hoy ya tienen cinco años de sonrisas dignas de comercial. "Más que el padrino, Leo es como el papá. Cuando mi hijo no tiene la capacidad económica para alimentar a los dos niños con leche y comida, pues ahí siempre está él". Y también agrega: "Él manda un dinero hoy. Y le digo yo, ‘papi, cómo le parece que fulano de tal necesita tal cosa‘. Él dice, dele tanto. No escatima nunca para decirme cómo repartir la plata. Además ha sostenido a la mamá desde toda la vida. Está pendiente a cada rato porque ella a veces se pone muy brava o se pone eufórica por su enfermedad (sufre de trastorno bipolar afectivo, remotamente similar a la esquizofrenia). Entonces se va para la calle y nos toca buscarla y cogerla. Eso es un proceso. Me ha tocado ir a buscarla a Medellín y en unas formas muy tristes la hemos encontrado".

Esa ha sido la constante desde que Leonardo repartía volantes de casa en casa, también después cuando fue taxista por un año y mecánico otros seis meses para por fin montar su agencia de viajes llamada "Caribe Travel" a principios de los noventa. Se inventó este negocio con sus ahorros solo para ver cómo cayeron las pymes norteamericanas a manos de internet.

Hoy, Leonardo almuerza con ganas en un restaurante colombo neoyorquino de Queens. No deja nada en el plato. Piensa en otro beneficiario: el tío Óscar, un delgado parapléjico con plena conciencia tanto de su estado como de la bendición que él llama sobrino. La silla de ruedas motorizada en la que Óscar se mueve y la cama eléctrica y ajustable que utiliza este hombre de 47 años en Armenia son ayudas que Leo, desde Nueva York, le ha podido mandar.

A Óscar se le encuentra en una pequeña casa de descanso en Calarcá, a unos 15 minutos en taxi de la casa de Esperanza. Tiene llantas nuevas en su silla eléctrica, traídas también de Nueva York. "Cuando llega él, hay fiesta. Es una fiesta para nosotros, es la alegría, es lo máximo", cuenta mientras se las ingenia para moverse en su silla.

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La remesa que recibe Esperanza es una de todas las que sumadas representan casi tres veces la cantidad de exportaciones del café, y en total suman un 5,3% del PIB colombiano. De hecho, según cifras del Banco de la República, en el último año hubo un promedio de 4.493 millones de dólares que entraron únicamente en remesas a Colombia, casi la mitad de todos los ingresos por inversión extranjera directa en ese periodo. Y según las cifras oficiales, este promedio ha ido creciendo con el paso del tiempo. En el 2002 fueron 2.454 millones de dólares, otros 3.060 entraron al año siguiente, y para el 2006, casi 4.000 millones de dólares.

Las remesas hacia Colombia no solo llegan a familias como los Jaramillo en Armenia, sino también, como dice el último informe del Banco de la República, a decenas de ONG criollas. El país recibió en el último año, por concepto de donaciones internacionales, unos 882 millones de dólares destinados principalmente a organismos no gubernamentales e instituciones sin ánimo de lucro. Sin ese ánimo de lucro, sin humildad falsa, sin engrandecimiento propio, Leonardo termina su historia. Su mirada sigue siendo (puedo asegurarlo por esas fotos viejas que tiene en su rinconcito de Armenia), la misma de hace diez o veinte años. Le brillan más los ojos recordando a su abuelo Aníbal Yepes Villalba, al que le ayudaba construyendo los refuerzos de hierro para sus casas en la única cuadra que no se derrumbó en su barrio durante el terremoto de 1999. Leo no tiene novia. Está buscando, claro, pero sin mucho esfuerzo porque sabe, en el fondo de su corazón,que quiere regresar a Colombia. "Ya quiero cambiar mi forma de vida y compartir un poco con mi familia. Es algo que solo estoy pensado, nada concreto. Ya Nueva York está llegando a mi tope. Todo es muy estresante, todo muy a las carreras". Dice que de regresar a Armenia, no dudaría en poner su propio chuzo de arepas y empanadas, y medio en broma y medio en serio, suspira y piensa: "Si me va bien, hasta monto una cadena. Quién sabe". Por lo pronto se prepara para una jornada más de arduo trabajo, no hay mucho tiempo para descansar.

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