Viajar a la pequeña isla de Nauru —ubicada al norte de Nueva Zelanda y donde, según cifras oficiales, llegan solamente 200 personas al año— no resultó tan fácil como pensaba. Al ser un lugar perdido en Oceanía, en medio del océano Pacífico, asumí que no necesitaba ningún tipo de visa, así que abordé el único avión que sale desde Australia: un Boeing 737 que viaja dos veces por semana y que iba con cerca de 20 personas que, según me enteré, se dirigían a un seminario de pesca.

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Cuando llegué, me encontré una pista de aterrizaje bastante peculiar: después de mirar la ubicación del demacrado aeropuerto y las zonas por donde transitaban el resto de los carros, me di cuenta de que en realidad habían cerrado una parte de la carretera para que pudiéramos aterrizar. Bajamos del avión y nos trasladaron al lugar donde el único agente de inmigración tramitaría nuestra entrada al país.

Llegó mi turno. Cuando el hombre me pidió mi visa, le dije que no tenía. Luego preguntó por el motivo de mi viaje. “Soy turista”, le respondí. Y entonces, esbozando una gran sonrisa, replicó: “¿Ah, usted es el turista? Nos avisaron que venía, es una gran sorpresa. No hay problema: acá le ayudamos a tramitar la entrada”. No llevaba más de media hora en la isla y ya me tenían apodo: “el Turista”.

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Los datos oficiales indican que, con solo 21 kilómetros cuadrados, Nauru es el tercer país más pequeño del mundo —luego de la Ciudad del Vaticano y Mónaco—. Darle la vuelta entera por sus calles equivale, más o menos, a correr una media maratón. Y aunque su extensión es corta, sus problemas como país son enormes. Lleva años quebrado porque sus reservas de fosfato y guano, que en algún momento fueron su principal fuente de ingresos, se acabaron por completo. Además, carga con el estigma de ser “el país más gordo del mundo”, pues la gran mayoría de su población —poco más de 11.000 habitantes— sufre problemas de obesidad y diabetes. Eso se debe a que importan casi toda la comida que consumen, lo que significa cientos de alimentos llenos de preservantes y grasas.

Apenas salí del aeropuerto me di cuenta de que en Nauru no hay taxis, ni buses, ni ningún medio de transporte público, así que decidí irme caminando. Después de todo, no podía ser tan lejos. De repente se acercó uno de los pocos carros que pasaban y su conductor ofreció llevarme hasta el hotel en la ciudad. En muy pocos países del mundo la gente hace algo así, y eso me demostró la calidez y la amabilidad de los nauruanos.

Tengan en cuenta que en este país, que fue parte de Australia hasta 1968, solo hay dos hoteles: uno en la ciudad y otro sobre la playa. En este momento me hospedo en el Od’n Aiwo, el de la ciudad, que tiene una recepción pequeña y 20 cuartos, cada uno con una cama simple, escritorio y baño. Nada más. Todas las habitaciones son iguales y ninguna tiene aire acondicionado. Cuando llegué, dos días atrás, dejé mi maleta y me dispuse a recorrer la isla.

Luego de una primera vuelta me di cuenta de lo poco llamativo que es este lugar y entendí por qué no recibe turistas: ninguna playa está en un estado decente, no hay lugares para estacionar grandes barcos y la única actividad que hay es la pesca. Llegué al segundo hotel, sobre la playa, que estaba igual que el otro: deteriorado, antiguo y descuidado. Pregunté si se estaba quedando alguien, pero no había ningún huésped.

Todo esto se debe, también, a que Nauru lleva años cargando un problema tremendo: fue justamente allí donde Australia decidió implementar un polémico programa llamado Pacific Solution, que no es más que un centro de detención al mejor estilo de Guantánamo, en Cuba. Allá terminan los miles de ciudadanos que buscan asilo en el principal país de Oceanía mientras el gobierno les define su situación. El tema es tan grave que la ONU ha denunciado una y otra vez las violaciones a los derechos humanos y las agresiones sexuales que se cometen en ese centro.

Ahora mismo escribo desde un café internet, el único sitio en toda la isla que tiene wifi. En el hotel ni siquiera hay agua caliente, aunque con este calor no hace falta. Por la noche no hay ninguna actividad: solo un pequeño casino en el garaje del hotel, de aspecto clandestino, que suele llenarse y no tiene ninguna ventana.

Llevo 48 horas en esta isla sin mucho más que hacer que caminar, comerme algo importado y pasar una que otra vez por el casino. Vine porque tengo la idea, desde hace tiempo, de conocer todos los países del mundo. Pero creo que ya me voy, ya fue suficiente. Prefiero devolverme para mi Noruega natal y morirme del frío.

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