Por culpa de la bendita química (la misma materia en la que siempre fui pésima desde el colegio y por la cual hice un máster en cuarto de bachillerato —¡básicamente porque lo repetí tres veces!—), tras un impulso irrefrenable casi termino exhibiendo mi deshonra en la primera página, de alguna revista sensacionalista afectada con ictericia, de esas tantas que abundan en el país. En mi afán por deslumbrar a Miguel (también conocido entre mi círculo como "el desgraciado ese"), con quien desde hacía rato, aparte de teléfonos y correos también venía intercambiando señales no propiamente de "parqueo", supe lo que era la vergüenza. Aquella relación, posiblemente la más duradera que he tenido en los últimos años —tres meses contando domingos y feriados— con un verdadero hombre o, por lo menos, con algo que no requiriera baterías AAA y cargador, se convertiría también en una de las más memorables. Y vaya si la he tratado de olvidar. Inteligente, divertido, con fama de conquistador y la reputación de ser bueno en la cama… obviamente mordí el anzuelo.

Para no quedarme atrás frente a su reconocido ímpetu sexual, accedí a hacer el oso dejándome convencer de "hacerlo" en un sitio público, según él, la única fantasía que no había materializado y que solo haría conmigo. Los nervios me carcomían mientras me vestía sin saber siquiera qué se pone uno para una ocasión de extrema peligrosidad como esta. Opté por una falda amplia que se pudiera modificar y convertir en un top en cuestión de segundos. También me cambié los zapatos de tacón puntilla por un par de tenis por si me tocaba escapar de la Policía. Dentro de su carro, en medio del concurrido parqueadero de un centro comercial, cuando entrábamos en calor, un torpe movimiento activó la alarma alertando a los guardias de seguridad, que nos persiguieron varias cuadras. No podía creer mi desgracia cuando noté que el sitio estaba rodeado de cámaras. En algún San Andresito del país debe haber un video mío metida en un carro, subiéndome el vestido mientras intento bajarme del manubrio. En mi espalda, el logo de Fiat aún reposa como uno de los tantos recuerdos indelebles de esa fatídica noche.

Sentados atrás, con las luces apagadas, me explicó que no había nada más excitante que hacerlo en una sala de cine. Incómoda y al borde de un colapso nervioso, fue imposible concentrarme mientras el calvo de enfrente recibía una llamada tras otra en su celular y la señora bigotuda diagonal a nosotros conversaba con su vecina. Para rematar, el chicle que se me pegó en el pelo mientras Miguel me besaba el cuello y el ruido del idiota de al lado masticando el hielo de su bebida, no me permitieron concentrarme. Por razones de ego, mientras peor salían las cosas y Miguel más desistía en realizar su sueño erótico conmigo, más me empeñaba yo en hacerlo en público como fuera. Así que lo intentamos también en el baño de una discoteca de mala muerte mientras no menos de veinte personas furiosas amenazaban con tirar la puerta abajo. Lo que sí cayó fue el lavamanos, sobre mi pie.

Así, el hombre audaz por el que estuve dispuesta a todo, que se ufanaba de que no había un sitio en el mundo que no hubiera visitado gracias a mí, se fue a uno que jamás había imaginado: ¡a la mismísima porra! Al darse cuenta de que mi intención de nunca volver a verlo era seria, me sugirió que visitara una locación exótica, muy desconocida para mí y que estaba seguro de que jamás había pisado en mi vida: ¿La cocina, pensé inocente. "No, a la mierda", contestó indignado como si me hubiera escuchado. ¿Además psíquico?

La última vez que lo vi fue durante un vuelo a Cartagena saliendo del baño con una azafata que se arreglaba el uniforme. Decidida lo abordé con propiedad. Encerrados en el baño tras quince minutos de intensa turbulencia el resultado jamás fue el clímax con el que tanto había soñado, sino más bien cinco puntos en la barbilla que me suturaron los paramédicos que nos esperaban al aterrizar. Pero al menos ya puedo decirlo.

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