Llegué a Chernobyl un año después de que el reactor 4 de la central nuclear explotara y causara la muerte instantánea de 31 personas. Del heroísmo de los bomberos —quienes recibieron el primer impacto de la radiación— se hablaba mucho, mientras yo ni siquiera sospechaba que estaría ligado al desastre por el resto de mi vida. Había prestado el servicio militar obligatorio y trabajaba en una pequeña estación atómica en Sosnovy Bor, cerca de San Petersburgo. Al poco tiempo me trasladaron a Chernobyl en calidad de especialista para ayudar en lo que pudiera.

Recién llegué me sentí fuera de contexto: la zona estaba militarizada y la gente corría de un lado a otro con máscaras de respiración y esos extraños trajes protectores. Un sarcófago gigante ya había sido construido para tapar el reactor e impedir que la radiación se escapara. La efectividad inicial del sarcófago fue calculada en 30 años, de los cuales ya han pasado 22. Debido a que la temperatura de la región se enfría hasta 30 ºC bajo cero en invierno y se calienta hasta los 40 ºC en verano, la construcción se ha ido afectando. Por eso, junto con los especialistas del Instituto de Energía Atómica de Kurchatov de Moscú, inspeccionamos el reactor por dentro, prepararamos un informe sobre el estado de las estructuras y soportes y tomamos muestras del combustible radioactivo. Luego reforzamos las estructuras e impermeabilizamos todo el cascarón para evitar que el agua de las lluvias se filtrara y contaminara aún más el suelo. Las grietas las tapábamos con materiales como cemento y estructuras metálicas. Para que no nos afectara tanto la radiación, nos entrenaban para que trabajáramos rápida y eficazmente.

Ahora me dedico a preparar informes dos veces al mes sobre el estado de la coraza para justificar el dinero que muchas entidades han invertido en nuestra estación. Es importante demostrar los resultados de las medidas adoptadas tras el terrible accidente del 26 de abril de 1986, porque se está proyectando la construcción de un segundo sarcófago que costaría alrededor de 65 millones de euros. Actualmente tengo 45 años y me faltan tres para jubilarme. Me gano 1000 dólares mensuales, un buen pago si tenemos en cuenta que en Ucrania el promedio salarial oscila entre 300 y 700 dólares. También tengo un 50% de subsidio en mi vivienda y gozo de transporte público gratuito, facilidades que hacen que viva tranquilo en Slavutichi, un pueblo a 30 minutos de Chernobyl, al lado de mi mujer y mi hija de 15 años. Ella —al igual que los niños de las 3000 personas que trabajan en la planta nuclear— se ha criado en un ambiente cotidiano donde cualquiera de ellos podría explicar, de memoria, los peligros y los beneficios de la energía atómica.

Nunca he sufrido ninguna enfermedad por la exposición directa a la radiación. Lo único que tuve fue un problema con las tiroides de tercer grado. Para la edad que tengo me siento —y me veo— más joven que los demás. Sé que existen muchos mitos sobre mutaciones, pero yo nunca he visto nada anormal en los animales del sector. Incluso aparecieron varias especies que se creían exterminadas y que convirtieron al pueblo fantasma en su hogar. En las plantas sí he visto cambios drásticos como árboles que crecen bifurcados y una que otra hoja gigante en su follaje. La naturaleza ha reconquistado su espacio a la fuerza y eso ha servido para que eliminen los efectos de la radiación. Quiero decirles que Chernobyl es un lugar muy agradable que huele siempre a frescura, como si acabara de llover, y esto se debe a la ionización del aire. Es un sitio mucho mejor que el reactor 4 de la planta por dentro, donde uno se impresiona al ver cómo puede terminar algo devastado por la sola potencia encerrada en un pequeño átomo.

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