Primeros pelos en el corazón

Ya han pasado diez meses desde que el doctor Ernesto Andrade me sembró pelo en la cocorota, por iniciativa de SoHo, donde he publicado dos crónicas y salgo para la tercera. En estos trescientos días, tan pronto despego el ojo paso revista a mi cráneo con un espejo adelante, otro atrás de aumento y dos a los lados, en busca de ver si prospera la regeneración capilar. Algunos pelos han brotado, es cierto, hasta blancos, y también "vello de durazno", pero no es lo que me esperaba. "Todavía te hace falta mucho pelo para moño", le digo a mi reflejo, utilizando las palabras de mi padre refiriéndose a las notables fallas de algún paisano. Aunque, debo reiterarlo, el cirujano me explicó desde un principio que debería esperar al menos un año para observar resultados pilosos peliculeros sobre mi coco pelado.

Cuando en mi infancia pasaban los ‘pájaros‘ a medianoche disparando desde sus carros fantasma contra nuestra fachada, decía mi abuela que esos villanos tenían pelos en el corazón, tal vez queriendo explicar lo malos que eran. Y yo siento que el mío me está barbando. Pero qué malo voy a ser, si a lo único que aspiro es a andar tirando besitos.

Por las barbas de Cristo? Al bajar de la camilla, luego de someterme a las crueles punciones y al baño de sangre que sufrió el mártir del Calvero con su corona de espinas para redimir a los pecadores, sobre todo a "las que pecan por la paga y a los que pagan por pecar" (y no a "los que pagan por la peca", como citó erradamente nuestro presidente a la poetisa, pues "esos y esas son los que acuden donde el cirujano plástico", y así le corrigió el columnista y académico Daniel Samper P.), el doctor Andrade me hizo saber que —para que dispusiera de un adecuado refuerzo en el regenere folicular— debería emprender la ingerencia diaria de tabletas a base de Finasteride. Me recomendó Propecia como la propia. Y me alargó un papel informativo con la posología, componentes y contraindicaciones, en inglés de laboratorio que es como letra de médico. Alcancé a entender, dado que estaba en rojo, que el efecto del medicamento contempla una posible disminución en la potencia y en la dureza diamantina del instrumento, equivalente al 1%. El experto se molestó cuando le señalé tamaño peligro. Porque en esta materia soy en extremo puntilloso. Así que me pasé los primeros tres meses pensándolo. Como el pelo no prosperaba, tal vez más por la cogitadera que por la falta del fármaco, asumí su ingestión tras las siguientes reflexiones bizarras:

• Si la disminución del ardor erótico ha de ser del 1%, de cada cien polvos que me siga deparando el destino me voy a limitar a 99.

• De cada cien citas exteriores o de cada cien veces que me den la alternativa casera, voy a abstenerme de una.

• De cada cien días del año, uno lo pasaré mirando hacia el techo.

• De cada centenar de emergentes masturbaciones, una se convertirá en reposo manual.

• Nadie lo va a notar, y yo mismo no tendré nada de qué reprocharme. A lo sumo se van a quedar algunas páginas en blanco en el diario íntimo.

• Ya el público objetivo es escaso. Las nínfulas han crecido. Las crecidas están maduras. Las maduras están caídas.

• Además, con el pelo que me va a salir, me voy a dar menos ínfulas porque me irán a poner menos bolas. Y ni que fuera Giacomo Casanova, Arthur Rubinstein, Charles Chaplin, Pablo Picasso, Georges Simenon, o el infatigable Garavito, que no pudieron pasar un día sin darle rienda suelta al raudal espermático.

Comencé con Propecia para darle gusto al médico, pero me fui pasando a Folix para no disgustar el bolsillo. Recordé una ocasión en que requerí de alta seguridad en el desempeño: solicité en la farmacia condones y Sildenafil, y me dijeron que llevara Cialis o Viagra porque lo que estaba pidiendo era un genérico. No importa, les contesté, la chica de la cita también es genérica. De vez en cuando debo dedicarme a cuestiones de poca monta, como esta de abanicar el espíritu.

Purgatorio filosofal en la Sala de Recuperación

Me enfrasco en la revisión de las notas tomadas durante las ocho horas que mediaron entre las dos intervenciones, el retiro de los folículos de la nuca y su posterior implantación en la frente. El libro de las 1.662 páginas acerca de los comentarios de Borges después de cada comida durante cincuenta años de palique con Bioy Casares, lo dejo para leer en el baño turco.

10 a.m. A esta edad murió mi padre, 66, con la frente marchita. Pero altiva. Y yo volviéndola a embanderar de pelo, como si buscara repudiar la genética. Lo único precoz que tuve fue la alopecia, amén de las eyaculaciones de facto. A veces los correctivos son peores que lo incorrecto. Pero, como buen utopista, aprendí a dar la batalla contra todos los imposibles. ¿O habría que aplicar la resignación con la calva, cuando uno se convence de que ninguna otra resina hizo efecto?

11 a.m. Recuerdo el versículo que acuñó el Monje Loco, al llegar a Islanada en busca de la sabiduría: "Cuando se nos caen los dientes nos ponemos caja, cuando perdemos un ojo nos incrustamos vidrio, cuando se nos encoge una pierna nos injertamos barro, ¡en todo caso, la naturaleza la lleva perdida!". Fue allí donde comencé a perder el pelo, después de la esperanza y la inocencia, que son lo último y penúltimo que se pierden.

12 m. Soy un insensible, ay, nada me duele. Acaban de retirarme una tira del cuero cabelludo que recubre el occipital -un verdadero chicharrón con patas-, y es como si le hubieran arrancado un pelo a un pelele. Y solo estaba protegido por unas lágrimas de Xilocaína. Pero también por las manos milagrosas del cirujano y la sonrisa de seda de Carolina, su angelical asistente.

1 p.m. ¿Para qué me presto para este despliegue circense? ¿Para cubrir un recóndito sentimiento de chasco o de frustración? ¿Para prestigiar mi prosa o para levantarme unos pesos extra? El poeta X-504 escribió al final de un cuento: "Las cosas que tiene uno que hacer para ganarse el almuerzo". Y eso que él se refería a pruebas más duras, con grasa de motor al fondo.

2 p.m. He perdido el sentido del tiempo, y no solo porque dejé el reloj en el locker sino por las laberínticas meditaciones del libro que me atosiga. Comienzo a leer estas páginas con la calva de Borges, y, cuando les ponga punto final, tendré la melena de Bioy.

3 p.m. Apunta Raquel Jodorowsky: "Hasta que un día se descubre que también los recuerdos van perdiendo los cabellos". Y Vicente Huidobro: "En mi cabeza cada cabello piensa otra cosa". Y hasta Gonzalo Arango apuntó en mi peine: "Los pelos son lo de menos, lo demás es nadaísmo". Con este implante, creo, se me van a multiplicar las contradicciones.

4 p.m. ¿En adelante usaré peine o cepillo? ¿Volveré a ser posudo con los fotógrafos? ¿Aceptaré participar en programas televisivos? ¿Mandaré al cuerno mis sombreros, incluido el Cervo de El Corte Inglés? ¿Volveré a parecerme a mi cédula, expedida en 1961?

5 p.m. Dicen los sabios esotéricos que el alma va tomando la forma de los cambios del cuerpo. Según esto, ¿estaré transgrediendo lo que llaman el espejo del alma? ¿Será ya definitivamente calvo mi espíritu? Entre las dos entidades que me componen, ¿se sucederá un choque de trenes? ¿Me reconocerá el que no me conoce? ¿Deberán volver a presentarme a quienes creían que me conocían? ¿Quedarán anuladas todas mis relaciones de calvo? ¿Deberé desprender del álbum los retratos de media vida? ¿Tendré que ponerme a la defensiva de liendres y piojos? ¡Qué caspa!

6 p.m. Tengo que agradecer que esta melena me la factura la literatura, única actividad en el mundo que me lo ha dado todo, incluido lo que me falta. Me ponen dos mil pelos nuevos en trueque por dos mil oraciones gramaticales y me enciman veinte millones. Y después se quejan los poetas de que la poesía -como si fuera un sinónimo del crimen- no paga.

7 p.m. Me he quedado dormido con el pesadísimo tomo de Borges sobre mi pecho, mientras siento que me desangro. Me despiertan para llevarme, rodando en la camilla, a la sala de implantaciones.

Retorno a la realidad descubierta

Los primeros meses cubrí mi campo de batalla recién minado con todo tipo de sombreros, hongos, chisteras, bombines, bonetes, gorros, cachuchas, boinas, kepis, cascos, tricornios, chambergos, monteras, pamelas, cofias, escarcelas, chichoneras, tocas, solideos, capelos, galeras, pañoletas, mitras y caperuzas, para protegerme del sol, de la lluvia y de las miradas. De los rayos ultravioleta y de las descargas de los azores. De la compasión de las almas buenas y de las burlas de los amigos.

Pero por sofisticado que fuera el elemento protector de la testa, y el lugar donde me hallara, la sala de mi casa, mi estudio, el bar, el restaurante, la biblioteca, el museo, el consultorio, el periódico, el teatro, y hasta en la propia vía pública, cada vez que me encontraba algún amigote de confianza o un simple conocido o desconocido lector de mis escritos, debía someterme al interrogatorio acucioso de que cómo me marcha el pelo, si de verdad me está creciendo, si me siento a gusto o frustrado, si voy a demandar y por cuánto. Y que por qué no les mostraba cómo iba la cosa para ellos darme algún concepto o consejo. Y cada uno con su cuento. Que a un vecino le creció pelo pero se le volvió a caer. Que a otro no le creció y el despecho lo volvió gay. Que a otro lo dejó la mujer porque le pareció un bisoño con bisoñé. No falta el confianzudo que me despoja del gorro para meter sus narices en mi maraña.

Ni hablar del peluquín. Resolví confinar todos esos sombreros al clóset y salir a la calle como Dios me echó al mundo, con la cabeza en pelota, a exhibir los lentos progresos de la implantación capilar tal y como se van presentando.

De paseo con el fotógrafo

Me sorprende el fotógrafo Carlos Vásquez, en mi cotidianidad de poeta en mi masajeo. Que es en lo que utilizo ahora las manos con las lociones. En el jardín de mi estudio, único lugar donde ando con sombrero para barrer las hojas del saúco y acariciar la pelamenta nevada de mi conejo Playboy, que es el único que anda escamoso.

Luego me enfoca en pleno parto de este informe frente a la computadora portátil; allí encuentro un mensaje del director de SoHo aclarándome que si no se han publicado las crónicas con la periodicidad pactada es porque no se ve progreso en las fotos y que se volvería "ruido" la publicación de la cabeza igualmente rala trimestre tras trimestre; que si la cosa no prospera me dirija al galeno plástico a cuestionarle qué pasa, pues es él quien está arriesgando el éxito de su cirugía; el doctor Andrade me recibe muy cortés en la Clínica del Chicó, me revisa los progresos de su pilera sobre mi casco de marfil, por no decir bola de billar, que me ha sacado hasta canas, me dice que voy viento en popa, pero ante mi reclamación de que arriesgo, no solo a quedarme con los crespos deshechos sino con mi trabajo literario inconcluso, el doctor Andrade me ofrece que si —al cumplir el año— ni él, ni SoHo ni yo nos sentimos satisfechos, él me repite la intervención off the record de la revista, por su cuenta y riesgo.

En vista de esta seguridad de que voy a rescatar mi pelo perdido, me dirijo más contento que el profesor Moncayo después de su entrevista con Hugo Chávez a la barbería del Chicó, donde el señor Cáceres blande unas poderosas tijeras que suenan mochando el aire para crearme la ilusión de que está peluqueando mi melena recuperada, sacude el trapo blanco pero ni un mechón cae al suelo; enseguida paso por la preciosa galería de arte La Cometa, recientemente reinaugurada, donde ‘piso‘ una obra de Le-Parc con el importe de esta crónica; escancio un café en una esquina del parque de la 93 a ver si algún levante me cae; y cuando me resigno a que este será uno de los tres, coma, sesenta y cinco días del año en que me va a tocar abstinencia, castidad, continencia, me devuelvo con el rabo entrepernado al estudio, a ponerle fin a este artículo porque si no llega ya, a lo mejor también me lo peluquean.

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