Tuve la inmensa fortuna de ser un niño pobre. En mi caso, como en muchísimos otros,  se cumplió  la máxima de Michelet: el  que supo ser pobre,  sabe ser todo lo demás. Cuando tenía apenas 10 años, uno  de los carpinteros del pueblo, que fabricaba pequeñas cajas de madera para empacar  bocadillos, encontró que la etapa final de su "industria" requería mano de obra especial (pequeños dedos y suaves  golpes de martillo) que unieran  con diminutas puntillas  las tablas que él había recortado. Para esos efectos reclutó a los muchachos del barrio. Nos pagaba centavos que nos servían para comprar dulces en la tienda  de la esquina. En mi infancia ejercí muchos trabajos como este, pero hay uno en especial que recuerdo con mucho cariño: cuando, estando en bachillerato, trabajé en la entrada del estadio El Campín, recibiendo las boletas de los asistentes.

Conseguí el trabajo porque a dos cuadras había un almacén de fotografía cuyo dueño era también quien reclutaba a los jóvenes para que sirvieran de porteros en el estadio. Lo que hacía era presentarme en el almacén y apuntarme en una lista para confirmar, el jueves o el viernes, que iría el domingo. El "sueldo" era muy bueno: 1,50 pesos por partido. Había que llegar al estadio al mediodía, el partido empezaba a las tres. Llegar temprano era de suma importancia porque en el estadio existía una jerarquía de puestos en los que lo podían asignar, y la forma en la que se escogían era por hora estricta de llegada: la mejor opción en esa jerarquía era el puesto de camerino, no solo porque ahí uno veía todo el partido sentado en preferencia, sino porque era la oportunidad para conocer a los jugadores. El ideal era estar ahí. Era, siendo yo hincha del Santa Fe, una razón para chicanear en el colegio.

La segunda mejor opción era la portería de occidental, donde se podía ver todo el segundo tiempo del partido. El último escalón en esta jerarquía de puestos era lo que en ese entonces se llamaba la Tribuna de los Gorriones: la de los niños que entraban gratis. A esos niños uno no les preguntaba si tenían plata o no tenían, si eran niños bien o no, el único requisito era que su estatura fuera inferior a una marca que estaba pintada en la pared de la entrada. Muchas veces ocurría que llegaban pandillas de niños, comandadas como siempre por un niño un poco más grande, en la que todos calificaban para entrar menos su líder; esto desencadenaba las protestas de los otros niños que me gritaban pidiendo que lo dejara entrar y me bombardeaban con cáscaras de naranja y banano. Por supuesto, no había mas opción que dejarlo ingresar al estadio.

Esas son las vueltas que le da a uno la vida: empecé como "taquillero" en  El Campín y años después fui presidente  de la Dimayor. Esas situaciones, que recuerdo siempre con cariño, contribuyeron decisivamente a mi formación y a la construcción de un deseo permanente de superación. También, fueron premonitorias de la que sería mi vida profesional.

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