“Daba dolor cómo la Iglesia la trataba (a María Magdalena). ¡Qué dualidad! Por un lado santa y por el otro puta. ¿Al fin qué? Así es Colombia”. No; la frase no es de Fernando Vallejo. La pronunció su prima lejana, Virginia Vallejo, la diva que no es ya la que conocimos. Está —dice— sumergida en el mundo intelectual de Miami, si es que eso no es una contradicción. Atrás quedó aquella expresentadora a la que Escobar sorprendía con bombas no precisamente de Timoteo. Quedó en el pasado la época en que el Patrón se aparecía con un “Te tengo una sorpresa: es una joya o, mejor, una joyita” y le presentaba a alias Arete. Amó a Pablo y odió a Escobar como lo dijo en su libro. Sobre todo odió a Escobar cuando estalló esa bomba asesina en el Centro 93. Nunca le perdonó haber destruido su sitio preferido para el shopping.

Virginia quedó sola. Ese fue su final. Ella era una amante, solo eso, una moza silenciosa, lo contrario al bar El Mozo, el bar que deja sin dormir a cientos de familias, sin responsabilidad, sin respeto por el ambiente, vaya el que quiera quedar sordo, allá se vende el alma por los ingresos. Me desvié. Iba a que en Colombia pululan los enigmas. ¿Cómo murió Colmenares? ¿De qué estaba disfrazado Colmenares? ¿Por qué los hombres escupen el chicle en el orinal? ¿Por qué mataron a Betty si era tan buena muchacha? ¿Por qué las motos no pagan peaje? Pues nace un nuevo interrogante: ¿por qué Virginia continuó su amorío con Pablo si era tan malo en la cama como ella misma lo confiesa?

Así es. Pasó desapercibido que el más sanguinario de los colombianos fuera incompetente en la intimidad. Sexualmente el capo alfa se fue de este mundo dejando una deuda sexual tan grande como la deuda externa que ofreció pagar. Que fuera mal polvo el mayor exportador del mismo no deja de ser una cruel ironía. El capo más temido, el que regalaba camionetas para seducir, el que traía prostitutas en helicópteros desde Brasil ahora, post mortem, aparece con esa sombra negra en voz de Virginia: “Escobar era un pésimo amante”. Dios le da pan al que no tiene dientes.

¿Qué llevó a Virginia a permanecer con aquél capo mal catre? A diferencia de los mencionados, este interrogante no se quedará sin resolver. Por una razón, hay una persona capaz de plantarle respuesta a este tipo de preguntas: Flavia Dos Santos. En el decir de Flavia: “Sencillamente una relación sin sexo es amistad”. Qué bonito. Estoy de acuerdo con Flavia, especialmente en el caso de mis amigos hombres. Esa fue la razón de Virginia. Para estar con el poderoso Pablo había que pagar ese peaje. Y ella lo pagó. Y me surge de nuevo la misma inquietud: ¿por qué las motos no pagan peaje?

Virginia dice sentirse perseguida en Colombia. Le doy la razón. En una entrevista dijo: “Ya soy una mujer que va a cumplir 65 años. No quiero que me vea desnuda un hombre”. Y lo siguiente que titula Poncho Rentería es: “Virginia Vallejo: chao al sexo”. Eso es persecución. Se equivoca Poncho. Ella no dijo que no tuviera sexo. ¿O es que Poncho aún prende la luz en aquellos momentos? Hay que saber cuándo ha llegado la edad de apagar la luz. Hay un momento de la vida para eso. Y es de valientes reconocerlo. No está mal. Hay una generación entera de jóvenes que fue concebida en los días del apagón del gobierno Gaviria.

No fue lo único que confesó. Virginia reveló haberle sido infiel a Pablo con Gilberto Rodríguez. De este, en cambio, no despotricó como amante. Así que, contrario sensu, ¡punto para los caleños! Sube el América. Baja el Nacional. Y los de Millos nos mantenemos porque la diva no intimó con Rodríguez Gacha, para no manchar su reputación.

Virginia Vallejo contó que estuvo enamorada de un duque. Luego de un conde. Tras oír eso, le vino una esperanza libidinosa al hombre más cercano en Colombia a la realeza: el príncipe de Marulanda, Hugo Patiño. Quizá él tenga una oportunidad. Es cosa de buscarse un Plan 25 de SAM a Miami. Al final, Virginia Vallejo quiere hacernos creer que no es como la Magdalena de la Iglesia: dual.

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