Hora pico. 6:00 de la tarde hora local. Avenida Caracas con avenida Chile. Entrada norte de la estación Calle 72. La hora más odiada para quienes quieren llegar a sus casas, a alguna universidad nocturna o a hacer una diligencia impostergable y no tienen otra opción que subirse a un bus del sistema articulado en alguna de las estaciones del eje de la avenida Caracas, más exactamente entre Flores (calle 69) y Calle 127. Esta es la hora de la ira contenida, la hora de la olla a presión a punto de estallar, la hora de los empujones, los manoseos, los robos.

Es la hora de los bloqueos.

Por eso he evitado desde hace por lo menos un año montar en TransMilenio por la Caracas y la autopista Norte en la hora pico de la tarde. Muchas veces he preferido regresar a pie y caminar 50 cuadras por toda la Paralela mientras veo las enormes colas de gente hacinada en las rampas de acceso en las estaciones Calle 85, Virrey, Calle 100, Calle 106, Pepe Sierra, Calle 127. En esas largas caminatas he agradeciendo no tener que estar ahí.

Pero bueno, basta de quejas. Me armo de valor y hago, por esta vez, lo que nunca he hecho en mi sano juicio, salvo casos de extrema necesidad: subirme a un TransMilenio a las 6:00 de la tarde en el eje de la avenida Caracas y la autopista Norte.

El lío no es subirse al bus. La peor parte de la odisea consiste en intentar entrar a la estación. El corredor de ingreso, diseñado para que por ahí caminen cómodamente y en ambas direcciones unas 20, a lo sumo 30 personas al tiempo, a esta hora parece la entrada a un matadero. Los seres humanos reducidos a la condición de semovientes. Paradojas de la Bogotá Humana.

Me resulta imposible distinguir la frontera entre el enjambre que intenta comprar un pasaje o recargar su tarjeta de ingreso y la manada de los que ya tenemos tarjeta y buscamos la manera de ingresar. No es fácil ser amable o decente en semejante circunstancia. El solo hecho de avanzar, a paso de tortuga, que es la única opción, no depende de mí. Tres fuerzas simultáneas y opuestas que soporto a ambos lados de mi cuerpo. A pesar del caos reinante, me relajo. La resultante de las tres fuerzas me permitirá, tarde o temprano, ingresar a la estación, así que me dejo llevar por la marea humana. Imagino que estoy en Rock al Parque. Mis movimientos no son míos, sino de esa masa informe de la que formo parte.

Por fin logro entrar. Ahora, la tarea consiste en intentar llegar a la puerta donde paran los buses que cubren la ruta denominada H74. He decidido que me subo en ese, así también me sirvan el F1, el F19, H3, el H4, el H21 o el J72.

Algunas de las puertas de cristal que se abren y se cierran automáticamente permaneces abiertas. Varios de ellos se asoman para mirar si ya viene su bus. Están en el puro borde. Siempre que veo esos racimos humanos que cuelgan de las puertas de las estaciones imagino lo que ojalá jamás suceda: que, empujados por la fuerza de los que salen de los buses y presionan por el medio de la estación, varios de estos sujetos que se asoman terminen en medio de la calle justo cuando esté pasando un bus a alta velocidad.

En teoría, y como señalé antes, la estación Calle 72 me ofrece varias rutas. Quiero ir hasta la estación de Marly o, si es el caso, hasta la 26, donde el caos de la hora pico deja de ser dramático. En horas de menor congestión es posible llevar a la práctica la teoría de que varios buses sirven. Uno puede pararse a mitad de camino entre un par de accesos a los buses y, al ver llegar uno que sirva, pegar carrera hasta la puerta y subirse.

Pero no, esto es hora pico. Imposible correr detrás de un bus o ir a su encuentro. En teoría me sirven varios, pero no me queda más opción que apostarle a uno. Como decidí jugármela por el H74, me abro paso entre la montonera que espera un bus en la puerta donde se detiene. Desde allí veré pasar unos tres o cuatro J72 o F19 que me hubieran servido. Uno de ellos viene casi vacío. Le digo adiós. Otra característica del TransMilenio de los últimos meses son los hermosos e interminables desfiles de buses “en tránsito” que pasan vacíos delante de los iracundos pasajeros que llevan 10, 15 minutos, hasta media hora, esperando su bus. Es muy emputante tener que esperar en medio de semejante hacinamiento un bus que puede que pase, puede que no pase, porque esa es otra de las novedades de TransMilenio: la absoluta irregularidad del servicio de buses. Hasta hace relativamente poco tiempo el sistema era bastante confiable. Ahora no. Así como puede llegar uno detrás de otros cuatro buses que cubren la ruta J72, también puede pasar media hora para que se digne aparecer un H74. Ah, y una vez aparece, toca hacer mucha fuerza para que exista alguna probabilidad de subirse. Porque otro de los martirios de los usuarios del sistema es ver llegar buses a reventar imposibles de abordar.

Por fin para un H74, pero viene muy lleno. Se bajan una mujer vestida de enfermera, y cuatro manes, a codazo limpio, logran abrirse camino y entran al bus. Dos señoras de mediana edad, resignadas, miran desconsoladas. Vaya uno a saber cuántos minutos más tendrán que esperar para viajar. Ellas, que no pueden echar codo a la uruguaya, a lo Arévalo Ríos, ni abrirse paso a mordiscos como Luis Suárez, deben esperar el milagro de que pase un H74 más o menos desocupado. Nada de raro que esperen allí paradas unos tres cuartos de hora más.

Una vez uno logra encaramarse al bus, la cosa mejora. Voy rumbo al sur. El bus está bastante lleno, pero el apretujón es soportable porque uno sabe que llegará en un tiempo razonable a su destino. A menos de que… Pasa cada vez más a menudo. Las estaciones son tan pequeñas y la demanda tan grande, que en hora pico el bus en que uno viaja queda atascado en una hilera que no avanza. El mío ha quedado atorado poco después de la estación de Flores. Seis eternos minutos después, reanuda su lenta marcha. Y sigue el zarandeo. Remotos son ya los tiempos en que los buses de TransMilenio avanzaban suavemente y los conductores frenaban y aceleraban con suavidad. No. La cultura busetera carcomió el glamour de los primeros choferes de los buses articulados. Y si a eso se agregan las losas de Peñalosa destrozadas y plagadas de cráteres…

Los que somos un poco más altos que el promedio padecemos complicaciones adicionales. Los buses avanzan en medio de saltos y frenadas en seco. Mi codo está a la altura de la cara de la señora que va a mi lado, y debo hacer un esfuerzo para mantener firme y tenso mi brazo para, cada vez que el bus haga un movimiento inesperado, evitar que las leyes de la inercia hagan que golpee a la señora. El otro problema que tenemos los altos es que nuestro centro de gravedad está bastante arriba, así que nos cuesta trabajo no comportarnos como un péndulo cada vez que al chofer le da por frenar en seco. Otra razón más para agarrarse de la barra como si se tratara de un ejercicio de gimnasia olímpica o de levantamiento de pesas.

Son las 6:30. La hora pico está a punto de terminar, así que decido bajarme en la estación Calle 26 para emprender el regreso y llegar a mi destino.

De pronto, varios jóvenes que cruzaron la calle surgen como de la nada, fuerzan una de las puertas y se cuelan sin pagar. Me dan ganas de patearlos pero, obvio, me contengo. Respiro, cuento hasta diez, y caigo en la cuenta de que el espectáculo dantesco de los colados es exclusivo de la Bogotá Humana. En otras ciudades como Barranquilla, Pereira o Cali, donde las estaciones ni siquiera tienen puertas corredizas, nadie se cuela. Hasta hace un poco más de un año, nadie, o casi nadie se colaba en TransMilenio, y ahora es una pandemia. Pienso (tal vez me equivoque), que es consecuencia de la rabia acumulada en tantos años de servicio cada vez más deficiente y desconsiderado con los pasajeros. Es como un gesto de rebeldía, de rabia, más que ganas de ahorrarse lo del pasaje. “Si me tratan tan mal, ¿por qué diablos tengo que pagar?”. Un policía bachiller intercepta a dos de los 10 o 15 de la gallada que acaba de colarse. Ni idea qué hará con ellos. ¿Sacarlos de la estación? ¿Llevarlos a un correccional?

Me subo a un bus F14 que me llevará a la estación Calle 127. Pasa repleto. De todas maneras logro subirme, pero una de las correas de mi morral queda atrapada en la puerta cuando esta se cierra. Así que viajaré hasta la estación Héroes atado a la puerta del bus. Para consolarme, pienso que en los buses llenos uno se ahorra los raperos, los reguetoneros, los serenateros, los vendedores de maní, los mendigos y los predicadores de la palabra de Dios que abordan los buses que van con pocos pasajeros. Unas por otras. En Héroes logro liberarme de la puerta. El bus avanza a buena velocidad por la autopista. A un lado, una hilera interminable de luces rojas de carros atrapados en el interminable trancón de la hora pico. Voy de pie, un tris espichado, pero al menos avanzo.

Estación Calle 127. 6:45 de la tarde. Lo peor de la hora pico está a punto de terminar. Acabo de bajarme del bus y pretendo salir de la estación angosta, enana, que está llena de gente que espera un bus que ni idea cuándo pase. Para llegar a la salida toca abrirse paso a empujones. Suaves, amables, considerados, pero empujones al fin y al cabo. La escalera que llega a la entrada está completamente copada de gente que busca entrar. Para salir, debo pegármele al que va delante de mí para que los cientos de personas que intentan entrar no acaparen todos los torniquetes y sea imposible salir.

Camino por un borde mínimo entre la baranda y la marea humana que intenta ingresar. Llego al puente, miro las luces de los edificios y los cerros y respiro profundo. Para mí acaba de terminar una experiencia que muy raras veces vivo. Pienso en los cientos de miles de bogotanos que no pueden escoger. Los que están obligados a someterse a este infierno de lunes a viernes. Les doy toda la razón cuando putean una y mil veces a TransMilenio.

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