Un marcapasos es un metrónomo incorporado quirúrgicamente al corazón para regular la cadencia del pulso cardiaco. Desde su invención, en 1949, ha ayudado a prolongar la expectativa de vida de millones de pacientes cardiacos.

Un célebre paciente sueco, Arne Larsson, llegó a soportar el recambio de veintisiete modelos de marcapasos, cada uno más sofisticado que el anterior. El primero se lo pusieron en 1958. Larsson falleció de una dolencia distinta a la cardiaca, a los 70 años de edad.

Hace tres años me sometí a una cirugía de corazón abierto para ponerme una prótesis muy afín en su función a la de un marcapasos: una válvula aórtica de recambio.

La original estaba ya inservible, orlada de calcificaciones e incapaz ya de bombear sangre como es debido. La dolencia asociada a esa disfunción es conocida como estenosis áortica, es irreversible y potencialmente fatal —una arritmia superlativamente caótica trae casi siempre consigo la llamada muerte súbita— si no te haces poner una prótesis. Esta es toda la información clínica necesaria para seguir leyendo esta bagatela.

A diferencia de un marcapasos, mi válvula no usa baterías y está hecha de carbón pirolítico, un material tenazmente incombustible, lo que significa que una vez me cremen mis deudos, deberán tener cuidado de separarla de mis cenizas. Como reliquia del muerto que algún día seré, creo que mi prótesis ha de resultar sumamente interesante como tema de conversación menuda: una minúscula y renegrida bisagra que, pese a los ochocientos o mil grados centígrados que aporta el horno industrial, acaso no pierda el bruñido aspecto que traía en su cajita.

Antes de implantármela, el cirujano tuvo que decidir qué me convenía más: una válvula mecánica, fabricada por el hombre, o una válvula porcina —una "bioprótesis"—, que al parecer tienen en algunos casos mejor desempeño que las fabricadas por la casa St. Jude, en Saint Paul, Minnesota.

La ventaja suprema de la bioválvula es que con ella dentro no hay que tomar anticoagulantes de por vida, cosa a lo que sí obliga la válvula mecánica que puede "trabarse" con cualquier coágulo o trombo que escape de tus arterias tapizadas de colesterol.

Cuando, henchido de información "bajada" de la red, le dije al cirujano que prefería una válvula porcina, el médico sonrió benévolo y me dijo: "Cuando yo llegue allí, decidiré cuál le conviene, señor Martínez. Sabrá lo que le puse cuando se despierte".

Desde que mi válvula St. Jude palpita dentro de mí, no me ha sido posible dormir sobre el lado izquierdo: el colchón obra como caja de resonancia de un latido inverosímilmente vigoroso para un ser humano. Cuando aplasto descuidadamente la cabeza sobre mi oreja izquierda, al borde del sueño, con un libro que se cae de mis manos, experimento un sobresalto al escuchar el tump-tump de mi particular conteo regresivo.

Imparto ahora una información que desearía no obrase sobre el lector como una bomba impelente-aspirante de patetismo: la fortísima arritmia, hecha de dolor y desconsuelo, que me llevó al quirófano sobrevino justo tres semanas después de que Guillermo, mi pequeño hijo de nueve años, cayese fulminado por la muerte súbita justo después de descontar un defensa contrario, en mitad de una picada por la banda izquierda.

El post mórtem permitió saber que había heredado mi estenosis, que no es más que un ensanchamiento inusitado de la aorta. A la mía le tomó más de veinticinco años manifestarse con una arritmia de advertencia; la primera arritmia experimentada por Guillermo, en cambio, lo mató en el acto.

La mamá de Guillermo es una bella argentina que, como toda su familia, es hincha del River Plate; yo, venezolano y cerril fanático del béisbol, no logré sin embargo infundir en mi hijo el gusto por un deporte sin duda alguna superior al fútbol.

Pero ahora, de tanto echar de menos al pequeño extremo izquierdo, mi prótesis late de arritmia patriotera en cada imperdible partido de "la vinotinto", la selección de fútbol venezolana en la que el chamo soñaba jugar algún día.

Gustoso dejaría que me sacaran la dichosa válvula por volver a ver al Guille, jugando gritón al fútbol, remedando el acento y los tacos porteños que aprendió de sus primos durante unas vacaciones en la Argentina.

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