Eran dos italianos. Se quedaron en la casa y Francisca todavía cuenta que eran dos hombres apuestos y corteses, uno muy flaco, rubio y de ojos grises. El otro era más bien bajo pero fornido, pelirrojo y con una sonrisa que volvía locas a las niñas de Gallinazo. Llegaron al pueblo porque mi abuelo se había fascinado con la iglesia de Lorica y había decidido construir una igual en nuestro caserío.

Desde que llegaron el primer día, los dos arquitectos se pusieron a trabajar. También eran muy jóvenes y atléticos y alguno de mis tíos pensó que quizás eran la solución para otro gran problema que teníamos en Gallinazo.

–¿Saben jugar al fútbol?

Una bola de trapo sabiamente dominada en el patio de la casa del abuelo nos convenció a todos que allí había dos talentos que iban a sacarnos del oprobio eterno. Desde hacía casi una década, Palo de Agua y Gallinazo, los dos caseríos vecinos, se enfrentaban en un duelo anual. Mismo hubiera dado que fuera la cucuruba o el fútbol lo que sirviera para dirimir la rivalidad crónica de ambos pueblos. De elegir nosotros hubiéramos preferido el béisbol, deporte en el que contábamos con mejor suerte de figurines. Pero fue el fútbol una primera vez y así quedó; y así perdimos nueve años consecutivos contra la escuadra de jornaleros del arroz que exponía Palo de agua.

Los italianos habían llegado, pensamos todos, para evitarnos la nueva humillación. Pero como dije también eran jóvenes y su sangre extranjera no estaba preparada para los sacudones del amor. No estaban preparados para Fátima Gómez. Nuestra María Casquito por elección masculina unánime. Fátima era la menor de tres hermanas, hijas casuales de Artemio Gonzáles, el fabricante mayor de quesos de toda la región, un artesano iluminado que podía hacerte queso criollo con las formas que le pidieras. Trenzas, bolas, animales. Cualquier cosa. E hijas de Emeteria Gómez, una costurera solitaria, temerosa de Dios, que recibió la noticia de la construcción de la Iglesia como el anuncio mismo de la llegada del Supremo al pueblo, el único que podría curar la fiebre uterina de su hija menor, que con sólo dieciséis años le había desahogado los instintos a medio pueblo y había recibido el diagnóstico final de Emilgio Arteta, el médico más prestigioso de Córdoba, que viajó especialmente para conocer la mesalina rural. “Ninfomanía”, concluyó sin demasiadas explicaciones. “Es irreversible. Terminará en un manicomio”.

Fátima se convirtió en una presencia habitual entre los que rodeaban al recién estrenado curita (el Padre Leonardo) y seguramente toda una atracción para los dos arquitectos, que ya llevaban tres meses hirvientes en ese empeño faraónico y a todas luces exagerado. Hasta el fatídico día en que desgastados por el sol de una mañana cruel, encontraron a ese animal adolescente herido de abstinencia que barnizaba los bancos de la iglesia e intoxicados de deseo y trementina, se pusieron a su disposición. Terminaron los dos ebrios de felicidad, desperezándose el resto del día junto al río y no volvieron a hablar de trabajo. Pasaron varias semanas de encuentros furtivos y tripartitos mientras la obra se entorpecía peligrosamente, librada al instinto arquitectónico de los obreros analfabetos del Sinú.

El día del desafío anual llegó con los alisios de diciembre (el primer encuentro en cancha de ellos, el definitorio en la nuestra) y a Fátima le atribuyeron la falta de piernas de las dos promesas mediterráneas. Perdimos cinco a tres el partido de ida. El abuelo, mis tíos y el mismo Padre Leonardo se acercaron dos semanas previas al encuentro definitivo y convencieron a Doña Emeteria de lo que ya no podía dilatarse.

El viernes siguiente, último de diciembre, a partir de las ocho de la mañana, se programó el exorcismo de Fátima Gómez, hija última de doña Emeteria Gómez, modista del pueblo de Gallinazo. Ese día, a la hora señalada, medio pueblo se había apostado frente a la casa de la endemoniada y tanto ruido hacían que la propia Emeteria y sus dos hijas mayores tuvieron que salir a rogar silencio porque la idea era tomar por sorpresa al espíritu maligno y Fátima comenzaba a salir del sueño nocturno. Cuando llegó el cura, recibido con persignaciones y vítores más propios de una pelea de boxeo, habían tenido que atar a la niña a la cama. Lo que pasó adentro llevó media mañana y todos los que estuvieron allí afuera, y son muchos, pueden dar fe de los gritos salvajes, groseros y las amenazas roncas en latín. Cuando el sacerdote salió agotado, la ropa húmeda y cara de decisión por tarjetas, rumbo a su iglesia incompleta, nadie pudo decir quién había ganado. Fátima tuvo su tiempo de prueba y el Diablo alzó finalmente su brazo ganador cuando el domingo siguiente, el día del juego final, el padre Leonardo encontró los tres cuerpos desnudos retozando en la sacristía sobre una alfombra de hostias polutas. Don Millo, mi abuelo, fue notificado rápidamente y llevó a los italianos a punta de pistola hasta el potrero de la plaza. Mis tíos y tías, yo y mis padres, todo Gallinazo, esperábamos allí por el milagro.

No sé ahora, después de tanto tiempo que pasó, si fue la violencia de aquel desastre final (perdimos cinco a cero y el abuelo despidió a los extranjeros herejes con el dinero acordado y el gesto más grave. “Vuelvan si necesitan plomo”) pero Gallinazo lo vivió como la experiencia última que toleraba.

Aunque la construcción estaba aún por la mitad, la gente no quiso esperar más, inquieta por la ilusión de que la fe cristiana le sacaría de su miseria crónica y de los dolores agudos de la vida cotidiana. Se presentaron el mismo domingo por la tarde, en una manifestación novedosa y conmovedora, frente a la casa de Don Millo donde también se había hospedado el sacerdote y lo obligaron a ofrecer la primera misa en la iglesia, en medio del polvo y los ladrillos, todos de pie, el cielo despejado como testigo, espiados temerosamente por El Cristo y todos los Santos, que no salían todavía de sus embalajes y se adivinaban coloridos entre las roturas del cartón.

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