El jueves 22 de octubre, la Unidad de Reacción Inmediata (URI), en la calle 19 con carrera 30 de Bogotá, era un hervidero. Eran las tres de la tarde. Una hora antes había llegado capturado el concejal Vladimir Melo, un hombre de 34 años, quien supuestamente concibió un macabro plan que terminó en el asesinato de su esposa, Alejandra Jiménez, en el barrio Ciudad Montes, el pasado 17 de julio a las 7:30 de la noche. Según los informes, Melo contrató a un mecánico, quien a su vez les pagó a dos sicarios para fingir un atraco a su casa y así acabar con la vida de su esposa. Ella tenía pruebas de que él la engañaba y lo amenazó con destruir su carrera política. Él decidió actuar. Tuvo la indelicadeza de no avisarles a los ladrones de que en la casa había unos treinta millones de pesos en efectivo que no se llevaron.

Quien acusó a Melo no necesitó hacer un reconocimiento en álbum fotográfico, pues es un hombre público y fue con su nombre y apellido como lo incriminaron. Si el caso hubiera sido el de un hombre anónimo, a lo mejor habría sido necesario ponerlo en una fila de sospechosos.

La URI, insisto, era un hervidero: hervían las paredes de calor; hervían los detectives de la Sijín acomodados en un rincón detrás de arrumes de papel. Hervían los oficiales que entraban a un tipo esposado. Hervía todo. Las paredes sudaban. El calor comenzó a hacerse insoportable cuando pasamos a los calabozos de esa dependencia en donde se concentran varias entidades como la Fiscalía, la Sijín, Medicina Legal, la Defensoría del Pueblo y que es uno de los cuatro puntos neurálgicos en los cuales se atienden las infracciones a la ley en Bogotá. Allá llevan a los indiciados; a los capturados; a las mujeres que quieren hacer una denuncia por acceso carnal violento; a los dos tipos que se trenzan en una pelea; a la mujer que le tiró una piedra a la ventana de su vecina; a la que apuñaló 150 veces a su propia madre, en Tunja, apenas hace unos meses como me contó Primitiva Suárez, una de las fiscales que trabajan en la URI. "Aquí —dijo alguien— todo el mundo tiene problemas".

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Cuando entré a tomarme la foto que ilustra este texto, y atravesé los calabozos en los cuales estaban encerrados los capturados del día, comencé a pensar que era incapaz de mirar de frente a nadie. El miedo que siente un preso cuando llega a una cárcel por primera vez debe parecerse a esa gota de sudor que me rodó por la sien cuando miré de reojo a un travesti colgado de las rejas. No mucho más. Porque después sentí frío. Y comprendí por qué muchos recién capturados bajan la cabeza.

Sin embargo, en el cuarto en donde se hace el reconocimiento en fila de personas, que tiene tres metros por cuatro y no tiene ventanas; en ese cuarto de paredes hueso, adornado por siete metros pegados a la pared (había en realidad seis, el número "7" era un pequeño papel bond mal doblado), no se puede bajar la cabeza. El reconocimiento debe hacerse en caso de que resulte necesario verificar la identidad de un indiciado, o presunto implicado en un crimen. Y con la cabeza gacha sería imposible. El indiciado y los seis falsos implicados están acompañados de dos guardias que deben mirar al supuesto culpable con cara de "yo sé quién sabe lo que usted no sabe".

El reconocimiento tiene dos mundos. Es como una adaptación barata de Alicia en el País de las Maravillas. Del otro lado del espejo está un representante del ministerio público —como garante del indiciado y de la víctima—, un miembro del Cuerpo Técnico de Investigaciones de la Fiscalía, el abogado de la víctima y la propia víctima. Es un procedimiento que se realiza después de haber hecho un reconocimiento a través de un álbum fotográfico. Cuando se hace, se deben buscar parecidos morfológicos, para tener una certeza absoluta de la identificación. Meterse en un reconocimiento verdadero es imposible pues ningún abogado defensor lo consideraría legítimo, el equipo de producción le pidió al coordinador de la URI, Germán Montoya, que nos ayudara a completar el equipo de los sospechosos de siempre. Finalmente ¿se parecían, en la película de Bryan Singer, Benicio del Toro, Kevin Spacey, Gabriel Byrne, Stephen Baldwin o Chazz Palminteri? En todo caso, y primer error de la película, un reconocimiento en fila de personas no puede tener solo cinco cuerpos: se necesitan siete. El número, aunque indagué, es puro misterio. Es y ya está: como los siete dígitos de los teléfonos, como el número de mala suerte, como las siete vidas del gato; como los siete del patíbulo; siete veces siete y punto.

Así, terminamos —cinco amables colaboradores y yo— al lado de Jimmy Ruidíaz, un detective del CTI en Valledupar, algo más bajo, trigueño, sin algún parecido físico a mí, quien me contó que precisamente ese día había llegado a Bogotá para, al día siguiente, hacer un reconocimiento en fila de un "duro" preso en La Picota. A pesar de que le insistí en que me dejara acompañarlo, me esquivó detrás de sus gafas negras y su abrigo de marinero. Días después lo llamé pero se negó en redondo a decirme de quién era el reconocimiento diciendo que yo era capaz de dar la chiva antes, y que eso daría al traste con su investigación. Jimmy me dijo además que esas "vainas no se hablan por teléfono, porque yo ya sé cómo es esa vuelta".

Poco a poco, después de haberme parado en esa fila, comencé a entender que el reconocimiento de personas tiene implicaciones distintas a las judiciales. No solo es pararse en una fila y mirar al frente. No solo es mirar a un espejo que devuelve la certeza de que ahí está uno, y que detrás de esa imagen estará, de seguro, quien lo acusa a uno. No solo es oír una voz que dice, a través de unos parlantes de equipo de sonido de los ochenta: "Número cinco, un paso al frente". No, no solo es dar el paso al frente. Ni suponer que dentro de la cabina, la víctima lo señalará a uno y dirá: "Estoy segura de que el señor vestido con chaqueta café, bluyines y zapatos cafés fue quien me agredió, quien me hizo tal cosa o tal otra y lo he visto antes en tales circunstancias y en tales otras". No, no solo es eso. Implica, quizás, algo mucho más complejo: la idea de que si uno está parado allí es porque está implicado en algo terrible. Alguien ha sido capaz de dar una descripción de uno y, culpable o inocente, uno es un indiciado, un señalado por alguien a quien también le debió pasar algo horrible. Así, que en las dos caras de este mundo de espejos alguna vez estuvieron muy cerca la una de la otra.

Para evitar equívocos, hay que decir que la jurisprudencia para el reconocimiento en fila de personas es vasta. Se decidió, por ejemplo, que no es prueba autónoma. Es más, casi siempre se realiza porque lo pide el abogado defensor para cotejar los testimonios de la víctima. Una vez esta reconoce al indiciado depende de la prueba testimonial que requiere que el testigo declare sobre algún aspecto en contra de la persona identificada.

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Ocho días después volví a la URI para hablar con Camilo León, investigador del CTI, que lleva 14 años en esa institución y cinco en el oficio de seguir investigaciones de toda índole: desde hurtos —que son los más numerosos en la URI, hasta accesos carnales violentos, o cualquier caso que llegue en su turno—. Eran las nueve de la mañana y Camilo recién llegaba. En la oficina del coordinador de la URI, Germán Montoya, me hizo un mapa de cómo se debía llevar a cabo el proceso de identificación en fila de personas. Me contó un caso reciente: un investigador de la Fiscalía fue atracado hace unos meses en su barrio. La mala fortuna de los dos hombres que lo apercollaron, se le abalanzaron encima, le pegaron una puñalada, le quitaron su revólver Llama calibre 38 y 500.000 pesos, fue que no sabían que se trataba de un hombre que se dedica, precisamente, a perseguir delincuentes. Los vecinos actuaron y capturaron a uno de los dos ladrones. El otro huyó.

Camilo estuvo al frente de la investigación. Por medio de una delación del capturado, pudieron saber el nombre de su cómplice y el barrio donde vivía. Con esa información León solicitó a la Registraduría un registro fotográfico. Como el indiciado tenía antecedentes por hurto fue fácil para la Fiscalía hacer un álbum fotográfico. Este álbum se parece a un tarjetón de votación. Por una cara tiene las fotos que previamente han sido clasificadas por la Fiscalía —todas con parecidos morfológicos con el indiciado—; por la otra, los nombres y las cédulas. Una vez la víctima reconoció a quien lo había atracado, Camilo solicitó a un fiscal una orden de captura. Con esa orden, se desplazó hasta el sector de Compartir, en Soacha, y fingió estar buscando a alias el ‘Viejo‘ para comprar un tubo para hacer un mandado. Poco a poco, León y un acompañante fueron cercando el territorio del ‘Viejo‘ hasta que a las 5:30 de la mañana llegaron a la casa de su madre y lo capturaron: horas después estaría parado en la misma fila en la que yo me paré. Para hacer ese reconocimiento fue necesario que funcionarios de la URI se prestaran a pararse al lado de un hombre que había herido a uno de los suyos. Al llegar, el ‘Viejo‘ tuvo derecho a guardar silencio y a un abogado quien de no estar de acuerdo con los falsos indiciados hubiera podido negarse a que se efectuara la diligencia. El investigador del CTI pasó las tres rondas de reconocimiento señalando a alias el ‘Viejo‘ a pesar de que este tuvo que cambiarse dos veces de posición y de ropa con sus compañeros.

Le pregunté varias veces a Camilo si no se cometían errores, si no era posible, debido a los vericuetos de la memoria, que se inculpara a alguien con un parecido físico. Me explicó que por eso se hacía primero un reconocimiento fotográfico y después uno en fila de personas. Me aseguró, con esa certitud que exhiben quienes imparten justicia, que cuando se hacía una demanda se estaba bajo la gravedad del juramento y que de ser falsa, también se incurriría en un delito. Quise imaginar un caso, mi propio caso, en el que yo era ese indiciado acusado de haber apuñalado a alguien. Pero yo no había apuñalado a nadie y sin embargo me reconocían en los dos procedimientos. Camilo no cedió. No es posible, según él, que mi fotografía y mi cuerpo físico fueran identificados dos veces con tanta certeza por una víctima. Me quedé con dudas. Salí de la URI tratando de maquinar y dispuesto a investigar un caso en el que la memoria y el reconocimiento no fueran determinantes. Internet hizo lo suyo:? La escritora norteamericana Sue Halpern publicó hace un año el libro Can‘t forgot what I forget en el que cita un brillante ejemplo de cómo la memoria "no es un archivo, sino una serie de huellas químicas que pueden desvanecerse". En el libro, Halpern recuerda el caso de un célebre experto forense de nombre Donald Thompson, quien el mismo día en que se encontraba hablando ante millones de personas en un programa de televisión fue reconocido por una mujer que fue violada. Aunque la evidencia era abrumadora, de todos modos los investigadores quisieron saber el porqué de la acusación y se encontraron con que la mujer, al igual que millones de personas, tenía el televisor prendido a la misma hora en que estaba siendo violada.

Quizá, lo pensé al salir de la URI, un día antes de Halloween, uno de los días más calientes del año en esa dependencia, las películas y los libros han contribuido a que uno se haga una imagen que roza la imaginación: ¿cómo no recordar las imágenes de Capote, Los sospechosos de siempre, las novelas de Jim Thompson, Raymond Chandler, James Ellroy? Sin embargo, el tiempo de la justicia no es ficcional. Es lento. Aburrido. No se parece a CSI. En las filas no hay un genio como Verbal Kint, Kevin Spacey en The Usual Suspects. Solo hay muchachos como alias el ‘Viejo‘ que hoy duerme el sueño de los condenados por hurto, porte ilegal de armas, lesiones personales, y tentativa de homicidio. Él ya estuvo en la fila. Ya lo reconocieron. La rueda seguirá girando y las filas se seguirán formando en una ciudad que arroja unos 1100 homicidios en lo que va del año y una centena de hurtos, lesiones personales, agresiones sexuales, a la propiedad y demás delitos diarios que no siempre requieren de procedimientos complicados. Dependen, tal vez, de una simple delación como la que permitió la captura del concejal Melo, quien jura que no mató a su esposa.

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