Asombro al ver el tamaño y la elegancia de los porteros, los ujieres, los botones, los conserjes, los recepcionistas. La segunda sensación es de pánico, cuando capta que esos mismos tipos encantadores en cualquier momento te pueden mirar con asco, echarte a patadas y decirte que la comida sobrante solo se regala en la parte trasera del edificio.

En octubre de 1987, cuando pasé dos noches en el Danieli, no hubo un solo momento en que no estuviera atemorizado por el lujo. Se trata de uno de los hoteles más famosos y espléndidos del mundo, ubicado en un palacio monumental del siglo XIV. Allí el caballero veneciano Giuseppe Dal Niel fundó en 1824 su celebérrimo hotel, conocido desde entonces como Danieli. En sus vestíbulos se han rodado películas y en sus habitaciones se han alojado famosos de verdá verdá, como Lord Byron, Goethe, Balzac, Proust, Wagner, Dickens, Harrison Ford, Steven Spielberg, Johnny Depp y Angelina Jolie antes de aquello. Muchas veces, el Dux de Venecia, equivalente al rey, cenó en sus salones.




¿Qué hacíamos pujando por entrar a semejante lista los señores Horacio Verbitsky, de Buenos Aires, Argentina, uno de los mejores periodistas de investigación del continente americano, y Daniel Samper Pizano, de Bogotá, Colombia? La explicación es muy simple. Nos había invitado la Asociación de la Prensa Extranjera de Italia, que celebraba sus 75 años, para que contáramos la vida del periodismo en países azotados por la violencia. Como a la Asociación no le quedaba bien ubicar a sus directivos en un hotel de lujo y a sus dos invitados tercermundistas en una pensión miserable, nos asignaron a Verbitsky y a mí sendas habitaciones en este albergo que encabeza la Luxury Collection, una especie de club de hoteles suntuosos al que solo pertenecen 98 establecimientos en el planeta.

Las ventanas ojivales, más bizantinas aún que las discusiones sobre periodismo comprometido que se desarrollarían en otro lugar durante los siguientes días; las escaleras góticas de piedra; los mármoles rosados con vetas grises; las alfombras donde podría ahogarse un enano si no sabe nadar en textiles persas; las pinturas clásicas; los marcos dorados de las pinturas clásicas; los gobelinos centenarios; las cortinas pesadas de terciopelo con sus entorchados y cordeles antiguos: todo esto, en un hotel de Cartago, habría sido de una lobería pavorosa, pero a orillas del Gran Canal de Venecia y bajo la cúpula del Danieli abrumaba por su historia, por su riqueza, por su opulencia.




Nos dieron habitaciones sencillas. Sencillas quiere decir que medían casi el doble que una vivienda de financiación oficial y ofrecían una cama donde habrían cabido juntos Lord Byron, Goethe, Balzac, Proust, Wagner, Dickens y hasta Angelina Jolie antes de aquello. El baño tenía cuatro posibilidades de aseo, según de qué presa se tratara: tina, ducha, lavamanos y bidé. Con la suavidad de las toallas se habría podido escribir un poema de Francisco Luis Bernárdez y con plumas de las almohadas, reconstruir la familia del Pato Donald.

Luego supe que nuestro alojamiento era una cortesía de la empresa con la Asociación de Prensa Extranjera, o sea que nos dieron las habitaciones más baratas. Hoy veo que por una de estas cobran, en temporada, cerca de 900 dólares diarios. Pero por menos de 8000 no entra uno a la suite Lagoon View, ni con menos de 12.500 a la suite Signatura, a menos que se trate de una camarera perseguida de cerca por Dominique Strauss-Khan. A la legendaria suite del Dux entrará el Putas, porque no dejan entrar ni al Dux. Ni siquiera revelan su precio, ni la hora en que hay que dejar el recinto antes de que cobren otro día.




Verbitsky y yo desayunábamos juntos en el pomposo restaurante matinal, entre multimillonarios fatuos y meseros políglotas. Nos mirábamos y no musitábamos palabra. Nos aquejaba la Culpa Original que arrastra todo habitante de país subdesarrollado: “algo hizo”. Temíamos que nos descubrieran y nos pidieran los pasaportes o, peor aún, que el desayuno no estuviera incluido en la invitación.

Dos o tres periodistas italianos nos rogaron que los coláramos para ver las habitaciones, aunque fuera por unos minutos. Pobres. Así lo hicimos, pues no se le niega un favor a un colega. Luego noté que habían desaparecido los jabones de mi baño.

Y mientras respirábamos el aire deslumbrante del Danieli, afuera esperaba una de las ciudades más bellas y misteriosas del mundo, Venecia, la Serenísima del mar Adriático, fundada hace 1500 años. Flor medieval, matriz del comercio, otrora reina de los mares y de la música, con sus 118 islas, sus 152 canales, sus 30 palacios, sus 4 basílicas y sus 400 puentes. La ciudad que inspiró a Albinoni, a Lord Byron y a Charles Aznavour, con canales de agua en vez de calles —como Bogotá—, con góndolas soñadoras y gondoleros que cantan y piden propinas. Con su plaza de San Marcos cubierta de palomas en verano y de agua verdosa en invierno. Con sus silencios filosóficos y sus turistas ruidosos.




En Viena y en el Danieli. Cualquiera diría que aquellos tres días de octubre del 87 vivimos el paraíso. Pues no. Fue una tortura. Me ocurrió que, cuando descansaba en el principesco alojamiento, me repetía: “Te estás perdiendo a Venecia, te estás perdiendo a Venecia”. Y cuando salía a recorrer las callejuelas embellecidas por el moho histórico, me decía: “Te estás perdiendo al Danieli, te estás perdiendo al Danieli”. Este dilema —llámenlo, si quieren, esta bipolaridad— me sumió en permanente desgracia. Allí, en ese lugar del mundo y en esa fecha, planteé lo que mis amigos llaman “el Principio Danieli de Daniel”, que se resume así: “En ciudad fea, hotel bonito; y en ciudad bonita, hotel feo”.

Las charlas con los periodistas italianos acerca de las penurias del exilio remataron en una fiesta palaciega, imitación del carnaval medieval, donde abundaron las velas, los vinos, las viandas, los violines. Me dicen que fue inmejorable. Y digo que me lo dijeron, porque, mientras se desarrollaba la adorable velada en el Canal de los Suspiros, yo disfrutaba en el hotel de un partido de fútbol por el canal de los deportes.

Cualquiera entiende la razón: Venecia siempre estará ahí cuando quiera visitarla. Pero temo que esos tres días de lujo en el Danieli no los repetiré nunca.

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