Siempre me destaqué en el fútbol como puntero, desde que era un niño en el barrio El Cañarte de Pereira. Después de ser goleador en divisiones menores debuté como profesional con el Deportivo Pereira a los dieciséis años, a finales de 1983, contra el Cali. En 1984 jugué el torneo completo y me di a conocer. Ya hablaban de mí sin haber sido Selección Colombia, porque dejaba a todos descrestados con mis jugadas.

El salto a la fama se dio cuando Luis Alfonso Marroquín me convocó para el sudamericano juvenil en Paraguay en 1985, donde salimos terceros y logramos un cupo al Mundial en Unión Soviética. Ese era un equipazo y a mí me fue bien en todos los partidos, aunque recuerdo mucho un 4-1 contra Uruguay, donde hice de todo. En el Mundial nos sacó Brasil en segunda ronda con un 6-0, pero era que el equipo venía afectado con un virus desde Colombia, enfermedad que se agudizó con el frío de la Unión Soviética.

Yo ya era jugador del América de Cali, que había comprado mi pase. Ahí tuve que ser suplente. Era un equipo muy poderoso y el entrenador, Gabriel Ochoa Uribe, me dijo que debía esperar mi turno, porque estaban futbolistas como Gareca, Cabañas y Willington Ortiz y yo no podía pasar por encima de ellos, aún sabiendo que tenía más fútbol.

En esa época solo jugaba los últimos minutos de los segundos tiempos. Me llamaron del Real Murcia de España, y también de Paraguay. La oferta de España era muy buena: quinientos mil dólares por mi pase y diez mil dólares de sueldo mensual, además de casa, carro y tiquetes aéreos. No quisieron venderme porque iban a llevarme a Italia a un equipo más grande, pero nunca se dio. Yo debí irme en ese momento.

Después de eso, año 1987, me revelé y fui cedido a Nacional, donde fui figura hasta que me lesioné una rodilla. Estuve siete meses por fuera. Volví al América, luego pasé a Racing de Argentina, donde un juvenil se me lanzó con todo en un entrenamiento y me lesionó la misma rodilla, justo cuando estaba todo arreglado para jugar con el Logroñés, en España.

Me operaron en Argentina, regresé al país y volví a jugar con el América en el que tal vez fue mi mejor año con el club, marqué goles, fuimos campeones y pude jugar más porque muchos jugadores fueron convocados a la Selección Colombia.

Pasé por muchos equipos: seis meses en Santa Fe, pero no me adapté a Bogotá; otros seis meses en el Cali, donde tuve altercados con el entrenador, el peruano Miguel Company; en Once Caldas estuve otros seis meses pero llegó una oferta de Trujillanos de Venezuela donde había buena plata. Firmé por un año pero me devolví a los tres meses porque estaba aburrido; a la gente no le interesa el fútbol y para la final de la Copa Venezuela fueron trescientas personas.

Regresé a Colombia, al Huila, que acababa de ascender. Me fue muy bien, fui titular, hice más de veinte goles y los hinchas me acogieron. En 1995 pasé al Tolima, donde tuve roces con el entrenador, ‘Tucho‘ Ortiz, por lo que fui transferido al Quindío. Todo iba bien hasta que se encargó del equipo Company, con el que había peleado en Cali. Ya con casi treinta años, decidí terminar mi carrera donde había empezado, en el Pereira.

Desde antes de retirarme tenía mi escuela de fútbol, Jhon Edison Castaño Master Gym, que cuenta hoy con más de setecientos alumnos. He trabajado con divisiones inferiores en Pereira, fui técnico de la selección infantil de Risaralda, también de la sub 21 y de la sub 23 en Juegos Nacionales. Entrené en la primera C y en la primera B.

Fui elegido comunero —una especie de edil— y desde mi cargo impulsé el deporte. Ahora me estoy lanzando al Concejo de Pereira porque es necesario tener respaldo y conexiones políticas para hacer algo. Mi intención es impulsar el deporte en el departamento.

Creo que como futbolista lo que me faltó fue suerte: me lesioné de gravedad a los veintiún años y poco después recaí. Además, cuando me tocó jugar en equipos pequeños, a pesar de que lo hice con profesionalismo, la motivación no era tanta. De mí han dicho que era indisciplinado, que era un sobrado, pero yo nunca salí de un equipo por indisciplina y cuando me elogiaban me motivaba y me mataba por jugar mejor.

A mí me resultó muy difícil manejar la fama y la fortuna, porque las dos me llegaron muy jóvenes, lo que me faltó fue una guía, porque a veces pensaba en cosas que no debía, como en mis lujos, en mis carros y no en ser el mejor.

PROHÍBESE EL EXPENDIO DE BEBIDAS EMBRIAGANTES A MENORES DE EDAD, EL EXCESO DE ALCOHOL ES PERJUDICIAL PARA LA SALUD.

¿Tienes algo que decir? Comenta

Para comentar este artículo usted debe ser un usuario registrado.