Nunca me había pasado algo así, ni cuando fui jugador profesional y jugué en varios equipos en los ochenta como volante mixto, ni cuando fui entrenador de equipos amateur y menos aún en el profesionalismo cuando debuté como técnico del Once Caldas. Ser goleado 9 a 0 al frente de una selección Colombia sub 23 y quedar por fuera de los Olímpicos cuando podíamos perder por un margen de seis goles para clasificar, es de no creer, pero me ayudó a ser un ganador. (Cómo es perder unas elecciones)

Luego de la participación de Colombia en el Mundial de Francia 98, las directivas de la Federación me nombraron técnico de la mayores. Debuté en la Copa América de 1999 y en un partido histórico derrotamos a Argentina; todo iba muy bien para encarar las eliminatorias. Sin tener la obligación de hacerlo decidí asumir la dirección de la selección sub 23 para el Preolímpico de Londrina, en Brasil. Recuerdo que varios directivos me dijeron que no lo hiciera, querían que pusiera a otro como escudo y que yo controlara todo sin tener que estar sentado en el banco.

Armé un equipo lleno de talento y condiciones, prueba de ello es que la mayoría de esos muchachos luego triunfaron, están vigentes y jugaron en el exterior como Alexánder Viveros, Róbinson Zapata, Jairo Castillo, Mayer Candelo, Fabián Vargas, Pepe Portocarrero y León Darío Muñoz, entre otros. 

Antes de enfrentar a Brasil habíamos goleado 5 por 1 a Chile en una demostración de buen fútbol que nos dejaba ad portas de los Olímpicos de Sidney. Se venía Brasil, que no convencía a su público y que tenía que derrotarnos por un margen de siete goles para clasificarse a la siguiente fase, eliminarnos y de carambola meter a los chilenos. (Cómo es perder el habla)

El 30 de enero de 2000, en horas de la mañana, el equipo estaba muy tranquilo. Tenía a tres jugadores con acumulación de amarillas que se podían perder el siguiente partido y por eso decidí darles descanso a dos. La gente se equivoca cuando dice que Colombia jugó ese día con una nómina alterna, como tampoco recuerdan que en los primeros minutos de juego nos expulsaron a un jugador.

Brasil estaba en su día, todo le salía perfecto y tenía a Ronaldinho completamente inspirado, fuera de eso nosotros estábamos jugando realmente mal, muy mal. Con cada gol que nos hacían pensaba en el país, se me cruzaban mil ideas o soluciones, cuando íbamos 5 a 0 y seguíamos clasificados hasta pensé en sacar el equipo y perder por sustracción de materia, pero primaba jugar limpio.

Nos fuimos al descanso con un 5 a 0 encima. En el camerino mantuve la calma, hablamos de comprometernos todos, de jugar en equipo, de dejar el nombre en alto y de tener más oficio y carácter. Entendíamos que era una mala tarde pero que había esperanza de que se podía tener un buen segundo tiempo.

No hubo reacción. Hice cambios, grité, motivé, no me moví de la raya pero no hubo nada que hacer, Brasil hizo el séptimo gol, el octavo y el noveno y ahí mi rostro se desencajó, me sentí sin fuerzas. Cuando el árbitro dio por terminado el partido el primero que se me acercó a darme aliento fue el arquero Julián Viáfara. Yo no quería darle la mano a nadie, estaba pensando en lo que se venía, en la juventud de los jugadores, en buscar la sanidad mental a pesar de la tristeza de no representar bien al país. (Cómo es perder una guerra)

Cuando entramos al camerino solo veía muchachos cabizbajos, miradas al piso, hubo lamentos, llanto y uno que otro grito de dolor, fue un momento muy duro. Nadie dijo mayor cosa, yo me armé de valor y fui a dar la cara en la rueda de prensa.

Esa noche me quedé buscando el porqué del desastre. Como técnico volví a jugar el partido en mi mente, no dormí nada, me preguntaba cómo hubiera podido cambiar todo, la elaboración mental de lo que pudo haber sido y me devolví en cada paso para buscar la falla.

A los pocos días perdí mi cargo como seleccionador nacional, empecé a elaborar un duelo, no lo dramaticé, me decía: "En este país hay mucha gente que se ha ido a la quiebra, que los han matado, secuestrado o desplazado, yo perdí 9 a 0 y de esto hay que aprender". Entendí que eso me tenía que dar fuerza y convicción para cumplir mi proyecto de vida y volví a dirigir con amor y mucho más preparado.

Diez años después, hace pocos meses, me coroné campeón con el Once Caldas al derrotar en el Metropolitano al Junior de Barranquilla. Ellos eran favoritos y nosotros, con buen fútbol, les ganamos con contundencia. Ese día no recordé lo que pasó en Londrina, ese día corroboré lo que me enseñó esa goleada: que el partido más importante es el que se va a jugar, ahí hay que estar concentrado y uno se debe a ese partido y es el presente el determinante, no el futuro o el pasado. El presente es lo único que existe. (Cómo es perder la final de un mundial de fútbol)

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