ME ACUERDO de lo primero que me acuerdo: un pequeño juguete de plástico accionado por un resorte, uno espichaba un botón y su hélice redonda giraba y salía disparada volando como un helicóptero; lo vendían en el Tía como "platillo volador". Antes de eso no me acuerdo de nada. Todo, de distintas maneras, me lo contaron. Y tuve que creer.

ME ACUERDO  del primer programa que vi en la televisión. Lo protagonizaban un niño y su perra. "Tommy Rettig como Jeff Miller"… luego la mamá, el papá… y concluía: "George Cleveland como el abuelo y…" (aquí la estrella ladraba) la voz del presentador tronaba con emoción: "naturalmente: ¡Lassie!".

ME ACUERDO  de una mañana cuando los carros salieron a la calle a pitar: ta-ta-ta. Había caído el teniente general Rojas Pinilla.

ME ACUERDO  de que los domingos había carreras de caballos y Pacheco presentaba músicos y tomaba cerveza.

ME ACUERDO  de que acompañé a mi madre a votar en una mesa cerca del parque Santander, la primera vez que les fue permitido votar a las mujeres. Me acuerdo de que votó Sí.

ME ACUERDO  de la Alianza para el Progreso y sus latas de queso amarillo, las colas de puerco que en el Caribe anglófono llamaban ‘pigtiel‘; de Richard Nixon, quien tal vez era vicepresidente de los Estados Unidos, arrancando un desfile desde el Aeropuerto de Techo y de la gente que agitaba pañuelos blancos.

ME ACUERDO  del Bonfruit, de ‘Yo no pago, paga Kolkana‘, de la Kist de uva y de frambuesa, de las paletas Victoria de guayaba o de limón, del bus amarillo Olaya-Nogal-Retiro… todo lo anterior a diez centavos. El café a dólar y el dólar, a peso.

ME ACUERDO  del primer parlamento que dije en la televisión: "Gracias".

ME ACUERDO de la actriz argentina Mabel Jaramillo, que me regaló La historia de la eternidad, de Borges.

ME ACUERDO  del mercuriocromo para las heridas. De la pomada de penicilina Merey para las infecciones. Del picrato de butesín para las quemaduras.

ME ACUERDO  de Hugo Barragán, el asaltante de caminos que no trabajaba en la alta noche, vaya uno a saber por qué.

ME ACUERDO  de mi caballo Pajarito, que se sabía de memoria los caminos de la selva.

ME ACUERDO  de que llegamos a Cali la noche de la explosión de los camiones cargados de dinamita; de los cadáveres en llamas en los balcones.

ME ACUERDO  de la casa nueva de mi abuelo, frente al parque de Versalles, con todos los vidrios hechos trizas.

ME ACUERDO  de la humedad entre las piernas de Carmen, la adolescente de la Sierra Nevada del Cocuy, que nunca supe si era sangre, sudor o deseo, porque nunca me lo dijo.

ME ACUERDO  de Connie, mi tercer amor, y mi primera novia que se ponía un bikini que la acaloraba. Y de sus dulces besos en la arena sobre un peladero al lado de un quiosco frente a Gaira, en un balneario solitario que le decían ‘El Rodadero‘.

ME ACUERDO  del camisón rojo de Eugenia, que cuando lo usaba para recibirme la visita, no se ponía nada debajo.

ME ACUERDO  del cielo raso de los consultorios del dr. García, de la Dra. García, de la Dra. Evelia y del Dr. Guzmán Báez, dentistas y odontólogos de toda la vida. Y de las fresas.

ME ACUERDO  de la mutilación del prepucio que me dolió antes y me preocupó después durante mis años en el colegio de los alemanes, que tenía algunos maestros recién derrotados de la Segunda Guerra Mundial.

ME ACUERDO  —y espero seguir disfrutando— del placer posesivo y orgásmico de devorar un libro recién salido de la imprenta "de la cola hasta la crin".

ME ACUERDO  del silencio del público en un teatro lleno. Y de las ovaciones de pie.

ME ACUERDO del olor expansivo de los pies de un primo que tenía una infección adquirida en la Marina y de un torero de Soacha, que no se los lavaba.

ME ACUERDO  del cardiograma virtual que capta por igual la sinceridad, la gracia y el talento. De Alí, de Alá, de Jorge Alí, Carlos y Luis Eduardo Arango —el mejor de nosotros— en Art.

De la fuerza de Victoria, que gana todas las batallas equilibrando con simpatía las energías de todo el universo.

De la mirada agradecida y afectuosa de la gente que me conoce sin conocerla yo.

Me acuerdo de la cara de Nicolás contándome los sucesos de Trujillo, Valle.

De Animalandia, del Club del Tío Alejandro, de Lonfellow Winebag rescatando al galope a la bella muchacha. De Víctor Mallarino como Mirando Zapata, de Bernardo Romero cantando en la playa el bolero Borrasca.

ME ACUERDO  que pensé —y lo dije— a propósito de la Ley Fanny Mikey, que no quería morirme sin estar seguro de haber vivido.

Y, por supuesto, me acuerdo de Fanny y Ana Marta sacando de noche y para siempre a la gente de Bogotá, para disfrutar del Festival Iberoamericano de Teatro en plena Semana Santa.

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