En la Plaza Real de Barcelona dos heroinómanos caminan por entre las mesas de los restaurantes pidiendo algunas pesetas que les sirvan para comprar un par de jeringas con qué inyectarse. Los turistas miran las cicatrices en los brazos, las pequeñas secuelas de varios pinchazos, las ojeras que ya no son ojeras sino sombras que se descuelgan de los ojos. Mientras tanto, en uno de los baños del McDonald’s de Leicester Square, en el corazón de Londres, un grupo de estudiantes intercambia rápidamente tres papeletas de ‘perica’, las abren, se hunden en el polvo de la locura y, acto seguido, se refriegan la nariz como si se tratara de un resfriado más en sus vidas pasajeras. Pero el asunto no para. En uno de los night clubs de la Zona Rosa de Ciudad de México, una prostituta resume su fatiga en una pregunta que busca satisfacción: ¿qué onda, güey, te gusta el cannabis? Sí. ¿Algo más? En el Parque de la 93, en plena zona norte bogotana, la policía decomisa 12 mil pepas de éxtasis listas para ser vendidas y así aumentar el vértigo y la ‘bacanería’ de los after–party que se resisten a dormir…
¿Las cabecitas del mundo se están drogando? Todo indica que sí, y mucho.
¿Se debería legalizar? Nadie se ha puesto de acuerdo, pero es indudable que el debate acerca de la legalización comienza a tener cada vez más voces a su favor y de ahí que no resulte demasiado arriesgado imaginar un hipotético escenario donde, a la vuelta de algunos años, se vendan en los bares, y en las tiendas, y en los quioscos de las capitales productos para el consumo empaquetados en llamativas cajetillas y ampolletas con nombres tan sugestivos como ‘Santa Marta Golden’, ‘Putumayo Pure’ o ‘Las hermosas brown sugar’.
Y es que hasta el momento la lucha contra las drogas no ha resultado tan efectiva como aparentemente se consigna en los noticieros y periódicos cada vez que hay una incautación, o una quema de laboratorio, o una redada en la mitad de la selva o una captura de una infeliz ‘mula’ en el aeropuerto internacional de Miami, o en Barajas, o en Frankfurt, o en Gatwick. El consumo ha aumentado y las réplicas de las ‘cabecitas drogadas’ de la Plaza Real, o de Leicester, o del D.F. son incontables. No hay fiesta donde no aparezca un ‘porro’ para rotar.

¿Sí a la droga?
A pesar de las fumigaciones y de los planes de erradicación, los cultivos ilícitos han crecido de 240 mil a 270 mil hectáreas en los últimos 13 años, lo que demuestra que el consumo continúa y que el negocio de la droga sigue siendo rentable (la pasta de coca puede costar 400 dólares el kilo en su fase inicial y llegar a un costo de 150 mil dólares en las calles de Estados Unidos).
Por esa razón, las voces que se pronuncian sobre la legalización de la droga han cobrado mayor validez y pensar en el futuro de los países una vez se apruebe su consumo es una actitud cada vez más del presente.
“(Si Estados Unidos aprobara la legalización)… tendría la mitad de las prisiones, la mitad de los reclusos, diez mil homicidios menos al año, zonas urbanas donde existiría alguna posibilidad de que la gente pobre viva sin temer por sus vidas, ciudadanos adictos que se harían personas respetables, que no tendrían que convertirse en delincuentes para conseguir drogas de cuya calidad no estarían seguros”, asegura el economista y premio Nobel, Milton Friedmann.
El escenario futuro sería, sin duda, diferente. Los 14 millones de consumidores que hoy caminan por las calles de Estados Unidos no serían perseguidos. Las 235 millones de ‘cabecitas drogadas’ que actualmente se ríen a escondidas del mundo, en una calle, en un bar de trance, en una esquina neoyorquina, no tendrían ningún problema en fumarse un ‘porro’ después de un café, o después de tener sexo, o después de almorzar; y experiencias tolerantes en la aceptación de las drogas —como el caso de Holanda o Liverpool— serían un asunto para recordar, ya que todo el mundo andaría con la moral tranquila. Cero culpa.
“La legalización es como el Muro de Berlín, pero este muro va a acabar con Colombia. O lo empujamos o nos morimos atrapados en el intento. La droga no es un problema en sí misma. Se ha demonizado una sustancia que Freud recetaba hace apenas cien años. Además, hay drogas que se le recetan a los niños gringos con problemas de adicción, como la codeína, que tienen el mismo efecto de la cocaína”, explica el siquiatra Luis Carlos Restrepo.

¡El siguiente!
Las experiencias del laissez faire, laissez passer en países como Holanda o Canadá —o la misma ciudad de Liverpool— han demostrado que es posible legalizar la droga y controlar los efectos secundarios en su consumo, utilizando el dinero con el que se pretende atacarla como fuente de ingresos para el tratamiento de los toxicómanos (la guerra contra las drogas en Estados Unidos cuesta 20 mil millones de dólares al año).
“Que se abstengan de ir a Liverpool los corazones sensibles —escribía hace unos años el periodista inglés, Guy Sorman, en su libro Llegaron los bárbaros—. El Drug Center está situado en un barrio ‘bombardeado’ de la ciudad: las casas derruidas, los cristales rotos, los jardines en barbecho. El terreno es favorable a la droga. Son las ocho de la mañana. El doctor Patrick O’Hara inyecta una dosis de heroína al primero de sus clientes. La consulta es gratuita, la heroína también. Este paciente lleva varios años presentándose aquí. Después de la inyección irá a una oficina donde tiene un empleo regular. ¡El siguiente!”.
Los resultados de la ‘atención al cliente’ han sido inmejorables. En Holanda, donde el uso de drogas está permitido y reglamentado desde hace ya varios años, el consumo per cápita es menor que en países donde está penalizado como Estados Unidos y Francia. ¿Una paradoja? La respuesta se inclina en favor de la tolerancia, la convivencia y la atención médica que requieren los consumidores que se convierten en adictos.

“Una de bareta, por favor”
Las consecuencias que traería una posible legalización de la droga son innumerables, pero quizás la parte económica es la que más le interese a ambos bandos (léase países consumidores, países productores), pues en el trasfondo de la fiesta del éxtasis, o del viaje con ácidos, o de la ‘bacanería’ de un ‘porro’, hay dólares que van y vienen sin dueños claros. “Indudablemente se necesitaría una intervención estatal y un modelo económico mixto entre el Estado, los consumidores y los distribuidores. Estoy convencido de que no habría venta callejera, pero el hecho de que fuera posible adquirirla, disminuiría notablemente la estimulación de un mercado negro. Dado que la despenalización sólo incrementaría los experimentadores —y no así a los consumidores habituales— en un comienzo habría un incremento en el consumo masivo los primeros cinco o seis años normalizándose posteriormente”, afirma Restrepo.
Los primeros cálculos advierten que, para el caso de la marihuana, el precio disminuiría hasta el punto que resultaría más barato comprar un paquete de ‘Santa Marta Golden’ que uno común de cigarrillos.
“Yo legalizaría la droga —explica Friedman— sometiéndola exactamente a las mismas reglas a las que están sometidos el alcohol y los cigarrillos. El consumo de alcohol y cigarrillos causa, de lejos, más muertes que las drogas, pero muchas menos víctimas inocentes. Y las principales víctimas inocentes, en su caso, son las personas que mueren a causa de conductores embriagados. Y debemos hacer cumplir la ley que prohibe conducir bajo el efecto del alcohol, de la misma forma en que debemos hacer cumplir la ley que prohibe conducir bajo el efecto de la marihuana, la cocaína o cualquier otra cosa”.
Como sea, mientras los líderes del mundo deciden qué hacer, las ‘cabecitas drogadas’ de la Plaza Real, o de Leicester, o del D.F., o del Parque de la 93, o de donde sea, seguirán su rumba a pesar de la prohibición. La razón es sencilla: ¿le están haciendo daño a alguien diferente que a ellos mismos? Pensamos que la decisión es personal.

De ‘pase’ en ‘pase’

Holanda
En Amsterdam se toleran las consideradas drogras blandas, hachís y marihuana. De esta manera tiene menos problemas sanitarios y criminales. Las leyes de Holanda permiten el consumo y la posesión de hasta 5 gramos en los cofee shops.
Las directrices especifican los términos y las condiciones de posesión y consumo.

España
La venta de cualquier droga adictiva es ilegal en toda España, pero la ley no castiga su uso personal. Se sanciona la posesión y el consumo en lugares públicos con medidas administrativas.
Se distingue, en cuanto al cultivo y el tráfico, entre drogas que perjudican gravemente la salud y las que no.

Inglaterra
Las sustancias controladas se dividen en tres clases: A, B y C. La posesión (hasta 30g) de cannabis (droga de clase B) supone un máximo de 5 años de cárcel. Pena máxima de 14 años por tráfico de cannabis. Los tribunales también pueden amonestar, conceder libertad condicional u obligar a prestar servicios comunitarios.

E.U.
Aunque en algunos estados (Colorado p.e.) su uso sea lícito con fines medicinales, es ilegal plantar, tener, vender o dar cannabis. Dependiendo la cantidad se penaliza. Y aunque existe el mito popular de que es permitida cierta cantidad para uso personal, si a usted le es encotrado algo de cannabis, por pequeña que sea, le será decomisada y lo penalizarán.

Colombia
Según el artículo 33 de la Ley 30 de 1986 (Estatuto Nacional de Estupefacientes), la persona que sin permiso de autoridad competente, salvo lo dispuesto sobre dosis personal, introduzca, transporte o saque del país; almacene, venda, o compre cualquier droga que produzca dependencia, incurrirá en prisión.
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PROHÍBESE EL EXPENDIO DE BEBIDAS EMBRIAGANTES A MENORES DE EDAD, EL EXCESO DE ALCOHOL ES PERJUDICIAL PARA LA SALUD.