En aquel tiempo (noviembre de 1974), dijo la Chiva Cortés a los miembros de la junta directiva del Club Independiente Santa Fe: "Debemos escoger un símbolo o mascota que identifique a la institución". En efecto, no era propio de un equipo fundado por librepensadores, bohemios y exiliados españoles, entre otros, que lo ayuntaran con la sibilina mansedumbre de los purpurados, como ocurría hasta entonces.

Bien estaba que se llamase ‘Monaguillos‘ a los juveniles; pero apodar ‘Cardenales‘ a los del equipo profesional no ajustaba con el temperamento engallado del primer campeón colombiano. (Los 5 apodos más absurdos del fútbol colombiano)

(Fue providencial. ¿Se imaginan lo que nos gritarían ahora en la tribuna si tuviéramos a los Cardenales arriba y los Monaguillos debajo)

La junta se lanzó a buscar aquel símbolo del equipo que iba a atraer a los niños y ofrecer una imagen de poderío. Alguien se fue por el lado de los animales nativos y propuso el copetón. Pero el apelativo ‘los Copetones‘ sugería el frecuente estado etílico de algunos miembros de la junta y más de un jugador, y fue rechazado. Otro mejoró el pájaro y propuso al mirlo. Un escéptico liquidó la iniciativa alegando que si Millonarios adoptaba el gato, adiós mirlo.


Se mencionó al venado, cérvido que abundaba en la Sabana en épocas precolombinas. Lo desechamos por el enojoso factor cuernos. También cancelamos ‘los Chivas‘, justo homenaje a la Chiva Cortés, porque ya había otro equipo en México así llamado y porque a la chiva la monta el chivo. Y al chivo, porque se lo traga el puma. Y al puma, el jaguar. Y del chivo al puma, del puma al jaguar y del jaguar al tigre llegamos al que debió haber sido nuestro punto de partida: el león, el más temible, el de más garra, el rey de los animales.

Aprobado por una unanimidad: un león sería la mascota del Santa Fe y recibiría el nombre de Monaguillo, para honrar la tradición. Enseguida se comisionó al distinguido miembro de junta don Daniel Samper Pizano para que consiguiera la fiera con la mayor rapidez posible y la pusiera en manos de la honorable junta directiva.

Fue así como empezó mi aventura con Monaguillo, el legendario león de Santa Fe.

Mi primera gestión fue buscar en Colombia, Suramérica, un cachorro de león. Al cabo de numerosas llamadas detecté en el zoológico de Pereira a Conchita, una leona que se disponía a dar a luz en el florido mes de mayo. El veterinario del zoológico, varón encantador, prometió entregarme la cría dos o tres semanas después de que hubiera nacido. ¿El precio? "El precio es lo de menos", dijo. Acabamos transando por lo que costaba entonces un perro bóxer. (Santa Fe campeón: Crónica de camerino)

He debido desconfiar de tanta generosidad. Solo después me enteré de que los zoológicos se desesperan con la abundancia de leones nativos, que pululan porque el león monta a la leona en celo cada veinte minutos durante cinco días. Así, no solo conseguimos un símbolo de garra futbolística sino de poderío sexual, algo que omití en la junta para no acomplejar a sus miembros.

El 13 de mayo de 1975 nació Monaguillo y dos semanas después viajé a recogerlo desde Cali, donde viví durante un año. Me acompañaba en el campero Luis Fernando ‘el Míster‘ Martínez (q.e.p.d.), buen amigo y fiel santafereño. Llevábamos una jaula de perro grande, un lazo y una silla Tonet, porque yo había visto que los domadores de circo someten a los leones con un asiento. El veterinario y sus asistentes lo despidieron con lágrimas. Luego supimos que lloraban de alegría.

Era un cachorro precioso y juguetón que desafiaba las leyes de la hidráulica, pues dio en la balanza doce kilos y cada día orinaba siete litros y cagaba cuatro (1 litro = 1 kilo), pero no bajaba de peso, sino que subía. Lo alojamos mi mujer y yo en nuestro apartamento, a la espera de una avioneta privada que nos aceptara a los tres como tripulantes. Mi santa esposa se encargó de cuidarlo a punta de biberón y chuletas tiernas mientras yo trabajaba. Monaguillo era inofensivo, pero peligroso.

Sus demostraciones de afecto nos producían pavor. Un manotazo cariñoso podía significar mastectomía doble o vasectomía radical. En cuatro días bebía en leche y devoraba en carne lo que me pagaban por quincena en El Pueblo y, como el alimento cumplía un proceso natural, muy pronto empezaron a protestar en el edificio por el famoso olor a león, cuyo evidente origen comprobamos entonces. (El gol de la vida de... Ómar Pérez)

Doce días después, cuando el barrio entero se quejaba, un amigo rico nos llevó a Bogotá en su avioneta. Todavía están desinfectándola. Injertados de Tarzán, todos en Santa Fe esperaban al pequeño ‘Numa‘. Se le construyó un hábitat especial en un patio y una jaula motorizada para llevarlo al estadio, donde saltaba al campo entre ovaciones de la tribuna en brazos del zaguero Rafael Pacheco.

Rugía el león cuando había reunión nocturna de junta y solo lo acallábamos tirándole por la ventana sándwiches de queso y presas de pollo mordisqueadas. Monaguillo se volvió tema internacional, inspiró un célebre cuento a Fontanarrosa y estremeció con sus rugidos el vecindario. Cierta tarde amenazó desde una tapia a los niños del colegio vecino y otra destrozó la ventana del baño de emergencia de un zarpazo.

Pero aquel año santo, estimulado por el brioso orgullo del león, Santa Fe ganó su sexta estrella.

A principios de 1976, las autoridades municipales, sobornadas por directivos del equipo rival, nos exigieron el permiso de portar leones y no lo teníamos. Fue preciso entregarlo en comodato al zoológico Santa Cruz, un lugar amable en tierra templada. Allí fue la estrella del parque y allí vino a morir, varios años después, por culpa de un error médico. Pero vive como leyenda y como símbolo.

Desde entonces Santa Fe no es campeón y mi casa ha perdido encanto y aroma.

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