A esta hora los curripacos duermen. O eso parece. El sol del mediodía calienta en lo más alto, como un tizón allá arriba, mientras acá abajo —sur de Guainía, frente a Venezuela, muy cerca de Brasil— el caserío permanece aletargado y vacío. Son 60 casas con paredes de bahareque o tablas, techos de palma o zinc, habitadas por descendientes de la etnia arawak. La comunidad de Cangrejo, junto al río Negro, suele ser un vaivén permanente de hombres y mujeres cuyas vidas discurren como ese cauce de aguas oscuras. Pero a esta hora —12:05, decíamos— nadie camina por sus calles desiertas.

Iginia Pinto no tiene tiempo para descansar. Desde esta mañana, con su hija y varios nietos, se instaló dentro de una choza dispuesta a tostar 100 kilos de mañoco. A ratos con parsimonia, a ratos con violencia, Iginia mueve la harina de yuca sometiéndola al calor salvaje que arde bajo el budare de hierro. Iginia ronda los 70 años, es menuda y parece frágil, pero aún tiene fuerzas para cocinar de pie durante horas. Para alimentar la brasa como un fogonero, con palos gruesos que recogen los niños en los terrenos cercanos.

El fuego no ha dejado de arder durante la faena de hoy, y el espacio dentro de la choza se ha llenado de una ceniza fina que flota en el aire. La luz del mediodía hiere la penumbra, se cuela entre las varas de las paredes y las sombras proyectadas dibujan líneas temblorosas en el piso de tierra cruda. Inmune al bochorno, Iginia cocina sin decir palabra.

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En el extremo sur del río Negro, que aquí es la frontera natural con Venezuela, del lado colombiano sobresale un pueblo entre todos los caseríos de la zona: San Felipe hace las veces de capital. Tiene solo cuatro calles, pero es el único con comercio, escuela, iglesia y puesto de salud. En su periferia, siempre junto al río, hay 21 comunidades indígenas (todas muy limpias, con patios despejados y chozas distribuidas bajo árboles antiguos), la mayoría habitadas por curripacos, y unas pocas donde viven también los yerales, indígenas venidos de Brasil.

Con frecuencia, cuando necesitan comprar o vender algún insumo, los nativos viajan por el río en curiaras (botes largos y delgados hechos a partir de troncos) de remo o motor hasta San Felipe. Allí hacen sus diligencias y vuelven a sus aldeas antes de que caiga la noche. Los pobladores de estas comunidades suman un millar de habitantes.

La historia del Bajo Guainía —todos los pueblos ubicados entre Puerto Colombia y Brasil— está ligada al comercio del caucho y del fique. Pero también, como suele ocurrir en toda frontera, al contrabando de mercancías. Multitudes de desplazados y buscavidas diversos llegaron a este lugar atraídos por la esperanza de riqueza súbita. Había dinero entonces, todo estaba permitido y en San Felipe prosperaron cuatro prostíbulos y varias discotecas. Muchos “emprendedores” de origen dudoso —es decir, traquetos— amasaron fortunas. Más tarde, cuando llegó la ley (armada y ejército), se produjo una estampida. Y ahora, repartidas por todo el pueblo, se ven sus casas estrambóticas, que duermen en silencio el largo sueño del abandono.

A pocos pasos de San Felipe, cruzando un desvencijado puente de madera, entre cultivos de yuca amarga, está la comunidad de Cangrejo.



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El mañoco —el oro de la selva— es una harina grumosa que se produce a partir de la yuca amarga. A diferencia de la dulce, esta hay que manejarla con sumo cuidado: contiene cianuro y es preciso extraerlo antes del consumo. De la yuca se conocen más de 50 variedades, y para los curripacos tiene una ventaja primordial: en esta selva húmeda se cultiva durante todo el año.

En su libro Datos etnográficos de Venezuela, el naturalista Lisandro Alvarado describe así el proceso de elaboración del mañoco: “Rallan la raíz (de la yuca) lo mismo que para fabricar casabe, y mezclan enseguida la masa con un fermento especial, a fin de que pueda el mañoco conservarse largo tiempo sin alterarse, y de que adquiera un sabor acídulo conveniente al gusto de los indígenas. Esta levadura se prepara de antemano poniendo en un catumare (vasija de palma) cierta porción de raíces para mantenerlas en remojo hasta que, reblandecida y fermentada, la sacan, descortezan y deshacen, volviéndola una masa homogénea, que es la que mezclan con la raíz rallada, en la proporción de una parte de morojói (así llaman a esta levadura) por tres de raíz rallada, teniendo cuidado de que al efectuarse la operación no haya en las manos herida alguna, ni escoriación. Échase la mixtura en el sebucán (una manga), prénsase, despójasela del yare (líquido amargo), y enjuta ya la masa y convertida en un largo cilindro, sácanla y pónenla en una guapa (cesta) grande en donde la desbaratan, convirtiéndola en una harina basta y gruesa, que tamizan y despojan de las partículas fibrosas. Cernida la harina, viértenla sobre un budare puesto al fuego, cuyo borde sobresale como cuatro dedos de alto, y con una paleta de madera van removiendo la sustancia para que se tueste con uniformidad y deje escapar, en forma de vaho denso y blanco, los restos de humedad y de zumo tóxico (ácido prúsico) que encierra, y también para que adquiera un color amarillo dorado y su final consistencia. En tal estado se guarda y se almacena”.

Los indígenas del triángulo amazónico que comparten Colombia, Venezuela y Brasil, consumen el mañoco y confían en sus virtudes desde antes de que llegara Colón a estas tierras. La yuca, dicen, es buena para la digestión y ayuda a combatir infecciones; también reduce la inflamación, alivia el estreñimiento y los trastornos digestivos; mejora la artritis y disminuye el dolor en las articulaciones; mitiga el dolor de cabeza, elimina las erupciones de la piel y reduce el colesterol; contiene vitaminas A, B y C; aporta calcio, potasio, fósforo, hierro, manganeso, cobre. Y, por encima de todo, contiene almidón: una gran fuente de energía. Justo lo que se necesita para sobrevivir en la selva profunda.



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Melvino Arias, un líder curripaco, es nativo de San Felipe, pero emigró y vive en la comunidad de Coco Nuevo, ubicada a pocos kilómetros de Inírida. Melvino conoce el movimiento del mañoco desde que nació allá junto al río; hoy vive preocupado por las amenazas que enfrenta su comercialización.

—Antes nos iba bien, porque en los tiempos de bonanza los venezolanos compraban mucho mañoco; ellos nunca se dedicaron a hacer: compraban. Ahora, con el cambio de moneda, en este momento hay una de las peores crisis que ha habido. Los venezolanos eran los principales clientes, pero eso se acabó. Y en nuestras comunidades hay una afectación, porque el mañoco sigue siendo la principal actividad de los nativos.

Esta tierra sufrió un éxodo. Hace 15 años, quizá un poco menos, varios centenares de indígenas abandonaron la zona y cruzaron la frontera rumbo a Venezuela, cuando ese país era todavía un destino favorable. Pero la revolución chavista dañó las cosas. Hace cinco años empezó una nueva migración, esta vez en sentido inverso: los colombianos que se habían ido están ahora de regreso. Y a ellos se han sumado muchos venezolanos desesperados.

Algunos nativos venden su producción de mañoco en San Carlos, un pueblo de Venezuela ubicado frente a San Felipe, en la otra orilla. Otros viajan con los costales hasta Maroa, un pueblo venezolano, más bien fantasma, ubicado a casi cuatro horas de navegación río arriba, en lancha rápida o “voladora”. Pero los comerciantes de la zona, colonos venidos de otras tierras, son los únicos que tienen la capacidad de llevar mañoco en cantidades hasta Inírida.

Para sacar la producción hay dos rutas —dice Melvino—, y las dos son complicadas. Por el pueblo de Yavita es la más fácil: hay que viajar por los ríos y hay que cruzar ese pedazo, que es territorio de Venezuela (una trocha de 30 kilómetros por tierra). Pero después de 1 o 2 toneladas, ya no se puede en lancha y toca coger la trocha de Huesitos: 80 kilómetros muy difíciles. Ahorita son 13 horas de recorrido, porque está muy mala esa vía. Millón y medio cobran los tractores por cruzar. Por eso a veces es preferible venderles a los venezolanos, que están ahí mismito, al precio que paguen.

Melvino dice que lo urgente es reparar la trocha de Huesitos: con eso mejoraría la vida en las comunidades. Muchos paisanos, dice, se han sacado la nacionalidad venezolana para cruzar el atajo en suelo extranjero y evitar problemas con la autoridad. Si alguien decide hacer el viaje solo por tierra colombiana, debe navegar el río Negro hacia arriba, ahí tomar la desembocadura del Casiquiare y salir después al Orinoco; desde allí debe bajar hasta San Fernando de Atabapo, el punto donde estuvo Humboldt, y de ahí caer finalmente a Inírida. El viajero gastará más o menos cinco jornadas navegando de día: de 6:00 a 6:00. Pero eso es en invierno, porque en verano son ocho días de travesía.

Huesitos, sin embargo, es una ruta peor, y la más costosa. Pero a veces es la única. Melvino: “Por ahí toca pagar hasta tres millones ida y vuelta, más el combustible. El desplazamiento es complicado, aunque sea buen negocio”.



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Entre Inírida y San Felipe, un par de veces al mes, viaja un avión que transporta suministros pagado por comerciantes del pueblo. A veces, en esa pista deteriorada, aterrizan vuelos oficiales y avionetas enviadas por algún servicio de salud. Pero estas son oportunidades infrecuentes. Lo único seguro ­—desde siempre y para siempre— son los ríos y sus caudales veleidosos. En invierno, cuando la corriente sube 10 o 15 metros, los cauces se vuelven senderos anchos (500 metros de orilla a orilla) de fácil navegación: bajo el agua se oculta la amenaza de las rocas grandes, y las corrientes traicioneras prácticamente cesan. En verano el agua baja, los obstáculos aparecen y el tránsito se convierte en una odisea. Los motoristas, que conocen todos estos ríos, evitan los tramos más peligrosos saliéndose del cauce: a cada rato los viajeros tienen que abandonar los botes para sortear los accidentes a pie. Deben bajar la carga, echársela al hombro y caminar con ella antes de abordar la lancha en un punto más seguro. Y todo el transporte es así, siempre atado a los caprichos de la corriente.



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Iginia repite la ceremonia del tostado un par de veces por semana, y todos los miembros de su familia viven de esa actividad. A medida que mueve la paleta sobre el budare, parece que poco a poco va alcanzando una especie de trance: en su rostro no hay expresión; no hay fatiga, tedio ni dolor. Tampoco placer. El trabajo de Iginia es pura rutina y su cara, llena de surcos profundos, mantiene siempre un gesto pétreo con la mirada fija en la harina. A ratos pone la mano encima y verifica la temperatura, o coge con los dedos un puñado y se lo lleva a la boca: prueba el material para estar segura de que todo marcha bien.

Mientras Iginia cocina, su hija me ofrece por fin una taza llena de mañoco cocido y agua. Con una totuma, imitándolos, voy sorbiendo pequeñas cantidades como quien come cereal por la mañana. El gusto es amargo y las pepitas de harina crujen en cada mordisco. Es un sabor que exige curiosidad y costumbre, pero la descarga de energía es evidente.

Así, cucharada a cucharada, voy consumiendo el oro de la selva: el alimento difícil que los indígenas curripacos le arrancan a la tierra desde hace siglos. Entonces pienso en el origen de lo que estoy llevando a mi estómago: en la piel fuerte y rústica de la yuca amarga; incluso en la violencia de su veneno —a veces inofensivo, pero siempre latente—. Y así entiendo por qué el mañoco es el principal bocado de toda esta etnia empecinada: no puede haber para ellos, gente recia, un alimento más apropiado.

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