Eran como las 9:00 de la mañana y estaba a punto de abandonar la habitación del hotel, a dos pasos de la sede de la FNPI en San Juan De Dios, Cartagena, para ir a dar mi clase habitual. Minutos antes le había comunicado a la mucama que estaba pronto a salir. No sé si llegué a tocar el pomo de la puerta cuando sentí en la cara la mayor radiación de calor, instantáneo, ignífugo, calcinante, que había experimentado en mi vida; como si me ardiera una estufa eléctrica entre pecho y espalda. No era exactamente dolor, sino más bien un tren que descarrilaba en mi interior, una bocanada de fuego en la frente, una electrocución voltaica que me cegaba. Pero seguía sin sentirme de verdad asustado. Era, quizá, como cuando Adán y Eva vieron y sintieron llover por primera vez. Algo molesto, sorprendente, extraño, pero inevitablemente pasajero. Jamás pensé que estuviera a punto de morir, error que no estoy dispuesto a cometer, si no me consta que tenga un cura en las cercanías. Volví sobre mis pasos y me derrumbé encima de la cama como un trapo arrugado, y solo entonces fui húmedamente consciente de que sudaba como nunca en mi vida, tanto es así que por la tarde tuve que tirar la camisilla que vestía, porque era un guiñapo tan empapado como si hubiera pasado un día entero en la sauna; pero tampoco entonces me puse nervioso, porque sabía que la mucama estaba a punto de llegar. La chica fue la que llamó al médico del hotel, quien, por cierto, aseguró que era o había sido médico personal de Gabo, ‘Gabito’, como dice su hermano Jaime García, ingeniero. Con tacto extraordinario, porque la sudadera no cesaba, el galeno de servicio me comunicó que aquello que yo sentía no era reflujo, aunque prefirió dejar que fueran los especialistas quienes entraran en mayores precisiones. Poco de dos horas más tarde y acompañado en taxi por el amable subgerente del establecimiento, llegaba a una clínica privada, propiedad, no por azar, del propio médico del establecimiento, que estaba casi a la orilla del mar, allí por el paseo que llega hasta El Laguito. Me encontraba enormemente fatigado, todavía relativamente sudoroso, pero sin dolores detectables en parte alguna de mi organismo. En la clínica me obligaron a sentarme en una silla de ruedas en la que circulé, rigurosamente arrastrado y vigilado, durante los cuatro días que permanecí en la UCI del centro sanitario. Yo continuaba empeñado en que solo tenía reflujo. Y fue el doctor Orlando quien, una vez instalado en mi habitación de paciente de pago, me comunicó la nueva. “Caballero, lo que usted ha tenido ha sido un infarto de miocardio agudo”. El atento facultativo aclaró que si la sacudida me hubiera afectado cualquier otra parte del corazón que no fuera un ángulo determinado, por lo visto el mejor preparado para soportar agresiones intempestivas, el caso podía haber sido de siniestro total. Durante los cuatro días que estuve hospitalizado solo pude fumar un cigarrillo, escondido en el cubículo de la ducha. Pero ya en el hotel pude reanudar sin secuelas aparentes el diario consumo, que sigue hasta hoy, solo que con menor frenesí, puesto que, me dije, la copiosa ingestión medicinal que me habían recetado y que aún cumplo escrupulosamente, tenía cuando menos que servir para contrarrestar los efectos de la nicotina. Semanas más tarde, en el avión de regreso a España leí el historial clínico que llevaba conmigo para mostrar a la ciencia médica madrileña, que empezaba diciendo: “El paciente presentaba aspecto de muerte inminente”. Entonces fue cuando de verdad me entró el pánico.

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