Mi vida estaba destinada a ser una película. Hay vidas que parecen hechas a la medida de un guionista de cine y la mía es una de ellas: crecí sin saber qué era un aeropuerto y hoy me la paso subido en un avión. Soy de un país caribeño y terminé practicando un deporte típico de las montañas nevadas de Estados Unidos y Europa. Surgí de la pobreza más aguda de Jamaica: en el barrio donde crecí, Olympic Gardens, no había cine, y hace unos años produjeron una película inspirada en mí y en mi equipo de bobsled, conocido como Cool Runnings, la primera selección jamaiquina de ese deporte en la historia.
Para los que no sepan qué es bobsled —no los culpo; yo lo supe a los 23 años—, se acordarán  por la película Jamaica bajo cero. Sí: yo soy uno de esos locos que, pese a que nunca habían visto un trineo en su vida, se le midieron a tirarse por ese tobogán aterrador que tiene más o menos entre 1 y 2 kilómetros de largo. Pocos saben el miedo que uno siente al estar en la cima de esa rampa helada y altísima, a punto de lanzarse en un carrito aerodinámico de 3,5 metros de largo, que alcanza 150 kilómetros por hora y coge 15 curvas o más a toda velocidad. Y yo, Devon Harris, nacido en la caliente Jamaica, temeroso a las altas velocidades, lo viví en carne propia en tres ediciones de los Juegos Olímpicos de Invierno. Quién lo iba a imaginar. Nosotros participamos en una de las dos categorías de bobsled que hay: la de cuatro personas por trineo. La otra es de dos personas. ?La historia de este logro empezó en el pobre y peligroso distrito Waterhouse, en Kingston, capital de mi país. Éramos la base de la pirámide social. Mi papá trabajaba como conductor de buses para una empresa del gobierno, una forma difícil de mantenernos a mí y a mis 15 hermanos.
Cuando niño soñaba con ser futbolista, de hecho me decían ‘el Pelé negro’ —como si Pelé no fuera negro—, pero mi sueño se frustró cuando convocaron al equipo de mi colegio y no me escogieron porque no tenía zapatillas; jugaba descalzo. Entonces me dediqué al atletismo, disciplina que sí me dejaban practicar sin zapatos. Entrenaba muy duro para competencias de 800 y 1500 metros, y empecé a soñar con participar en los Juegos Olímpicos… de Verano.
Como no logré clasificar al equipo que iría a Los Ángeles 84, me inscribí al ejército. Parte de mi entrenamiento como soldado consistía en viajar a Inglaterra para hacer un curso. Allá conocí el frío: llegué en mayo y aunque era primavera, no podía creer lo gélido del ambiente, mi corazón casi se paraliza. Y pensar que me iba a hacer famoso en medio de la nieve.
Ya había dejado mi sueño olímpico de lado cuando un par de estadounidenses, inspirados en las carreras de carritos de mercado típicas de Jamaica, decidieron llamar a diferentes atletas para el equipo nacional de bobsled. Y como los atletas activos querían estar en el equipo jamaiquino, pero de atletismo, hicieron una convocatoria entre los soldados. Yo no entrenaba hacía dos años y no era corredor de potencia, que es lo que se necesita para el bobsled, pero tenía tantas ganas que dejé mi corazón en las pruebas y entré al equipo. ¡Yo, un soldado que había visto la nieve pocas veces y que, aunque no lo crean, les tiene miedo a las altas velocidades!
La primera vez que practicamos bobsled en una pista real yo estaba muerto del miedo allá arriba, pero era de esas cosas que tenía que hacer. Para los que no saben, va un conductor con tres personas detrás. Se impulsa el vehículo y hay que meterse lo más rápido posible para alcanzar velocidad. Lo único que sobresale cuando uno va en el trineo es el casco y el equipo debe moverse coordinadamente para ser más eficiente en la pista. Ya cuesta abajo, se siente la adrenalina de la bajada, pero uno tiene que estar muy concentrado, y se experimenta cierta vibración, sobre todo al coger algunas curvas. Requiere de un entrenamiento físico y psicológico muy fuerte: ejercicios de fuerza en brazos y piernas, de potencia y una actitud ganadora.
Hoy en día, en mis libros y charlas motivacionales hablo de confrontar el miedo, empujarlo con fuerza, como nosotros el trineo. A veces uno se va a estrellar, como nos pasó a nosotros en los primeros Juegos Olímpicos, los de Calgary (Canadá), en los que nos vimos obligados a cruzar la meta caminando, como se ve en la película. En ese momento, después del choque, decidimos que teníamos que acabar, así fuera a pie, y lo hicimos. No fue tan emocionante como parece en Jamaica bajo cero, donde los actores cargan el trineo mientras los asistentes y otros competidores empiezan a aplaudir poco a poco hasta terminar en una gran ovación. Pero nosotros pensábamos que era un gran logro.
Aunque no terminamos la prueba, lo importante es que lo hicimos: si al principio de los Olímpicos los otros participantes no creían en nosotros porque nunca habíamos participado en ese deporte, al final nos miraban con respeto. Si alguien en la Villa Olímpica pensó que estábamos locos, demostramos que no. Y así cumplí mi sueño de estar en unos Olímpicos. Luego estuvimos en los Juegos de Invierno de Altberville, Francia, en 1992, donde también estuvimos entre los peores. Mis últimos Juegos fueron los de Lillehammer, Noruega, en los que el equipo quedó de 14. No es poco, pues estuvimos por encima de Estados Unidos, Francia, Rusia…
Esas experiencias me trajeron una especie de fama que nunca me he querido creer, sobre todo cuando salió Jamaica bajo cero. La película, por cierto, capta el espíritu que teníamos como equipo; sin embargo, es puro entretenimiento, y para entretener a la gente había que meterle algo de ficción: allí, como en la realidad, no recibimos una medalla, pero todo se ve más heroico de lo que realmente fue. Así es el cine. Siempre digo que la película no cambió mi vida, lo que la cambió fue vivir esa experiencia.
Luego volví al ejército y, con el tiempo, me convertí en conferencista y creé la fundación Keep on Pushing, que ayuda a los niños pobres de Kingston. Eso me ha servido para recorrer el mundo. Mi vida ha sido un viaje fantástico, pero falta mucho por hacer. Hoy, cerca de cumplir 50 años, vivo en un suburbio de Nueva York, tengo cinco hijos —nunca voy a poder alcanzar a mis papás— y no practico bobsled hace años. Estoy en contacto con el equipo Cool Runnings y los veo cuando nos hacen homenajes.
Al pensar en lo que he vivido, yo tampoco lo puedo creer. Y al recordar todo lo que me ha pasado, siempre pienso en el temor que produce estar a punto de lanzarse y también la satisfacción que uno siente al haberlo superado.


PROHÍBESE EL EXPENDIO DE BEBIDAS EMBRIAGANTES A MENORES DE EDAD, EL EXCESO DE ALCOHOL ES PERJUDICIAL PARA LA SALUD.