Para entrar en Kazajistán hace falta un visado. Sea usted de donde sea, tiene que someterse a un implacable interrogatorio. La primera pregunta es: "¿Cuál es su nacionalidad?". Por si trata de engañarlos, la siguiente es más suspicaz: "¿Su pasaporte ha sido emitido por su país de origen?". Y por si las moscas, rematan con una pequeña herencia de estilo de la KGB: "¿Le permiten a usted regresar a su país de origen?".

Veinte años han pasado de la caída del muro, pero nada ha cambiado en la ex república soviética, ni siquiera el líder: a Nursultan Nazarbayev lo llaman el Primer Presidente de la Democracia, pero ya estaba ahí desde antes, cuando era secretario general del Partido Comunista. Desde entonces ha ganado todas las elecciones con un indiscutible 98% de los votos. Y cuando el mundo reviente y se convierta en una gigantesca bola incandescente que marcha a la deriva por el cosmos, Nursultan Nazarbayev seguirá ahí, velando con magnanimidad por el destino de los ciudadanos kazajos.

El saborcito estalinista se siente desde la llegada al aeropuerto de Astana, donde mis maletas tardan una hora y media en aparecer, todo un récord considerando que son las cuatro de la mañana y ningún otro vuelo llegará a la ciudad hasta las doce. Trato de preguntar por mi equipaje a los amables oficiales tocados con esos kepis de look norcoreano tamaño platillo volador. Pero ni ellos ni el resto de la población hablan ninguna lengua aparte del ruso de toda la vida o un rudimentario kazajo. Comprendo que no es nada personal. No soy su única víctima. La mitad de los pasajeros del avión conversan tranquilamente y fuman, acostumbrados a esa eficiencia y ese trato con el cliente genuinamente marxistas.

De haber llegado en invierno, habría apreciado el espectáculo de la estepa, una infinita llanura cubierta de nieve que no termina hasta donde llega la vista. Pero estamos en julio, y solo quedan los mosquitos y el monumento a Gengis Kan, fundador de la patria. El resto son complejos residenciales diseñados por Kruschov y carteles del Primer Presidente de la Democracia, obras públicas del Primer Presidente de la Democracia, incluso dos —no uno sino dos— museos dedicados al Primer Presidente de la Democracia.

Afortunadamente, al llegar a mi hotel veo un anuncio de "pool", y pienso que puedo pasarme los días ahí, bebiendo vodka y leyendo. Después de instalarme y dormir un poco, decido darme un chapuzón. Sigo las señas de la recepcionista —porque en el hotel tampoco hablan inglés— y me interno por un oscuro pasillo, al final del cual temo encontrar a dos mafiosos tatuados y armados con manoplas. La "piscina" es más bien un pozo cúbico de 4x4x4 metros, techado y sin ventanas, solitario como un refugio atómico y probablemente lleno de plutonio líquido. Comprendo que no tendré más remedio que salir a pasear.

El nombre de Astana es un prodigio de la creatividad centroasiática. Significa "capital". Hace diez años era solo un pueblito minero, hasta que el Primer Presidente de la Democracia decidió instituir ahí el faro que alumbraría al mundo. Con el dinero de gas y el petróleo contrató a Norman Foster y creó una ciudad imperial en medio de la nada, con un centro de convenciones gigante en forma de pirámide, un palacio de estilo neoclásico musulmán rococó y una calzada de los dioses flanqueada por gigantescas torres doradas. Pero todo aún sin terminar, y por lo tanto, deshabitado. Los suntuosos edificios parecen cadáveres de lujo.

En medio de ese despliegue arquitectónico se encuentra el monumento nacional Baiterek, un mirador de doscientos metros de altura. En la cúspide del Baiterek, el visitante puede acercarse a un altar donde encontrará, en bajorrelieve, la silueta de la mano del Primer Presidente de la Democracia. Si uno no hace ninguna payasada, está autorizado a posar su propia mano sobre ella, para sentir la energía que mueve a una nación.

Por la tarde doy una conferencia en la Facultad de Relaciones Internacionales. Me he pasado dos meses preguntándome de qué podría hablarles a estudiantes de Kazajistán, y al final he optado por contarles de las guerrillas comunistas de América Latina. He memorizado una larga serie de siglas, fechas y muertos. Pero durante las dos horas de mi exposición, no tengo evidencia de que mi audiencia entienda el español. Solo después de dos horas hablando, en el turno de preguntas, comprendo que da igual. Lo que los tiene impactados es ver a un extranjero. Es el primero que pisa la Facultad de Relaciones Internacionales, así que sus preguntas son más personales de lo normal.

—¿Le gusta Kazajistán?

—¿Qué le parece la comida?

—¿Verdad que nuestras mujeres son hermosas?

—¿Qué sabía de este país antes de venir?

Esta última pregunta es la más difícil. Trato de escapar con una broma. Digo que solo he visto la película Borat, de Sacha Baron Coen. Un silencio sepulcral recibe mi comentario. Con visible incomodidad, el profesor de español disuelve apresuradamente la sesión. Al salir, me explica:

—La película del señor Coen está prohibida por el gobierno porque difama nuestra cultura y nuestra nación.

—¿Entonces no la han visto?

—¡Sí! Se puede conseguir en video pirata en el mercado negro. Es muy divertida. Pero no podemos hablar de ella.

El profesor me invita a comer. Me pregunta si he probado el embutido de caballo. De solo pensarlo se me hace agua el hígado. Pero no tengo más remedio que seguirlo.

Antes de salir nos detenemos ante un enorme cuadro que representa a todos los próceres de la patria kazaja, desde Gengis Kan hasta Lenin. Desde el centro de la imagen, montado sobre un reluciente corcel blanco, el Primer Presidente de la Democracia me da la bienvenida a su país.

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