Jesucristo bajó de los cielos a las 12:34 del mediodía un miércoles de agosto, en el vuelo 913 de American Airlines. Venía de Miami y aterrizó en el aeropuerto El Dorado de Bogotá. Afuera lo esperaban, por lo menos, 300 personas con camisetas, pancartas, alabanzas y una ansiedad incontrolable por ver al "hijo de Dios".

Ese día, en la puerta de llegadas internacionales, había mucha más gente que de costumbre y entre la confusión se mezclaban los curiosos que no entendían qué estaba pasando. Se alcanzaban a ver los típicos familiares esperando a la tía que llega de Estados Unidos, la viejita con gafas de moto que vende chicles día y noche en el muelle internacional, y tres periodistas, entre ellos yo, pretendiendo registrar la llegada de El Salvador, mientras que los otros dos esperaban a Juan Carlos Osorio, el técnico colombiano que venía del Manchester City de Inglaterra a salvar a Millonarios (cosa que aún no ha hecho). Mi interés era José Luis de Jesús Miranda, un puertorriqueño de 63 años que a los 33, la misma edad en que crucificaron a quien él llama su antecesor, recibió un mensaje que no solo permitió su desintoxicación y su alejamiento total de las drogas, sino que también siginificó su verdadera misión en la vida: salvar al mundo, porque a partir de ese instante Dios estaba en su cuerpo y él era Jesucristo.

Lo aguardaban más de ocho carros particulares, un bus, y dos chivas con pancartas que decían "regresó", y en la zona donde uno nunca puede parquear estaban dispuestas dos camionetas 4x4, y una escolta propia de ministro. Mientras la gente cantaba, se saludaba, aplaudía y las pequeñas escaramuzas de emoción colectiva iban "in crescendo", la hora cero para ver cara a cara a Jesucristo se acercaba. De pronto se abrieron las puertas y, en medio de siete guardaespaldas, asomó la sonrisa de un hombre de 1,80 de estatura, pelo negro, gafas transition y una innegable pinta de artista con todo y swing para caminar.

En ese momento, la 1:14 p.m., como si se tratara de una histeria de las que pide Jorge Barón en los lugares más recónditos de Colombia, sus hijos —como él mismo los llama— se le volcaron encima, mientras que él, como si nada, siguió sonriendo y estirando la mano a los que alcanzaron a robarles un espacio a los escoltas, que además peleaban con Jeremy, mi compañero fotógrafo que disparaba su cámara como loco, aún sin creer que estaba fotografiando al mismísimo Jesús hecho hombre. Se subió a una de las camionetas con vidrios polarizados y siguió rumbo a un hotel en donde alquiló todo un piso para alojarse durante los cinco días que estaría en Colombia.

Jesucristo hombre es el máximo apóstol de la congregación Creciendo en Gracia, una iglesia que él mismo creó en 1986 y que está presente en más de 25 países, incluyendo Australia, con centro de operaciones en Miami y, según él, más de cien millones de seguidores en todo el mundo. Anda en Porsche y acaba de vender en un millón de dólares la que era su casa en Miami.

Por ser el hijo de Dios siempre viaja en primera clase y es un fenómeno de los medios de comunicación: lo han entrevistado durante horas en NBC, Telefutura, América TV, CBS, Univisión, Fox, Telemundo… y todo el mundo. Dicen que está loco, que lo suyo es un negocio y hasta que es el anticristo.

Empecé por conocer la comitiva que la encabezaba su esposa, (Jesucristo es casado dos veces). Es una barranquillera rubia con el clásico donaire costeño. También me presentaron al "segundo al mando", un "obispo de obispos" que también vino con esposa, y un jefe de seguridad. Aunque en cada país hay una persona que coordina su seguridad hay uno que a nivel mundial le dona mil trescientos millones de pesos anuales en servicios para este fin. También vi a otro obispo brasileño con esposa, y Joan, la única de los cinco hijos de su primer matrimonio que comparte su doctrina. Es una típica latina: espigada, de pelo negro, tez blanca, y enorme sonrisa; y siempre custodiada de cerca por un mono con rayitos en el pelo, que es cantante, pastor y, además, su esposo. Mi posibilidad de emparentar con Jesucristo era nula.

La comitiva había planillado mi primer encuentro con Jesucristo en el piso 10 del lujoso hotel donde se hospedó. Era solo para presentármelo. Nos estrechamos la mano y cruzamos escasamente el saludo. Yo estaba nervioso, la verdad es que uno no se saluda con el hijo de Dios todos los días.

Dos policías de tránsito en moto, las dos 4x4, los escoltas y nuestra van de pasajeros con el resto de acompañantes llegamos como un tiro a la grabación de Yo, José Gabriel, y mientras llamaban a estudio presencié dos hechos sorprendentes: uno, la maquilladora embarazada que no tenía ni idea a quién estaba maquillando y después de saberlo rompió en llanto al escuchar de voz de Jesucristo, que su hijo iba a nacer sano y fuerte, ¿milagro

, ¿revelación? Y, dos, Jesucristo se durmió. Sí, señores, como cualquier cristiano, se quedó "foquiado" en un sillón mientras arrancaba la grabación.

"3,2,1…grabando". Entra José Gabriel (como siempre): "Mi siguiente invitado es José Luis de Jesús Miranda, un pisco que dice que es Jesucristo, vamos a ver por qué carachas, Cesarión…". Y entre chiste y chanza de rolo y potorro, otra parte de la vida del ilustre hijo del hombre del siglo XXI quedó a luz pública: que se toma sus whiskies, que le encanta la salsa, que le fascinan las colombianas y, ojo: que la muerte para él tampoco existe. Admito que tiene su cuento, se sabe la Biblia de memoria, cita a los Romanos, a los Corintios, pero sobre todo a Pablo, el apóstol de Jesús de Nazareth que en aquellos días escribiese unas cartas que no fueron incluidas en los evangelios. Dice que Jesús —el de Nazareth— murió crucificado para llevarse el pecado y, por lo tanto, desde hace 2006 años tal acción no existe, lo cual le sirve a Jesucristo —el de ahora o sea él— para enseñar en sus pregones que ya no hay pecado ni pecadores. Fin de la jornada, cada uno para su casa y a esperar el otro día para estar cara a cara con él.



***

Mi cita era a las 10:00 a.m., pero cuando llegué, la dulce jefe de prensa estaba tan puntual como preocupada y a quemarropa me soltó lo siguiente: Jesucristo se enfermó. A las 3:00 p.m. hubo humo blanco, me mandó llamar y ya se me hacía agua la boca por preguntar sobre Irak, las Torres Gemelas o el tsunami, sobre sexo, virginidad, religión, y hasta por sus estados financieros que, a decir verdad, envidiaría cualquier multinacional. La cosa comenzó bien y aunque estaba algo agripado, el tipo es muy amable. Dice que no es un ídolo, pero vive como tal. Habla pestes de los curas y mientras me decía que la virginidad era un asunto de cada quién, que el sexo era algo rico y para disfrutar y que el celibato era una farsa, yo no podía dejar de mirarle el dije de oro con tres "S" (Salvo Siempre Salvo) y el Rolex que tanto ha llamado la atención en los medios. Así que tomé aire, lo miré y le pregunté: ¿cuál es el cuento con el Rolex? Me dijo: "No tengo un Rolex, tengo tres, y todos me los han regalado, este (un Rolex classic genuino que en una joyería de Unicentro puede costar hasta 36 millones de pesos), me lo regaló un colombiano, un joven que tenía un almacén de zapatos y que después de conocerme consiguió abrir catorce locales más".

También me contó que el peor momento de su vida fue cuando su primera familia se disolvió, por estar en contra de su doctrina y, sin que nadie supiera, vivió en una de sus oficinas, pues su ex se quedó con la casa. Me dijo que en Colombia tiene casi un millón de seguidores, que en Brasil son siete millones, y que su hijo mayor tiene otra Iglesia en Puerto Rico.

Treinta minutos después terminamos de hablar, pero venía lo mejor, el encuentro con sus seguidores. La congregación alquiló el centro de convenciones de Compensar con aforo para mil personas, luces, tarima, sonido, escenografía y un montaje nada fácil y, por supuesto, nada barato. En gastos para ese día debieron aflojar por lo menos unos cien millones de pesos. A mí me guardaron puesto en primera fila que incluía saludo. Habló el obispo de Colombia, después tomó la palabra el segundo en mando, el "Obispo de obispos", que tiene una voz digna de dueto con Plácido Domingo. También hubo una presentación de niñas bailarinas y un momento ya común en las celebraciones religiosas, la ofrenda, que en esta congregación se llama "siembra" y que no es obligatoria, pero que al menos ese día debió lograr unos buenos millones, ya que había mil personas dentro del lugar y otras 400 afuera que se quedaron sin cupo. Después una celebridad de la congregación cantó y dejó el ánimo arriba para recibir al apóstol.

Cuando Miranda entró, la gente no paraba de aplaudir, parecía un clásico en el estadio, todos se iban sobre él y mientras los escoltas luchaban por facilitarle el avance, el hombre se detuvo, me saludó, y me dijo casi al oído que le caí muy bien, y siguió con su camino a la tarima. Se subió y arrancó la cita bíblica que más me llamó la atención: "Al presente, hemos quedado emancipados de la ley, muertos a aquello que nos tenía aprisionados, de modo que sirvamos en un espíritu nuevo y no según un código anticuado".

De pronto oigo a mi espalda el grito de un hombre a todo pulmón que gritaba "te amo, papi". Cuál sería mi sorpresa cuando me soplaron de quién se trataba. El dueño del grito y su hermano eran los propietarios de los catorce almacenes, los mismos del Rolex. Su charla duró casi dos horas y, al final, cuando yo ya me despedía del mundo de los "iluminados", otra sorpresa: una tarjeta en la que el mismísimo Jesucristo tenía el placer de invitarme a una cena privada en su honor al día siguiente.

Ese domingo en la noche llegué a su sede en Bogotá, había bufé, whisky, tacones, vestidos largos y no más de cien personas, una cena de gala interrumpida por las trompetas de un mariachi que le decía adiós al apóstol y bienvenida a la rumba. A las 11:00 p.m., la escolta de Jesucristo organizó una fila para que los asistentes le dieran la mano al enviado antes de su partida, y como yo seguía en los privilegiados puestos de adelante, pues logré uno de los primeros lugares en la línea del adiós. No sabía qué iba a decir. Se me ocurrió, "hola, qué milagro", pero tal vez era un poco osado. Nuevamente Jesucristo y yo estábamos frente a frente, él un poco prendido y yo un poco perdido, así que solo le dije "gracias por su tiempo y por su amabilidad", frase a la que él solo respondió "con mucho gusto, me llevo la mejor impresión…" Lo mismo pienso yo. También me llevé una grata impresión, pero nunca tanto como para convertirme.

Al día siguiente, Jesucristo, en otro avión, volvió a subir a los cielos. Quizás no viajó sentado a la derecha del Padre, pero a lo mejor vuelve a juzgar a vivos o muertos. Solo él sabe si su reino, o su locura, algún día tendrá fin.

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