La mayoría de las mujeres son medio brutas. Todas o casi todas. Y se dejan deslumbrar fácilmente. ¿La razón? Los hombres somos igual de estúpidos. Todos o casi todos. Y solo hablamos pavadas. Ellas ya lo saben y eso es lo que esperan: una invitación al restaurante de moda, una conversación que gire alrededor de historias de oficina, viejos amores y las notas de farándula: Uribe Vélez, Gwyneth Paltrow o Pamela Anderson; también un par de cumplidos: “¿Vas al gimnasio? Se te nota... ¡tienes un cuerpazo!” O: “¿Esos ojos son de verdad?” Siempre pavadas. Siempre estupideces. Y no siempre funcionan: sólo Brad Pitt puede darse ese lujo. A veces —no todas son brutas— es necesario cambiar el discurso y el escenario.

Esta es la situación. Conoce a la mujer de su vida: tiene unas piernas tan largas como las de la Venus de Botticelli, un trasero tan firme como el de la Venus de Milo —de piedra—, y una cuenta de banco tan grande como la de Venus Williams. Es perfecta y no vale la pena pasar por idiota; lo mejor —así usted sea otro idiota— es convertirse en un tipo “interesante”.

Invítela a almorzar. Llévela a Mi Viejo, un restaurante argentino junto a la Casa de la Moneda, donde está la Colección Botero; o a la cafetería del Museo Nacional. En ambos lugares la comida es buena y el escenario resulta ideal. Antes de comer, como quien no quiere la cosa, dígale que por qué no dan una vuelta por la Colección. Que es temprano y que todavía no tiene hambre.

A las mujeres, en general, les gustan los impresionistas. Ya sabe: Monet, Manet, Renoir, esos tipos que pintaban como si vieran borroso y eran felices vistiéndose de pescadores y parándose frente a un lago para trabajar. En la Colección Botero hay unos cuantos, y en el Museo Nacional y en la colección del Banco de la República hay un representante colombiano: Andrés de Santamaría. Cuando llegue a sus cuadros háblele de su último viaje a París y de su paso por los dos museos con más cuadros impresionistas: d’Orsay y l’Orangerie. Diga algo de Van Gogh —que se cortó una oreja, que terminó loco y que se pegó un tiro en el estómago— y corte. Busque alguna relación entre Santamaría y sus maestros franceses, la que sea, buena o mala, y luego pregúntele su opinión; escúchela y deje que hable de cada obra. Si ella dice “no entiendo nada”, dígale que no hay que entender, que solo hay que ver y atrapar algo; déle un ejemplo tonto, saque cualquier comentario: “definitivamente Botero es un maestro en los volúmenes”. Ni siquiera necesita ser sofisticado, puede limitarse a un “¿cuánto costará cada cuadro?” Después vaya al restaurante y pida buen vino. No se quede con la conversación que acaba de tener en el museo, hable del clima, de Schwarzenegger y de Uribe Vélez. Invítela a su apartamento. Dígale que tiene una buena colección de arte. Si la tiene, perfecto. Si no, puede mostrarle sus afiches: el de Monet, el de Picasso, el de Basquiat. Si ya la llevó a su apartamento, y ella no está fisgoneando en su pinacoteca, ya no le importa si usted es dueño de un Obregón, de un Jacanamijoy, de un Beatriz González, de una instalación de José Alejandro Restrepo o de un dibujo de Ana Mercedes Hoyos. Para ese entonces puede estar mostrándole sus mejores libros o presumiendo de su Nadín Ospina o su María Fernanda Cardoso, que a ella no le importa; a esas alturas ya no le interesa aprender más de arte. Quiere saber qué tan ordenado es, qué hay en la gaveta del baño (cerciórese de no tener nada de una ex novia, alguna crema hidratante, algún tampax. Borre las evidencias).

Porque a esas alturas lo que ella quiere saber es si usted tiene la energía sexual de Picasso o por lo menos el cuerpo de una escultura griega. Por favor: no deje que piense que usted es un Andy Warhol en potencia.

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