Pinilla debería estar incluido en el álbum de Jet. La dificultad radica en si ubicarlo entre los dinosaurios, las gemas preciosas o las flores exóticas colombianas. Es un personaje entrañable, con la imaginación de un niño al que le suspendieron la Ritalina y, ante todo, un director sincero y trasparente.

Las actuaciones de sus películas son como de sábados felices; los encuadres, como de un video casero de una primera comunión; sus efectos especiales, muy semejantes a los de Chespirito. Sin embargo, las películas de Jairo Pinilla tienen un algo que impide dejar de verlas; lleva de la aventura a la carcajada, del suspenso a la caricatura, de la intriga al esperpento.

Jairo Pinilla es caleño de nacimiento, pero se crio en Bogotá. Vive en un apartamento cerca de la estación 40 Sur de Transmilenio, y desde que tomó una cámara, no ha parado de hacer las películas más estrambóticas, delirantes, divertidas y originales del cine colombiano.

Comenzó dibujando historietas en el colegio, y hoy ni él mismo sabe cuántas producciones ha hecho, pero entre cortos, medios y largometrajes, Pinilla lleva más de 50 producciones. Todas rodeadas del aura misteriosa que envuelve toda su obra: Pasa de los muertos a los zombies, de los zombies a las plantas carnívoras, de estas a las culebras, de la bonanza marimbera a la catatonia. Y siga: sillas de ruedas posesas, cigarrillos venenosos, ataques diabólicos, morgues siniestras, esquizofrenia, satanismo y extraterrestres.

Jairo Pinilla tiene unos 5 o 6 años y está haciendo fila frente al anfiteatro. El papá de un compañerito se ha suicidado, y el colegio decidió, por alguna misteriosa razón, llevarlos a despedir el cadáver. El rostro pálido de ese hombre, los rastros de sangre que no habían sido retirados, ese olor denso, el ataúd en el piso son el recuerdo que marcó para siempre su cine.

La primera película que vio fue en el teatro Jorge Eliécer Gaitán. Tenía 6 años, me dice mientras fuma como poseído: “En ese entonces se llamaba Teatro Colombia. La película era El ladrón de Bagdad, era en technicolor, con muchos efectos: un caballo que volaba y un gigante enorme que sostenía a Sabú en la mano, cosas que para la época eran increíbles. Cuando prendieron las luces, me fui corriendo a mirar detrás de la pantalla a ver si había alguien haciendo vainas allá atrás, una berraquera”. Fue amor a primera vista. Tanto así que recuerda que era tal su fascinación por el cine que en una ocasión lo enviaron al odontólogo para arreglarse una muela, y Pinilla prefirió hacerse sacar la muela a las malas, sin anestesia, para quedarse con el dinero y poder encerrarse a fantasear en un teatro y ver películas mientras la encía le palpitaba como un remordimiento.

El cine se le apareció por accidente. Siendo ingeniero eléctrico, fue enviado por la empresa donde trabajaba en los años setenta a hacer una especialización en México, cuna de sus actores favoritos y de las películas que marcaron a toda una generación: Pedro Infante, Jorge Negrete, Tin Tan, Cantinflas, etcétera.

El vuelo hacía múltiples escalas: Caracas, Bogotá, Panamá, Guatemala y, por último, México. En una escala del viaje le pareció ver rostros conocidos; se paseaba por la sala de espera tratando de recordar dónde los había visto: “Conozco a estas dos viejas, me dije, pero las veía como muy coloradas y lo que pasaba era que sí las conocía, pero de verlas en cine, y como era en blanco y negro, no las reconocía tan rosaditas”.

Este encuentro con las actrices mexicanas Flor Silvestre y Ana Berta Lepe lo acercó a lo que sería su oficio el resto de su vida. Y aunque estudiaba entre semana, los fines de semana los aprovechaba para colarse en los míticos estudios Churubusco y América. “Me dejaban entrar a mirar en los estudios por ser extranjero, incluso trabajé de extra alguna vez. Otras veces me iba a la cafetería y allí conocí a Clavillazo, a Javier Solís, César Costa, Enrique Guzmán… eso era el cielo, todos los que entraban eran actores que yo había visto en cine”.

Entonces, luego de cuatro años en México, en el mismo aeropuerto Benito Juárez, les dijo a los amigos que lo fueron a despedir: “Les juro que voy a hacer cine en Colombia”. Y así fue.

Estrenó su ópera prima, Funeral siniestro, en 1977. Para escribir el guion, Pinilla buscó en sus propios miedos y retomó la imagen del anfiteatro que lo marcó cuando era un niño y con una lógica incuestionable, se dijo: “Si a mí me da miedo, a los demás seguro que también les tiene que dar”.

El éxito de taquilla fue enorme. Historia de brujería, ambición y venganza que fue estrenada en los desaparecidos cinemas de la 24, en Bogotá, con una dura competencia: El show de Abba, Brillantina y El patrullero 777 de Cantinflas. El director de cine Lisandro Duque recuerda: “No sabría cuántos espectadores, pero nos dio a todos sopa y seco. Las colas eran enormes. Jairo es un hombre sincero y él hace un cine que le gusta a él, en el que él cree y cuando un director es sincero consigo mismo, logra conquistar franjas de público que encuentran afinidad con el lenguaje y las historias”.

Para esta película contó con la ayuda de un amigo camionero que se la jugó toda, poniendo como garantía su camión y soportando la furia de su esposa, que veía cómo se arriesgaba el patrimonio familiar.

Luego, Pinilla produjo Área maldita (1979). Su segunda película retomaba una de sus fobias: las culebras. En medio del boom de la bonanza marimbera, esta película contaba la historia de una serpiente que había crecido en un sembrado de marihuana y que a pesar de ello, no le gustaba la hierba o mejor, no le gustaban los marihuaneros a los cuales ataca hasta matarlos.

Protagonizada por Ana Linda Zago y Julio del Mar, su afiche promocional anuncia “el misterio de una maldición, en un mar de marihuana”. La actriz y compositora Ana Linda Zago, radicada en España y esposa de una de las mayores celebridades de la música de la época, Juan Erasmo Mochi, recuerda: “Se trabajaba con mucha ilusión e interés. La camaradería y las ganas de hacer un buen trabajo eran las constantes de cada día. Su puesta en escena era muy meticulosa, planificaba todo muy bien y nos dirigía con mucha eficacia y simpatía. Teniendo en cuenta los medios técnicos y económicos fue un trabajo muy digno”.

Incluso Juan Erasmo aparece en la película cantando en el hotel Tequendama Qué hay en tu mirada, uno de sus mayores éxitos y que ayudaría a que el público llenara las salas de nuevo. Pinilla recuerda de esa época que Juan Erasmo se le acercó al ver lo artesanal que se hacía la película y le recordó que él tenía que cuidar su imagen, cuando vio los movimientos de Dolly, un desplazamiento en que la cámara usualmente se monta sobre rieles para desplazarla suavemente, casi imperceptiblemente para el espectador. Pinilla, al no contar con rieles, montaba al camarógrafo en un costal y luego los técnicos lo iban halando muy despacio realizando el mismo movimiento, pero con tecnología netamente criolla.

Ana Linda no recuerda esto, pero me dice que Juan Erasmo “de inmediato simpatizó con Jairo. Incluso a se le ocurrió sugerirle que le hiciese correr a un actor arriba y abajo por una rampa para conseguir que la escena de una violación tuviera un aspecto más sádico, lascivo y jadeante al empezar a rodar. La idea resultó todo un éxito”.

Luego, Pinilla produce Triángulo de oro; La isla fantasma (1983), rodada buena parte en Panamá, en un esfuerzo para la época realmente titánico, y Extraña regresión (1986), que contaba la historia de una joven que va al más allá para contactar a su madre y regresa a su cuerpo luego de giros misteriosos.

Buscando abarcar mucho más público, Pinilla, luego de exhaustivos análisis, llega a la conclusión de que a los colombianos no les gustaba el cine nacional, pues estaban acostumbrados a ver cine norteamericano y, además, para poder acceder al mercado internacional, cándidamente decide hacer sus películas en español, pero luego eran dobladas al inglés en México y después las subtitulaba de nuevo al español: “Así podía entrar a cualquier país y las podían leer en ecuatoriano, argentino, en venezolano; las podían leer como leían todas las películas gringas, la gente no creía que fueran colombianas, rompían las puertas de los teatros para verlas, pero esa vaina no les gustó a los sabios del cine colombiano, por que yo les estaba enseñando cómo internacionalizar el cine nacional”.

Y como para producir estas películas había utilizado un préstamo de Focine, y a pesar de que él había entregado dos películas, “pues les entregué una versión en español y otra versión en inglés subtitulada, dos películas con la plata de una”. Las cosas con Focine se complicaron y vino la etapa que Pinilla llama de “persecución y envidia” que llevaron al embargo de las películas y todos sus equipos.

A raíz de esto, desde mediados de los ochenta se dedicó a hacer películas en video, cortos y medios llenos de efectos especiales que él mismo fue inventando por la fuerza de la necesidad. “El primer efecto que me inventé fue hacer volar a un actor. Yo no sabía cómo hacerlo y le eché cabeza mucho tiempo. Se me ocurrió que si lo grababa tirándose y luego invertía los fotogramas, él parecería volando, pero como tenía el negativo al revés me quedaba parado en la cabeza. Entonces me la pillé y puse la cámara patas arriba y lo grabé así y, qué berriondera, parecía volando”.

Sin embargo, hay otros que resultan brutalmente cómicos, como la escena en que a un actor le disparan por la espalda, los estopines estallan, la sangre fluye, pero en vez de caer de frente, cae simpáticamente hacia atrás contrariando las leyes de la lógica, la física y la gravedad.

La actriz María Adelaida Puerta, cuando comenzaba su carrera de actriz, trabajó bajo la dirección de Pinilla en Posesión extraterrestre (2000) y se nota que lo recuerda con afecto y también con una gran sonrisa: “Él es muy básico a la hora de hacer todo; ve las cosas muy simples y no entendía por qué la gente se complicaba con tantos planos y ángulos y cosas. Él simplifica todo al máximo. Los efectos especiales son geniales. Hay un momento simpático para mí —María Adelaida era la empleada doméstica de una casa en donde un niño había sido poseído por un extraterrestre—, pues con la mirada el chico rompe un plato que yo tenía en la mano. Lo que hizo fue envolver el plato en un trapo y con un martillo lo partió en pedazos grandes; luego lo pegó por detrás con cinta y cuando rodaban el plano de mi mano con el plato, él me agarraba el brazo y le daba una sacudida fuerte para que se despegara la cinta. La herida de mi mano la hacía con colbón, salsa de tomate e isodine. Era bien recursivo. Y como Pinilla no hacía sonido directo, mientras rodaba la escena daba las indicaciones a los actores y nos decía cómo movernos, hacia dónde mirar, qué gesto hacer en el momento mismo del rodaje. Hay una escena de una chica que recuerdo mucho, pues él quería que ella hiciera exactamente los mismos movimientos de él. Ella se desmayaba y él, al frente, le mostraba cómo desmayarse y le decía que hiciera todo lo que él hacía y así quedaba la escena. Él tiene claro su método y lo que nos quedó a todos de esta experiencia fue que para hacer cine solo faltan ganas”.

Y ganas son las que tiene Pinilla. No para de pensar en nuevas películas. En el momento quiere relanzar Por quién lloran las campanas (2005) y trabaja en un nuevo largometraje, pero como nunca deja de sorprender, esta vez quiere hacer la primera película en 3D de Colombia: Tinieblas: sombra de la muerte. “Es suspenso psicológico, pero incursionar en esa tecnología es un poco difícil. Además, la comercialización no es fácil y no todas las salas tienen tecnología 3D y entonces no apoyan, no lo compran. Hoy en día es más difícil, ya la gente no se asusta con un monstruo. Ahora nos toca trabajar más la parte psicológica; uno no puede salir con el hombre lobo o vampiros, eso hoy es absurdo. Los niños ven brujas y chupasangres desde chiquitos y son muertos de risa”.

Su cine se ha vuelto materia de culto. Para unos es el rey de las películas de serie B, para otros más, serie V. Piensa que quienes lo comparan con Ed Wood lo hacen para ridiculizarlo, además, “nadie parece haber visto películas del tal Ed Wood e igual también me han comparado con Spielberg, pues yo también creaba mis monstruos criollos e hice vainas que nadie ha hecho en este país”.

Y a pesar de la sangre, las plantas carnívoras, los personajes posesos, Pinilla en sus películas siempre tiene un mensaje moralizante, hay un castigo implicado ante la ambición, los excesos, la venganza.

“El cine que me gusta hacer es como darle una pastilla a un perro. Las iglesias están llenas de gente que cree, necesitamos convencer es a los descreídos. Si yo hago una película que se llame La palabra de Dios en el mundo, nadie va a verla o solo van los que creen. Pero si hago una película que se llame El demonio y el sexo en el siglo XXI, estoy seguro de que se llenaría, pero yo la haría con un mensaje muy sutil para que la gente se concientice. Así pasa cuando uno tiene que darle una pastilla a un perro, uno le frita un pedazo de carne y luego, en otro pedazo, le mete la pastilla y así es como yo quiero hacer mis películas: meter mensajes dentro de una película que les guste a los que no quieren creer”.

Pinilla no se separa de su taza de café ni de su cigarrillo. Su casa está decorada con imágenes religiosas, vírgenes, cristos y algunas fotos familiares. En una habitación a un costado está su estudio, reproductoras de audio, máquinas como de museo y casetes de todos los formatos existentes desde la invención del video.

Para terminar, le pido que me conteste el test que ha popularizado con las estrellas del cine James Limpton en sus entrevistas del Actors Studio:

1. ¿Cuál es su palabra favorita? Una berraquera.

2. ¿Cuál es la palabra que menos le gusta? Un madrazo.

3. ¿Qué le causa más placer? La presencia de Dios.

4. ¿Qué le desagrada? Las injusticias de la humanidad.

5. ¿Cuál es el sonido que más placer le produce? Los sonidos suaves que preparan en el cine al espectador para lo que viene. Me gusta la música suave para trabajar.

6. ¿Cuál es el sonido o ruido que aborrece escuchar? Una explosión, una bomba.

7. ¿Cuál es tu grosería favorita? No sea miércoles, hijumíchica. Aunque es un madrazo, pero bueno.

8. Aparte de su profesión, ¿qué otra profesión le hubiera gustado ejercer? La medicina.

9. ¿Qué profesión nunca ejercería? Nunca prepararía cadáveres en una funeraria.

10. Si el cielo existe… y se encontrara con Dios en la puerta, ¿qué le gustaría que Dios le dijera al llegar? Que aproveché las bondades que él me dio y que lo que hice fue para beneficio de él.

Es la inocencia en medio de un aura de oscuridad, un hombre con un estricto sentido del honor y la decencia. Con unas ganas de hacer por encima de cualquier consideración estética. Con un saber como de revista Muy Interesante, una mezcla de ciencia y fe sin mucha claridad. Es el genio de la lámpara, pero la lámpara es Coleman. Y como en Colombia no tenemos un Orson Welles, al menos tenemos un Ed Wood.

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