Cousteau era y sigue siendo uno de mis grandes héroes. En mis inicios en la industria del doblaje en México, en los sesenta, mi trabajo fue escribir las traducciones al español de series americanas para la televisión. En 1967 me fue dada la serie El mundo submarino de Jacques Cousteau. Yo había visto sus películas como El mundo del silencio, que ganó un Óscar. Mi interés por el medio ambiente me llevó a hacerme miembro de organizaciones ecologistas, entre ellas, la Nuclear Age Peace Foundation (NAPF) o Fundación por la Paz en la Era Nuclear, de la cual soy ahora director para América Latina. Gracias a eso, asistí a la ceremonia de entrega a un premio para Cousteau. Estando ahí, el doctor David Krieger, presidente de la NAPF, me invitó a una recepción privada en medio de personalidades como Michael Douglas, Harrison Ford, Ted Turner y otros nombres muy reconocidos, y ahí conocí a Costeau, temblé de emoción y conversamos durante algunos minutos. Eso fue el 29 de abril de 1989, en la ciudad de Santa Bárbara, California.

En esa conversación con Cousteau le comenté que había sido el traductor de su serie en México y que en un par de ocasiones había doblado la voz de su hijo Phillipe. Sin saberlo toqué una fibra de su corazón. Phillipe, su hijo menor y hermano de Jean-Michel, había fallecido en 1979 en un accidente aéreo en Lisboa. Cousteau tembló unos segundos y con voz suave me dijo: "Únete a nosotros, a nuestra familia. No tenemos un hispanohablante en la organización". En menos de una semana, y con la aprobación de Dianne, mi esposa, hice los trámites para cerrar mi empresa de doblaje y durante más de cinco años dediqué por completo mi tiempo a la Sociedad Cousteau, fundada en 1979 por el capitán y su hijo, Jean-Michel.

Tuve dos cargos, uno de productor y escritor fílmico donde desarrollé programas como La aventura Cousteau en la voz del fallecido Ricardo Montalbán. Mi otro cargo fue como director para América Latina de la Sociedad Cousteau, cuya misión era atender conferencias, seminarios y eventos oficiales representando al capitán y llevando su mensaje a países de habla hispana.

A pesar de su apariencia frágil, fruto de un accidente que sufrió cuando joven y que por poco le cuesta uno de sus brazos, Cousteau era un hombre de una energía increíble y una tenacidad de hierro. Fue un ejemplo de dinamismo, buen humor y, sobre todo, un gran amor a sus semejantes y al "planeta agua", como él llamaba a la Tierra. Algo que no perdió fue su curiosidad y asombro, eso lo motivaba a emprender cada día con entusiasmo. Admiraba desde las más majestuosas ballenas hasta la puesta de sol más común para todos. Su sencillez era asombrosa, así como su desprendimiento por los bienes materiales. Nunca le vi lujos. Jamás aceptó dinero de gobiernos o empresas que trataran de coartar su libertad de expresión. Su organización sobrevivió por los documentales y las cuotas de miles de miembros de la Sociedad Cousteau. También recibió las regalías por el invento del Aqua Lung —o pulmón autónomo—, y diversos aparatos que desarrolló como la cámara submarina, el minisubmarino y otros más. La última vez que lo vi fue un año y medio antes de su muerte (el 25 de junio de 1997). Cuando murió sentí que se había ido un gran amigo. Sin duda su legado seguirá vigente por mucho tiempo. Por él, el hombre puede hoy admirar las bellezas incomparables del mundo submarino, y las fragilidades y peligros causados por la acción humana. Muchos lo comparan con el Quijote, con una convicción de que el bien debe imponerse al mal y de que tenemos derecho a un planeta no contaminado.

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