Como cada vez es más difícil encontrar un lugar perfecto para ir de vacaciones, influido por un amigo que siempre habla de Formentera, me puse a investigar sobre la isla mientras le transmitía entusiasmo a mi acompañante. No me importaba pagar avión hasta Ibiza y luego ferri hasta la pequeña isla y que el viaje saliese más caro que ir a las islas Lofoten y durase como ir a La Habana. Yo quería ir a Formentera porque, aunque no sé bucear ni me apasionan las rutas verdes, me imaginaba solo con una moto en un paraíso exótico y palpitante.

El 6 de agosto, un colega periodista me puso sobre aviso de un tuit que estaba corriendo como la pólvora. Un hombre llamado Ignacio Villalgordo publicó en su cuenta cuatro palabras y una foto con el recibo del restaurante Juan y Andrea. La verdad, al leer “Tourist Trap. Sin palabras” y ver el ticket se unen dos deseos contrariados: por un lado, quieres enmarcarlo y por otro, te duele el muslo, a la altura del bolsillo: 337,35 euros una comida (más de un millón de pesos colombianos).

Antes de comprar los pasajes a Formentera quise averiguar qué demonios pasaba. Numerosas muestras de solidaridad con Ignacio hicieron aparición en la red. Era una auténtica fuente de críticas. Sin embargo, no todo el mundo pensaba de la misma manera, y ya se sabe que la disparidad de opiniones es lo que hace interesante a un país. Por ejemplo, me llamó la atención el post de respuesta de Eva Ballarín, consultora de restauración: “Este chiringuito es una meca en el lifestyle aspiracional de las vacaciones perfectas de sol y mar con las que muchos soñamos. El Juan y Andrea te ofrece esta experiencia, más allá de un plato de arroz, un pescado o una botella de vino. Y eso, amigo mío, se paga. La próxima vez que compres junto con el ticket low cost de Vueling unas vacaciones de ensueño en un destino caro, elige temporada baja, llévate el bocata a la playa y etiquétate en el restaurante. Así, hacerte el cool te costará lo que puedes permitirte”.

Llamé de nuevo a mi amigo: en qué quedamos, ¿mola tanto o no mola tanto? “Formentera es lo más, pero ni se te ocurra ir en agosto. Sobresaturación de barcos. Mira esta opinión”. Guiado por él, di con la columna de un director creativo italiano: “Hay una invasión de chavales con palos de selfie más propios de un parque temático. Se han multiplicado los vuelos directos a Ibiza desde Francia e Italia. Y lo peor es que han aumentado los hurtos”.

Vaya. Tenía entendido que a Ibiza iba el jet set y a Formentera, los ascetas. Y ahora resulta que a Ibiza va la chusma y a Formentera, los ilustrados. Yo ya sé que para la élite evadirse no siempre es evasivo y que el jet set es muy dado a territorios de difícil acceso y que tiene preocupaciones enormes, como decidir qué lectura queda bien con el color de la toalla. Hoy se detesta compartir exclusividad. Lo que se lleva son expresiones como “buscar anonimato”, a ser posible marcando comillas con los dedos, y relacionar el mar con la infancia, oh, sí, eso es divino.

Que te roben en Formentera tiene que ser tan raro como salir seco del agua. Desconcertado, sufrí una pesadilla precoz: termino de comer en un restaurante de Formentera. Me traen la cuenta y leo: 337,35 euros. Al ir a pagar, hundido, descubro que me han robado iPhone y billetera. En otra mesa hay una pelea entre italianos y franceses. Vuela un paloselfie y me abre la cabeza... Desperté y, viendo cómo aumentan de precio los tiquetes low cost en la pantalla, pensé: a ver, soy camusiano, pacifista, tímido, no uso Twitter, tengo pareja francesa, ¿debo arriesgarme?

Ante este panorama, vi la oferta de un crucero por capitales bálticas. Medité: media Europa batallando en ese maravilloso trozo de tierra del Mediterráneo, y yo hoy en Helsinki (viendo edificios de Alvar Aalto), mañana en Riga (esa mítica calle art nouveau) y pasado en Copenhague (en bicicleta por los puentes); ellos en una comisaría denunciando precios y robos, y yo con una pulsera todo incluido y el mismo bufé libre cada día.

Notaba una profunda alteración en mi estado de ánimo. Sobre la mesa, a un lado, estaba el Manual para la vida feliz, del sabio Epicteto. Lo abrí al azar y me dijo: “En la vida conviene comportarse como en un banquete. Si la bandeja circula y llega hasta ti, extiende la mano y sírvete con moderación. Si avanza hacia los demás comensales, no la retengas, simplemente espera”. Y esperé. Pero al otro lado hallé El infinito viajar, de Claudio Magris. Lo abrí y leí: “El sentido de nuestra vida es su aventura en el tiempo”.

Consciente de que debía decidirme, llegué a una conclusión: entre la peripecia y la paciencia aún tengo edad para escoger lo primero. El riesgo es tonificante, y supe en qué lugar me esperaba.


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