Aunque siempre miré con desconfianza a los deportistas que cruzaban con ese aire de arrogancia sudorosa frente a mis ojos (los cuerpos bañados en agua, las camisetas mojadas en el pecho, la lengua jadeante detrás de sus labios secos), debo confesar que desde hace unos meses hago parte de esa extraña ?aunque cada vez más nutrida? cofradía de personas que se enfundan todos los días entre una camiseta con la marquilla de Nike pegada a un lado de sus corazones y salen a trotar unas cuantas millas para estar siempre en forma, para no engordar, para gozar, al menos, de una salud decorosa en el futuro.

Desde hace un par de meses troto cinco millas todos los días, haciendo un recorrido natural por el borde del Potomac, que es el río que atraviesa la ciudad de

Washington; a veces me interno por el Rock Creek Park, o por alguna de las miles de ciclorrutas que se explayan como un sistema circulatorio lleno de cabecitas trotando, o pedaleando, por todos los rincones del DC, y, la verdad, me siento bien. Muy bien.

No sé qué pensarán mis amigos de esta novedad (hace varias semanas, durante una visita a Bogotá, hubo uno que prefirió dejar de hablarme y ahora nos dedicamos a engordar silencios como si la vida nos fuera a perdonar semejante canallada), pero siento que este giro en mi vida (sumado a la ausencia del cigarrillo) ha comenzado a dar sus frutos ?he bajado un par de kilos, resisto más en la cama, puedo jugar noventa minutos de buen fútbol sin llevarme las manos a la cintura.

Sé de muchos hombres ?y en esto me incluyo, para no hacer las veces de santo en vez de pecador? que se han desanimado al observar que su barriga ha crecido algunos centímetros de más en los últimos años como resultado de las bondades de la cerveza. O que han tratado de explicarse en actos de conciencia jamás confesados por qué los músculos de su espalda jamás llegarán a tensionarse como sí ocurre con los modelos.

O que, simplemente, no están del todo cómodos con sus cuerpos. Pero no lo dicen. Su dolor vive adentro. Sus lamentos se encierran en el baño: a los hombres también nos da miedo el espejo.

Y es que nosotros, al igual que las mujeres, también nos miramos en el espejo, también coqueteamos con la vanidad que aparece diluida en los reflejos, también queremos ser, a veces, ese otro que tristemente ya no fuimos. Aunque no lo aceptemos, a veces quisiéramos un pelo diferente, o una piel diferente, o unos bíceps diferentes (¡o por lo menos unos!), o una barriga diferente, o un aspecto diferente. Como las mujeres, no nos gusta ser lo que somos. No nos gusta ser calvos, ni gordos, ni escuálidos. Y mucho menos que nos digan que somos calvos, gordos o escuálidos, cuando la verdad es que nos gustaría ser el otro que ya no fuimos, el proyecto que hubiéramos podido ser de haber tomado otro camino, la sombra que se ocultó detrás del reflejo que ahora nos espanta. Hay amigos que lamentan su inevitable suerte. Que conviven con su calvicie como si se tratara de un paraguas vencido por las polillas. Que exhiben con orgullo su panza cervecera como si fueran muñecos de trapo que se desparraman por la vida. Que ocultan su debilidad de músculos en verónicas de risa. No los juzgo. El espejo, seguramente, tarde o temprano hará su función.

Por mi parte, en los últimos meses, he tratado de evitar un desmoronamiento de mi cuerpo. Y por eso troto. Cuatro o cinco millas al día. Treinta a la semana (el domingo juego fútbol). Y hago lo posible por cuidarme. Es lo mínimo. Es el pago que debo rendir a los treinta años de excesos y de efímeras rabietas de inmortalidad que siempre estuvieron a mi lado.

No siempre tendremos veinte años, estoy seguro. Y no siempre, podría jurarlo, ese espejo que nos espera a la vuelta de los años será tan benévolo con nuestro aspecto como lo ha sido hasta el día de hoy. Tal vez mañana será más severo, digo yo.

Zapping: la gira de los Rolling Stones por Estados Unidos es toda una empresa, si se tiene en cuenta que sus últimas cuatro giras han dado alrededor de 300 millones de dólares en ganancias. Thank you, Mick!

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