Lo sé, no porque me acuerde de ese día, sino por lo que contaba mi mamá. Ella decía que desde que nací era un niño muy risueño. Pero de esa foto definitivamente no me acuerdo. Hay una teoría que sostiene que con las memorias de esa época pasa igual que con los sueños: cuando uno se despierta y trata de acordarse de ellos, lo que hace es olvidarlos. Tal vez eso me pasó. Mis primeros recuerdos se reducen a unas imágenes turbias de mi casa en Bogotá, de cuando me operaron de las amígdalas porque me enfermaba mucho, de una vez que casi me ahogo en un hotel de Apulo, de mi numerosa familia judía, de la primera vez que entré a una iglesia católica, de la casa de mis abuelos en Pereira y de las enormes almohadas y los linos europeos que cubrían su cómoda cama.

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