No me gusta ir a lugares pobres porque nací en uno. No disfruté Sudáfrica ni Ecuador ni México ni Brasil; no sueño con ir a ningún país centroamericano, y menos pegarme el viaje hasta Vietnam, Tailandia o Indonesia. A mí hábleme de Europa, Estados Unidos y Canadá, Japón y Australia, que para pobreza nací y vivo en Colombia. Ah, y fui una vez a India.

India es otro mundo, nada se le parece, allá las leyes de la lógica y de la vida no aplican. Es una potencia económica, un mercado emergente que no para de crecer, pero al mismo tiempo 800 de sus 1200 millones de habitantes son pobres; es decir, 20 veces la población de Colombia. Todo son contrastes: al lado de un concesionario de Rolls-Royce puede haber un lote abandonado donde las personas hacen sus necesidades a la vista de todos; la gente se muere de hambre, pero no se comen a las vacas; es centro mundial de espiritualidad, pero se maltrata a las mujeres y a los niños; tiene una de las redes ferroviarias más grandes del mundo, pero con infraestructura y tecnología del siglo antepasado.

Si uno vive en Bangladesh o Pakistán y quiere pasarse por India a ver qué es eso, vaya y venga, desde esos lugares se puede llegar hasta a pie. Pero vivir al otro lado del mundo y tener que coger mínimo dos aviones y volar 24 horas para llegar a un roto peor que la propia casa… eso no tiene sentido. Desde el aterrizaje empieza uno a preguntar cuándo empezará lo bonito, pero el punto es que nunca empieza. Del Taj Mahal para abajo, toda obra o paisaje espectacular está rodeado de podredumbre y dejadez. Y si aquí tenemos mototaxis, allá está el autorickshaw, una especie de motoneta Piaggio para pasajeros más inestable que el precio del petróleo. En ese país hay más autorickshaws que gente, lo que hace del tráfico un caos. Si usted maneja en India, es capaz de manejar hasta en Bogotá, con los ojos cerrados y en reversa.

¿Protocolos de higiene? Ninguno. Es más limpia la playa de El Rodadero en Semana Santa que cualquier ciudad india. Allá, la gente come con una mano y se limpia el culo con la otra. Y si tuviera otra, con esa se sacaría los mocos, todo al mismo tiempo. Además de cochina, la gente es ladrona, pero ladrona de poca monta. Es tal la necesidad que se regalan por cualquier moneda, literal. Uno va por la calle y caen en manada para vender lo que sea y ofrecerse como guías. Al tercer día de estar allá opté por hablar solo en español. Prefería estar solo, perdido, y que no me entendieran a tener que aguantar una fila de gente pidiendo plata. Ni hablar de la comida, el olor a curri que penetra hasta los huesos, la aglomeración en todos lados y las calles forradas en estiércol.

Por eso, no entiendo la fascinación por ese país. Los occidentales viajamos a India dizque a encontrarnos con nosotros mismos, como si allá se nos hubiera perdido algo. También están los que se las dan de veganos, hacen yoga y meditación; no digo que no sirva, pero son deshonestos, envidiosos, hipócritas, se juran espirituales y tienen dos carros, un clóset repleto de ropa que no usan, toda la línea de productos Apple, y cuando llega el fin de semana, se matan a punta de fiesta, licor, droga y cigarrillo, y se acuestan con el primero que se les cruza. Encima, creen que la respuesta es irse seis meses de retiro a India porque con eso compensan los excesos y el desorden de vida que llevan. Y aunque aplica también para los hombres, no paro de sorprenderme cuando oigo a una mujer decir que quiere ir a India a crecer como persona, cuando todos los años allá violan, secuestran, queman vivas y atacan con ácido a miles de ellas.

No le estoy diciendo que no vaya a verlo con sus propios ojos, tampoco digo que si ya fue y le gustó, no vuelva. Yo estuve una vez y no regreso ni a reclamar una herencia; porque para viajar, conocer y descansar hay lugares más bonitos, más baratos, más cómodos y más cercanos. Y porque en pobreza y caos, ni Colombia supera India.

@azableh

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