Siempre me ha gustado orar por mis hijos, por mi familia y por todo el mundo. Ya había cumplido como madre y como esposa, y sentía la necesidad de seguir sirviéndole a Dios porque necesitaba reconfortar mi alma. El 26 de mayo de 2003 me levanté a orar a las cuatro, y esa madrugada vi que el altar de la Virgen de Guadalupe que tengo en mi casa se iluminó más de lo normal. Vi a una niña. Era la cara de la niña de Guadalupe, ni más ni menos; tenía como 14 o 15 años. Después vi a un hombre joven y hermoso: era Jesucristo.

En ese momento mi cuerpo empezó a temblar de la emoción, pero en ningún momento sentí miedo. No sabía si sentarme o hincarme; total, caí postrada en el suelo y no pude controlar mi cuerpo. No entendía qué pasaba. Lo que sí sentí fue un golpe muy fuerte, como si me hubieran tocado la frente y las manos, y caí de cara al suelo. No sé cuánto tiempo pasó, pero al abrir los ojos me sentí extraña; caminé hacia la habitación y le dije a mi esposo lo que me estaba pasando. Me preguntó “¿qué te hiciste, ¿qué pasó?”, y le contesté que no sabía.

Emocionada, no hacía sino contarle mi visión, pero él no me lo permitía porque estaba espantado. Yo aún no me había dado cuenta de qué me había sucedido en las manos. Luego me llevó al espejo y me dijo que me mirara: toda mi cara sangraba y mis manos también. Sentía una molestia, pero con la emoción no entendía qué pasaba en realidad. Cuando me vi en el espejo me desvanecí porque me espanté al ver mi cara llena de sangre. Luego, mis hijos me llevaron a la cama y trataron de limpiarme las heridas, pero seguía sangrando.

Todas estas marcas fueron apareciendo durante unos siete días. Primero fueron la frente y las manos, luego los pies y les siguió el costado. En ese momento no pensaba en nada, yo solo quería contar que la madre María y Jesús habían estado en casa. Después mi familia llamó al doctor, pero no quería que nadie me tocara porque mi alma estaba convencida de que eso iba a cerrar solo. En realidad no cerró, pero la coagulación fue rapidísima y dejé de sangrar. Aunque debo confesar que pensé que iba a morir desangrada.

No podría describir exactamente el dolor que siento en las heridas, porque no se parece a las que uno se hace cuando se corta con un cuchillo, tampoco cuando uno se cae y se hace una raspadura. Es diferente, muy profundo y rápido, pero no me permite sufrir porque me genera amor. Cuando miro las marcas las siento parte de mí, las amo.

Mis hijos no querían que saliera para nada, que nadie me viera ni me tocara y les dije: “Está bien, es para nosotros”.  Estas marcas me han impedido hacer las cosas cotidianas, menos ser mamá. La relaciones sexuales con mi esposo se han ido, hay otra clase de amor y de afecto que sobrepasa lo físico. Tengo muchos amigos, aunque otros se alejan porque se espantan. Mi forma de vida cambió. Dejé de hacer todos los quehaceres de un ama de casa: no puedo planchar, no puedo lavar, no puedo guisar ni tampoco tender una cama. Al salir a la calle tengo que ponerme una mascada para protegerme la frente y guantes para las manos.

A veces la gente me reconoce. Un médico me hizo muchos estudios que demostraron que soy una mujer sana y que, a pesar de la pérdida de sangre, sigo muy bien de salud. Este médico me sugirió que empezara a tocar a la gente porque tenía un don. Yo me espanté y dije: “Cómo cree, yo vivo en un departamentito y cómo voy a hacerlo”. Pero él tenía toda la razón: siento que tengo un contacto directo con la divinidad. Me enseñó una meditación muy especial para que bajara mi dolor en un 70%.

Todas la mañanas la practico para que pueda pararme y caminar, porque tengo que hacerlo, yo soy viajera, salgo, voy a los pueblos y visito a los enfermos. Aunque es difícil caminar, busco mis chancletas suaves y me las ingenio. Cuando se abren las heridas me exalto mucho, pero no me debilito. Empiezo a recibir mensajes de la Madre y eso es lo que les transmito a todos mis hermanos. A veces se coagulan y duran dos días sin sangrar, pero con algún acontecimiento que pasa o va a suceder empiezan a sangrar.

Esto es como un ritual: tengo toallas grandes y gruesas y me las pongo en las zonas donde sangro. También me pongo vendas para cubrirlas, no tomo medicamento alguno para mermar el dolor y suelo dormir de lado para no lastimarme. Todas las marcas sangran al mismo tiempo. Lo que tengo son heridas profundas que ni siquiera huelen a sangre. La gente que se me acerca dice que huelen a flores. Y así es.

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